Archivo de Autores para crequesens

20
Jun
09

Begonia coreana y gris

Una nueva variedad de flor nació en Corea del Norte. Es un tipo de begonia bautizada como ‘kimjongilia’, belleza floral de pétalos gruesos y vivos colores que, por arte y magia de la manipulación genética, han alumbrado los siniestros laboratorios del país más hermético y surrealista del mundo, un cortijo sometido con mano férrea por un dictador bajito (todos los dictadores lo son) llamado, claro está, Kim Il Jong. kim Jong Il
La cosa no pasaría de ser una anécdota más de un sátrapa de tantos en su afán de dejar inscrito su nombre en la historia y en el inconsciente colectivo de su pueblo. Ya lo pretendieron Idi Amín Dadá en Uganda, Haile Selassie, en Etiopía o zumbados que siguen vivos como el coronel Gadaffi. Lo lacerante en la forma de gobernar de este enano con calzas es que su pueblo, idiotizado tras décadas de lavado de cerebro, se le muere de hambre. Literalmente. Dos millones de muertos (según las organizaciones internacionales) cayeron inanes al suelo sin siquiera una mueca de disgusto en la última hambruna. Porque en aquel país no se puede ni protestar por morirse.  Sería contrarrevolucionario, propio del egoísmo capitalista sólo interesado en salvar la propia vida, sin deseos de morir por su pueblo, qué digo, por su líder, por su guía, Kim Il Jong.
Este país, Corea del Norte, quedó perfectamente retratado en la tele en un reportaje reemitido el jueves, en la Quatro, y realizado por Jon Sistiaga. Yo ya lo había visto por Youtube, esa ventana a la libertad informativa que está haciendo mella hasta en los tiranos iraníes. En Corea del Norte impera el absurdo absoluto, más aún si cabe que en la tierra de los ayatolás. Una imagen: un trabajador limpiaba la carretera en un lugar perdido entre ninguna parte y la otra. Parecía un autómata. Lo peor de todo es que por aquella carretera no pasaban coches. A excepción de los mercedes oficiales del partido comunista. El Estado prohíbe tener coche propio, por capitalista. Ese mismo Estado que mantiene a la población tan débil (dicen que por el embargo internacional, pero el gasto en armamento de este país es descomunal) que hasta ha empezado a menguar la altura mínima que se exige a los reclutas que quieran entrar al ejército (ha pasado de 1,50 a 1,40).
La impresión del periodista que armó un reportaje a partir de las imágenes que pudo tomar desde un autobús controlado por los agentes del gobierno, era que allí había un pueblo prisionero y aterrorizado. Si alguien disiente en lo más mínimo (da la espalda a la imagen del líder que luce en lugar preferente en cualquier rincón del país; protesta en un restaurante por la mala comida; corea2se queja por recibir sólo 1 euro al día para su manutención; protesta porque el 30 por ciento de las madres están desnutridas, o porque el 25 por ciento de los niños nace prematuramente) corre el riesgo de ser trasladado junto con toda su familia a un campo de reeducación en el campo. Allí también se confina a los tullidos, a los subnormales, a todo aquel que tenga alguna tara, psicológica o física, y pasa a convertirse en mano de obra gratis que trabaja a destajo para mantener un país donde las sonrisas parecen congeladas en el rostro. Nadie se sale de la formación. Por si acaso.
En la biblioteca nacional guardan como un tesoro los 18.000 libros que escribió, “de su puño y letra” -según afirmaba nada menos que un catedrático de literatura que decía “habérselos leído todos”-, el fundador de la patria norcoreana, Kim Il Sung, padre del actual dictadorzuelo. El periodista (camuflado de turista) alcanzó a echar cuentas y le aclaró al catedrático que si esa capacidad intelectual sobrehumana fuera cierta, supondría que el líder-fundador se habría escrito un libro al día durante 43 años. Y encima, según decían los bibliotecarios, los libros eran profundos. El catedrático-funcionario, desconcertado, parece que nunca echó las cuentas de aquella trola que en su país se toma como dogma de fe.
corea del norteLas dictaduras saben mucho de la debilidad humana. Tanto, que explotan la parte más miserable de cada uno para perpetuarse en el poder. La envidia, la delación son moneda común en una sociedad donde el azar o la risa se han erradicado. Por capitalistas, supongo.
De todos los personajes siniestros que salieron en el reportaje, reconozco que hubo uno que me resultó especialmente retorcido. Era una español, de Reus, que responde Alejandro Cao de Benós de Lés y Pérez, que se había integrado a la perfección en el esquema de aquel régimen y disfrutaba de prebendas y distinciones. caodebenos2

En sus explicaciones sobre la realidad norcoreana no había ni una pizca de crítica. Al contrario, se preocupaba de justificarlo todo, hasta la existencia de esas autopistas de tres carriles por la necesidad de la autodefensa. Este tipo de Reus puede salir del país y ver el mundo de ahí fuera para luego volver al gulaj en el que ocupa un puesto de relieve. No sé cómo no le prohíben la vuelta a Reus de por vida. Por colaboracionista con el terror de Estado.
Aún quedan islotes en el mundo de esta descerebrada forma de gobernar. Ya quedan menos descerebrados que, desde una supuesta ideología de izquierdas, pretenden justificar su existencia. No creo que a ningún comunista/socialista de bien le resulte grato visitar ese putiferio podrido de corrupción llamado Cuba. Tanta revolución para acabar igual que con Batista: como destino dorado de los ricachones europeos y americanos y de los pederastas ávidos de carne mulata. Aún queda quien culpa de todo al embargo americano, pero cada vez son más los que entienden el socialismo como una defensa de la libertad, también la individual.
Países así, tipo China o Birmania, se están quedando como museos anticuados donde, esa es la pena, aún vive gente que sufre la bota del dictador. La sed de poder absoluto se puede disfrazar de rojo o de azul, y hasta de verde, pero siempre será igual a sí misma. Una caricatura de lo que puede ser una sociedad. Están surgiendo nuevos candidatos al título de ‘Hitler siglo XXI’ en países como Venezuela, donde a la chita callando va tapando las bocas de los que le contestan a sus bravuconadas de telepredicador-presidente. Cierto es que le elige su pueblo democráticamente y por mayoría, pero el pueblo, como sucedió con Hitler, también a veces se equivoca mayoritariamente. La táctica es parecida en lugares bien distantes. En Venezuela y en Corea del Norte aparece a diario el presidente en las televisiones, inaugurando, dando un discurso o lanzando diatribas contra el enemigo común.
Los dictadores del socialismo o del fascismo son tan evidentes y descarados en sus formas y parafernalias, que resultan patéticos y simplones. Más sutil es sin embargo la dictadura de este otro lado, el mundo libre, como les gusta a los americanos llamarlo. De este lado la dictadura la ejercen las grandes corporaciones, las mismas que en su codicia desmedida han terminado por arruinarnos a todos. De este lado, el de la libertad, la realidad tiene más color, pero también está más hastiada de impactos para que compremos. La dictadura es más sutil y psicológica. Sin darnos cuenta, acabamos eligiendo libremente lo que alguien ha previsto que elijamos. Los bancos son los que, con crisis o sin ella, controlan el cotarro con su crédito discrecional a partidos políticos o empresas. Sus directivos son también personas grises, que casi nunca salen en la prensa, pero que mueven el mundo desde su sillón como si la realidad fuera una partida de ajedrez para ellos.
Cuesta decirle a un norcoreano que esto es mejor, porque de este lado la injusticia también se ceba con el ser humano y la desigualdad económica elimina la posibilidad de la tan cacareada libertad individual (que le hablen de libertad de elegir al que nació en una favela en Río; se partirá de risa). Pero lo que si está claro es que, por lo menos en potencia y ante la ley, todos somos iguales. Así es desde 1879, cuando la revolución francesa y burguesa. Esa igualdad se percibe claramente cuando te encuentras con que a un tal Milosevic le juzgaron por crímenes contra la Humanidad; cuando a un banquero trincón le sientan en el banquillo y le mandan a chirona; cuando se ejecuta una ‘operación malaya’ y los corruptos acaban en la cloaca de cualquier cárcel, que es su medio natural. En España se siente especialmente esa libertad porque muchos tenemos aún en la memoria remota recuerdos de cuando nos trataban como en Corea del Norte, aquellos tiempos del ‘Cuéntame…’ en que un señor bajito nos decía cómo debíamos pensar, estábamos aislados del exterior, la religión mal entendida ejercía de medio de represión social y el Parlamento era una pantomima con aquellos escaños repletos de hombres grises, con bigote y uniforme militar o paramilitar (falangista). Aquella España gris, donde ser “de familia de rojos” podía ser motivo para convertirse en un apestado social, era la que me venía al recuerdo viendo aquellas imágenes de la autárquica Corea del Norte sometida a un semidiós al que llaman ‘Querido líder’

que, después de heredar el poder de su padre, ahora ha designado sucesor en la persona de su propio hijo, Kim Jong-un, consolidando con ello la primera dinastía nacida de una dictadura del proletariado. Seguro que ya están preparando en los siniestros laboratorios de aquel país una nueva variedad de begonia, la ‘kimjongunia’, para él.kim jong il

14
Jun
08

Un verano acultural

El verano que se nos viene encima es una suerte de muerte súbita a causa de la cual la ciudad deja de tener vida cultural alguna. Bueno, alguna, alguna, si, pero residual. Ni presentaciones de libros, ni conferencias sesudas, ni teatro (algo que, por otro lado, tampoco existe casi a lo largo de todo el año, dada la escasa afición que en esta ciudad se tiene por este gran arte al que sólo se le dedican un par de espacios subvencionados por la oficialidad –el teatro Isabel la Católica y la Sala Alhambra– mientras que brillan por su ausencia las iniciativas privadas en este terreno, a excepción claro de las representaciones que, Corpus tras Corpus, se suceden en la caseta El Meneíto, donde se monta un pequeño pupurrí o sainete con gracejo desde tiempo inmemorial). Lo dicho: de Cultura, ‘ná de ná’.
Así las cosas, queda la opción del cine. El primero de estos entretenimientos culturales da un bajón en calidad y cantidad de filmes que dejan las salas aún más vacías. Por eso lo más recomendable es pegarse el bote hasta el Zaidín y meterse un par de pelis con el cielo estrellado por techo y los jóvenes de turno dándose el lote mientras te pasan alguna de reestreno. Porque en los cines de verano da más gusto disfrutar del fresquito nocturno granadino que de la película misma, con títulos en su mayoría fácilmente localizables en el video club de la esquina o en el ‘Yo no soy tonto’-Marketplace.
La televisión se pone prohibitiva (las cadenas, tomadas al asalto por los becarios, no se molestan ni siquiera en contraprogamar, porque la oferta es tan triste –películas de Alfredo Landa, de Carmen Sevilla y demás– que tampoco te vas a poner a fastidiarles con una de Chuk Norris, de Jackie Chan o de Van Damme.
El ocio cultural se limita tanto (las galerías de arte desempolvan y cuelgan por estas fechas los cuadros que guardan en los fondos de galería, obras menores que los artistas que han expuesto dejan como pago del peaje que el galerista debe cobrar) y, salvo iniciativas plausibles como la de ‘Música en los monumentos’ o el inevitable Festival de Música y Danza con su magnífico FEX de extensión por la ciudad, la cosa, cuando pasa el quince de julio es como para aullar de miedo y soledad.
Así que la cultura, no por elección sino por simple eliminación, se reduce a los libros. Salen a las playas y acompañan a la montaña. Las guías de viajes se agotan y los libros de autoayuda vienen a rellenar el hueco existencial que se descubre más y más profundo al cesar la incesante actividad.
Se lee por aburrimiento, claro, y porque hay tiempo. Sacamos los libros de un rincón de la estantería y recordamos que un día ya lejano de hace tan sólo unos meses lo compramos con la firme intención de incarle el diente. Pero en su momento la cosa no pasó de una simple cata o lectura de las solapas. El verano nos aboca a la lectura. Rindámonos sin más.

12
Jun
08

El dios audiencia

Mira tú que me gustaba el programa de Buenafuente. Le veía garra, chispa y mucho desenfado, manteniendo (a diferencia de la escuela de telebasura que fue Crónicas Marcianas) un equilibrio entre el show y los límites del buen gusto. Pero la necesidad de subir el umbral del impacto que impone el género televisivo empieza a minar las bases del mejor (hasta hace poco) de los programas nocturnos de las seis cadenas generalistas.
Lo del follonero también me gustó al principio, como la sección ‘Bertovisión’. Pero se ve que a los colaboradores del programa (como ya le sucedió a Sardá) les tienta tanto el bellocino de oro como a los genios que les dieron su primera oportunidad. Así, El follonero, quiso probar suerte por su cuenta y primero se lanzó a volar con ‘Salvados por la campaña’ y luego con el bodrio de ‘Salvados por la Iglesia’. El primero tuvo su interés en una campaña electoral predecible, aburrida y sin más aliciente que el compadreo del presidente ZP con los de la Sexta. Pero el segundo, que pretende reirse de la Iglesia (en el fondo y en la forma, así, sin más motivo) ha desbarrado. El programa pone de acuerdo no ya a los católicos (poco acostumbrados como estaban, después de medio siglo de omnipotencia, a esta persecución estilo circo romano) sino, incluso, a personas laicas y hasta ateas pero tolerantes, respetuosos con las creencias ajenas o con el simple sentido común para que, como es mi caso, tanto nos de si alguien lleva turbante, baila de naranja por las calles, de azafrán o rojo tibetano o luce hábito benedictino, siempre que cumplan con los mínimos de convivencia.
Este laicismo agresivo e intolerante del que hace gala El Follonero-capón no me hace gracia (se aprovecha de la buena de fe de los que le facilitan el trabajo y además le sirven de monigotes/comparsas para unas bromas escritas previamente por un guionista de la escuela de El Jueves). Está arrimando a BFN a aquello que vino a combatir, es decir, la reducción a caricatura de todo lo que se toca, modalidad de desinformación que hizo millonario al hoy arrepentido y en permanente viaje Javier Sardá.
Ponerte con ‘cagaleras’ en el Vaticano y contarlo ante la cámara me recuerda a aquellos tiempos en los que Boris Izaguirre inventó el género de ‘bájate los pantalones que baja la audiencia’. La pretendida valentía de El Follonero –como ha dicho ya algún columnista de la competencia– no le da, por ejemplo, para presentarse a hacer bromas en el despacho del director general de cervezas San Miguel o Heineken. Él come de la publicidad, que es la verdadera religión de las televisiones. Tampoco se atreve a sacar a Mahomas para ridiculizarlos, porque con esos otros creyentes las bromas se pagan con fatwas que le supondrían vivir el resto de su vida a lo Salman Rushdie. Se va a lo fácil: a hacer chistes de curas con los curas, cosa muy socorrida para un poco rancia. Si bromeara con los que rezan dando con la frente en el suelo y mirando a La Meca, le tacharían de xenófobo y racista.
Este personajillo encarna cierta forma de progresía añeja que sigue luchando contra sus demonios interiores mientras que la realidad avanza, olvidándose de aquellos dogmas de la Iglesia que, si no crees en ella, para nada te afectan.
A este segundón de Buenafuente habría que buscarle el dios al que le reza. Su dios, conjeturo, sería el de las audiencias. Busca este tipo una parte del botín de BFN, mientras que BFN (con las tablas y la riqueza ya atesorada) le mira perdonándole la vida, levantando una ceja, y utilizándole a él también (él cerebro de todo es BFN) para seguir consiguiendo pelotazos mediáticos con los que hacer caja a base de SMS. Sus bromas nacen de una izquierda que, con el estómago así de lleno, se está olvidando de que el mercantilismo era el patrimonio exclusivo de la más rancia derecha.
Es una pena que te defraude un comunicador como éste. Se ha convertido a esa religión que establece los límites morales según las fluctuaciones de la cuenta. Que conmigo no cuente, que yo también soy audiencia.

07
Jun
08

Contra el canon

José Luis Sampedro lo deja bien claro y nos sirve a los demás de luz y guía en tan escabroso asunto. Su no al canon de diez céntimos de euro por sacar un libro de la biblioteca es tan rotundo como meditado, y su alcance va más allá del ganar unos eurillos o no por este atropello a la pasión lectora, al esfuerzo de esos agentes del libro que son los bibliotecarios, los grandes olvidados en el reconocimiento de las diversas entidades que integran la tribu de los libros. No sabemos qué saciará el afán recaudador de la SGAE, si tiene límite económico su pretendida persecución de los derechos de los autores, en cuya defensa más bien deberían enfrentarse a las grandes editoriales y sus abusivos contratos con los escritores (Planeta, Destino, Random House Mondadori, Booket) y no cebarse en lo más débil de esta cadena, los bibliotecarios y sus lectores, dos rarezas sociales que más que pagar por continuar siéndolo lo que deberían hacer es cobrar una paga por mantener viva la ilusión de que el escritor escribe para ser leído.
Porque no todos son Ruiz Zafón en este complicado mundillo. El día a día de los libros se hace de pequeñas lecturas, con hombres y mujeres en lugares perdidos de los hepicentros de la cultura que, con tesón, trabajo y mucho empeño, mantienen abiertos espacios para los libros donde, mal que nos pese, cada día acuden menos jóvenes, y no digamos ya mayores. La competencia es feroz desde las videoconsolas y la tele con su vomitar constante de consignas hipnopédicas socializadoras. Pero ellos siguen ahí, en pueblos y barrios, donde no hay oropel alguno, adonde no llegan los grandes nombres de la literatura. No está pagado su empeño, porque el amor sólo con amor se paga, y a ellos difícilmente les llega no ya el cariño, sino tan solo el recuerdo de los totems de la cultura. Tarde a tarde y libro a libro, hacen lectores, descubren talentos entre los niños y jóvenes que aún saben encontrar nuevos mundos entre las páginas, esos mundos que no existen más que en el corazón de los que viven en torno a la magia del libro.
Esta labor tan poco agradecida se quiere gravar ahora con un canon, como si fuera que ellos trafican con mercancías de primera necesidad tipo harina o leche. La palabra ‘mercancía’ chirría al asociarla con ‘cultura’. Lo cultural es una materia inmaterial muy sensible a los matices. Los libros pesan más en el recuerdo y en el alma que en los palés en los que se transportan. No se debe decir que se ‘consumen’ libros. Tal vez se ‘usen’ pero, sobre todo, se ‘leen’. Leerlos es darles función y sentido.
El celo de la SGAE choca con estos tiempos en que se levantan campañas para que se lea más, justo cuando se pide que se avarate su precio para que cualquiera pueda leer, justo en este momento en que todos están poniendo de su parte para que ese objeto cada vez más extraño para la sociedad consumista regrese a las librerías de todas las casas. Todos arrimando el hombro (escritores incluidos) y la SGAE que viene a decir que hay que penalizar no ya a las librerías (que son un negocio en sí, romántico, pero negocio) sino a las bibliotecas, las que hacen la verdadera difusión literaria como un servicio público.
Nunca se lanza uno a escribir por hacerse rico. La pobreza es una medalla de dignidad ante la opulencia grasienta de los ricos. Si me llega alguien a decirme que me dice que me ha leído, me doy por pagado. Pero en la SGAE se piensan que todos queremos ser directivos que, aunque en tiempos fueron artistas, ya no se acuerdan ni de lo que es un simple libro.

05
Jun
08

O gordos o muertos de hambre

El telediario de La 2 no tiene desperdicio. Como no lo ve casi nadie, les dejan decir más de lo que deberían de cada tema, en un tono menos encorsetado que en otras cadenas que sí viven de las audiencias. Además de su inteligente presentadora, tienen a Carlos del Amor, con sus noticias culturales de micro-arte informativo. Muy recomendable este noticiero libérrimo en el que pude ver una noticia de las que te dejan sin palabras. Las imágenes hablaban solas: empezó la noticia con un gordo (perdón, un hombre obeso, ya me entienden, con gordura por sobrepeso) que se merendaba un helado goteante mientras, casi sin poder meter todos sus michelines en la cabina de la gran ciudad, intentaba hacer una llamada con la mano pringada de azúcares. La cifra ofrecida era difícil de creer: existen 1.000 millones de gordos(-as) en una parte del mundo. A renglón seguido, otras imágenes hirientes: niños de Nigeria (el país más pobre de la tierra) tambaleándose de hambre intentaban andar. Los huesos se les traslucían a través de la piel. Las madres les miraban con ojos más de resignación que de tristeza por tanta muerte inocente de cada día. Una médico de Médicos sin Fronteras atiende a 70.000 niños en esa zona por desnutrición severa. Denunciaba la negativa a seguir fabricando en los paises desarrollados una papilla hipervitamínica especial para combatir estos casos, lo que suponía la muerte segura de uno de cada cinco niños nacidos en la zona (y en África entera).
Yo estaba cenándome una lasaña recién hecha al microondas y se me quitó el hambre. Hay mucho que callar ante esta visión dicotómica de la realidad global. África se muere. Sus campos, asolados por las plagas de langosta, desertizados por la falta de agua. Las mujeres, víctimas de violaciones sistemáticas sufren la venganza de etnias diferentes a las que pertenecen (las guerras, aparentemente entre estados, allí siguen siendo tribales, y salvajes). Niños soldado en tratamiento psicológico por los horrores cometidos cuando les dieron un fusil y un machete en Liberia o Somalia. Creyeron que mutilar y cortar cabezas era una cosa buena. Y, si me apuran, hasta segregación racial, curiosamente de la mano de los que un día fueron segregados en Sudáfrica (los negros víctimas del apartheid repiten lo que les hicieron con los emigrantes de Angola o Mozambique, con razzias sistemáticas barrio por barrio en busca de ‘los otros negros’ por tener la tez más  negra. África o se muere o se mata, y nosotros en tanto comiendo helados y con exceso de barriga.
Después de estas imágenes lacerantes en La 2, aparecen los jerarcas de cincuenta países desarrollados reunidos por la FAO. Discursos y reuniones, debates y ponencias entre gente saludable y algo gordita. De soltar dinero hablaron poco aunque saben que los excedentes de trigo, leche o mantequilla de Europa es más rentable que se destruyan que enviarlos adonde hacen falta. Todos aquellos discursos sonaban, visto lo visto, a un grupo de boy scouts que canta el ‘Viva la gente’ en mitad de un campo de refugiados lleno de tullidos.
Los que visitan estos países curan su autocomplacencia cuando ven a la gente muriéndose por las calles, desde el coche con las ventanas subidas y el aire acondicionado a tope. Ya no miran hacia otro lado y empiezan a cuestionar cosas como que la Junta Militar que asola Myanmar (Birmania) siga impune. Entienden que la ONU si sirve para algo es para mantener a los burócratas entretenidos. Comprueban que aquí morimos de gordos y allí de hambre y encima les hablamos de ecologismo a los negritos para que no se papeen sus elefantes. Parece broma. Pero ellos no se ríen. Se limitan a mirar a la cámara con ojos fríos.

31
May
08

Insultar como una de las Bellas Artes

Editan un tocho de más de mil páginas sobre ese florido arte, tan español, de insultar con gracia, mala baba y peor sangre al prójimo, ese enemigo (desde Hobbes). El libro, titulado ampulosamente ‘El gran libro de los insultos’, escrito por Pancracio Celdrán, viene a suceder a otros entusiastas del subgénero –recuérdese a Cela, insultón honesto que investigó y recopiló el tema bajo el título ‘Voces obscenas’– que no han querido olvidar la importante trayectoria de este país donde un buen insulto al árbitro, en mitad de un partido, se premia con un silencio expectante y, luego, si es el caso, con una ovación al autor del improperio.

Según el libro ahora publicado, existirían nada menos que diez mil maneras diferentes de ‘cagarse en los muertos’ del vecino, la ex esposa, el enemigo en el trabajo o el que nos adelanta en un cambio de rasante. El tal Pancracio (un señor con cara de juez y alma compiladora) “el insulto castellano es directo y rápido, audaz, como un tiro”. Para comprobarlo, hágase la prueba mientras se leen estas lineas, y recuérdese la última vez que fuimos objeto de un insulto de los buenos, de esos que nos pillan con la guardia baja, o de esos que, aún estando precavidos, por la imaginación que denotan, y a pesar de habernos jodido el escucharlo, debemos reconocerles que han sido eso, como un tiro en mitad del corazón, rompiéndonos la autoestima, destrozando la autoimagen, triturando el aprecio que se tenía de uno mismo.
De las muchas cosas que se pueden decir sobre tan sabroso tema, destacaré una costumbre que observo que está cambiando con los nuevos tiempos. Ésta es el uso indiscriminado de la palabra ‘polla’ al insultar. Vocablos como ‘gilipollas’, el tan granaíno ‘tontopollas’ o el socarrón ‘pollaboba’ (que es un insulto absolutamente de Canarias que fuera de allí causa risa y que en las islas es como mentarle al padre) son cada vez más empleados, incluso por mujeres. Supongo que creen ganar terreno al entrar de lleno en el apartado insultos “a lo machote”. Pero para mí que pierden terreno, pues al creer que suben, bajan un peldaño, porque hay cientos de hermosísimos insultos absolutamente mucho más hermosos, depurados y exquisitos que ese estadio simplón del insulto testicular en que siempre estuvimos nosotros. Así, empieza a ser habitual escuchar a alguna decir aquello de “esto se hace por mis cojones”(¿?), extremo harto difícil dada la carencia objetiva del órgano, pero en cuyo uso figurado parece que hay cierta sensación de crecerse. Para mí, ya digo, que se decrece. Porque la energía ovárica tiene mucho más desarrollo.

El buen insulto nace de la inteligencia. Desde Quevedo y Góngora se están insultando los grandes talentos del país. Pero la cosa va decayendo. De vez en cuando surge algún talento innato (Ussía, Berto el de Buenafuente) pero, en conjunto, el personal todo lo resume en un decirse ‘cabrón’ o ‘puta’, poco más. Vale pues la pena entrenar el ingenio del buen insulto consultando este libro. Amplía horizontes saber que puedes decirle de mil maneras al odiado enemigo todo lo que sientes. Lo de insultar con simpleza es cosa más callejera que de inteligentes, porque en los lugares exquisitos los navajazos son con estilete, las palabras soeces se liofilizan, se espiritualizan como queda patente en esa lucha a mandobles de tenedor en la que se baten los cocineros cursis. Eso sí son insultos, en sorbete, y con igual mala leche.

28
May
08

Soñar en Casa de Porras

Recordé el lunes pasado, durante una inauguración llena de autoridades y algunos discursos, la primera vez que subí, allá por el año 1995, la Cuesta de San Gregorio en busca de un centro de Cultura y arte que, según decía el periódico, tenía la Universidad de Granada en aquella zona del Albaicín bajo. Me costó encontrarla, pero cuando llegué ante su imponente entrada renacentista presentí que había localizado un espacio que sería definitivo en mi vida.
Tenía ganas de hacer cosas y allí, en la Casa de Porras, encontré un sitio original, diferente, en el que te proponían dar cauce a tus in quietudes. Di con un taller literario, que llamamos La Caterva, en el que las ganas de escribir y leer y compartir lo que se sentía dominaban sobre cualquier otro criterio. El director de aquel hervide ro de artistas que venían de México, de Colombia, de Italia, de Andalucía o Granada no era otro que Juan Gonzalo Lerma, Juango para todos. Dirigía aquello con una mez cla de tolerancia y claridad de ideas. Era un alumno ocupando un cargo importante, con un caserón del siglo XVI que gobernar, en el que trabajaban el colectivo Nautilus (llevado por el dandy Jandro), Lluvia Huys (un grabador marbellí que ya despunta) y un montón de gente de Bellas Artes, del Albaicín artista o de Filosofía. Un es pacio difícil de gobernar pero que se convirtió, en poco tiempo, en el foco de creatividad que Granada requería. Allí se respiraba un aire distinto. La mezcla de gentes componía un variopinto paisanaje con vocación y gusto artístico. Para los que teníamos anemia de libertad fue un hospital en el que sanar y alzar el vuelo, ya distintos.
Recordé este lunes de 2008, mientras paseaba por sus salas re novadas, que allí encontré, 13 años atrás, las fuerzas y el coraje para lanzarme a vivir unos cuantos sueños. El encuentro con otros soñadores reforzó mis ganas. También encontré entre aquellas paredes un gran amor de esos que no pudieron ser en vida.
Ha pasado el tiempo, por mi y por el Centro Cultural que me dio cobijo cuando arrancaba. Ahora doy yo mismo clases de creación lite raria en ese lugar. Los alumnos que voy conociendo tienen el mismo deseo de volar que yo abrigué un día, cuando aún escribir era en mí sólo un tallo que comenzaba a sacar cabeza. Cuando leo los relatos que escriben entiendo qué necesario es poder verbalizar los sueños, o pintarlos, o bailarlos o experimentar con ellos. Y que alguien te diga “vale, está bien, puedes seguir tu vuelo”.
En la salita que fue en los 90 el punto de reunión de mi grupo li terario, allí donde conspirábamos contra el feroz mundo, con música de Manu Chao de fondo y el fil me ‘El lado oscuro del corazón’ de película de cabecera, hoy han colocado la internet, ese medio de tan libre acceso como lo fue la entrada a aquel grupo un tanto alocado que compusimos, como lo es apuntarse a los talleres que allí se imparten desde hace años, con estos profesores compañeros que supongo que creen conmigo que la cultura sirve para despertar al mundo, o al menos atenuar sus sinsa bores.
Vuelve a vivir la Casa de Porras, tras 14 años de supervivencia con miles de personas que allí aprendieron tango, pintura, literatura, teatro, cine, yoga, taichi y un montón de cosas que les hicieron más humanos. Un espacio que dio trabajo a decenas de profesores que animaban, sin imponer, sin academicismos ni censuras, a alentar el incipiente talento. Podemos preciarnos de que nues tra universidad tenga un rincón para humanizarnos, un lugar laboratorio de sueños, con su punto ácrata y rebelde, un centro clave en la memoria de muchos que, como yo, no olvidan que la vida le regaló unas alas para el corazón, en el corazón mismo de esta Granada.

24
May
08

Baudelaire aconseja

Tenía tan solo 25 años y ya se atrevió a escribir todo un libro (librito, pues salen muy pocas páginas) de ‘Consejos para los jóvenes escritores’ (editorial celeste, colección minúscula, 2000). Ha llegado bien tarde a mis manos, pero esto es algo habitual en mi caso, pues soy aficionado a dejar pasar el tiempo sobre los libros y practicar aquello que los surrealistas y el propio Walter Benjamin recomendaban: salir a ‘dejarse encontrar’ por las cosas, hacer como si ellas estuvieran esperándote en algún lugar donde te espera el momento de la revelación de alguna verdad que, curiosamente, era la que necesitabas encontrarte.
No cita Baudelaire en sus consejos ninguno de estos ‘object trouveu’, ni tampoco el azar objetivo o la mística de los encuentros de los surrealistas. Él se limita a jugar al cinismo de proponer hacer a los escritores que comienzan todo aquello que él no hace, es decir, buscar el éxito, ser un buen burgués (honrado, trabajador, con horario estable, nómina, esposa y familia) también en la literatura. Da la fórmula del éxito de ventas y de público para los que se quieran convertir en escritores del momento, mimado por los lectores y por las editoriales. Estas últimas, cuando tienen cierto volumen de títulos y libros editados son a la literatura lo que Telecinco a las televisiones: venden más al peso que al contenido, para lamento de los pobres arbolitos, materia prima de una industria poco recicladora.
Baudelaire introdujo la modernidad al romper el canon clásico que identificaba lo bello con lo bueno y con lo verdadero. Consiguió hacer comprensible a un público desconcertado por esa nueva pintura que tenían como mal dibujada (la que hacía un tal Delacroix) explicándoles que el trazo suelto era una forma de conferir movimiento a la imagen, como se aprecia en ‘La libertad guiando al pueblo por las calles’. Pródigo hasta el punto de tener que soportar que le pusieran un administrador de su herencia paterna, vivió como luego lo harían los grandes del rock:?rápido e intenso. Murió con cuarenta y dos años. Y dejó para la posteridad ese libro hoy imprescindible titulado ‘Las flores del mal’, plasmando esa verdad hoy asumida por cualquiera de que la flores también nacen entre la porquería (algo que ya avanzó Buda cientos de años atrás con aquella bella metáfora de la hermosa flor de loto que flota en el estanque y que, sin embargo, hunde sus raíces en el fango, que es el verdadero alimento de tanta belleza).

Todo esto y mucho más de la trascendencia de este poeta, crítico de arte y romántico hasta en la muerte (permaneció un año mudo y ciego, aquejado de mil dolores, antes de morir) lo explica muy bien el escritor Alfonso Salazar en el prólogo que abre el libro. Introducción muy necesaria para no caer en la trampa que nos tiende Baudelaire. Porque él invita a base de consejos (¡a los 25 años!) a una docilidad literaria que todo el que aspire a su gloria centenaria no debe jamás poner en práctica. Unos consejos que, si bien se mira, hoy siguen la mayoría de los que viven del cuento. Como en todo ideal (estético y vital) hay que elegir entre ser un garbancero (que era de lo que acusaban a Galdós y ahora a Antonio Gala) o aspirar a lo sublime. Aunque algunos se atreven incluso a aspirar a sublimar las croquetas. Pero esto es otro cantar.

21
May
08

La Tarasca de Tarascón

Ayer desfilaron en la Tarasca nada menos que los caballeros de Tarascón, elegantes y festivos con sus uniformes de gala, con su dragón y todo, más achaparrado y feo que el nuestro, pero como más relajado y cachondo en su embestir a diestro y siniestro dirigido por los curiosos caballeros franceses, nada que ver con nuestra caballería local, los maestrantes de Granada, a los que si un día pusieran acompañando a la Tarasca, crearían una extraña imagen, como desplazados de día y en el espíritu de la fiesta (salen el jueves custodiando el Corpus Christi, representación de la alegría interior mientras que la Tarasca del miércoles, a las 12, exalta la fiesta hacia afuera, el jolgorio ciudadano y mundano). La fiesta más alegre con lo más serio de las tradiciones, mezcla postmoderna nada al gusto local.

El acierto de traer a los caballeros (que, en su forma de desfilar eran más una peña o charanga francesa) radica en abrir la fiesta a otros mundos más amplios que éste en el que nos encierra la Granada concéntrica y centrípeta que – seguro que lo han oído decir–, ahoga o asfixia, según quien lo cuente. Fíjense si no en la feria cañí de Almanjáyar, un recinto de lona y chapa que nunca llegó a reclamo mundial, ni tan siquiera nacional, todo lo más provincial, si me apuran.

Veamos. Los caseteros hacen su fiesta para ellos y sin embargo año tras año se quejan, en actitud muy granaína. La fiesta es para sus socios, amigos y conocidos, que no para sus hijos, que cada día suben menos al ferial, porque les aburre o porque esa forma de divertirse les baja el ánimo y la líbido que, a estas alturas, si que se dispara en la discoteca o en el concierto nocturno. Eso de estar con los papás en la caseta corta el rollo, y el traje de gitana o de corto es un verdadero incordio ante la urgencia amatoria sobre el albero. La fiesta en el ferial no encuentra relevo generacional, salvo iniciativas aisladas, razón por la cual, en lugar de replantear la forma misma de irse de juerga, los caseteros (gente tradicional poco amiga de innovaciones) no se plantean reinventarse una feria a la que, si le quitas los compromisos sociales, se quedaría en un beber-comer-bailar-beber que tampoco es que sea para tirar cohetes.

Si santa Marta (la que recuerda nuestra Tarasca en su dulce cabalgar al brutal dragón que amedrentó Tarascón) hizo entrar en razón a la fiera, será porque el milagro sucedió en otras tierras, que aquí los dragones no se dejan domeñar, vocación irredenta del granaíno: tenga o no razón, tú no me vas a venir a dar lecciones, seas santa Marta o la mismísima santa Junta bendita, ese ente andaluz que en Granada trae reminiscencias de cuando las cosas había que irse a pedirlas, por favor y con humildad de labriego, a Madrid, capital que ahora es Sevilla. Vale que nos dan 30.000 puestos de trabajo (público) en la provincia, pero aquí no nos van a mandar, ni pollas. Que manden en Sevilla.

A las puertas de un Milenio por celebrar (que tenemos que agradecer al padre de la idea, el César Girón del exilio interior y exterior) cabría revisar nuestras tradiciones festeras. Porque la Cruz es una cruz que o aburre o arrasa la ciudad de la Alhambra; el Corpus decae; el Carnaval no arraiga; y los pasos de Semana Santa reiteran año tras esa idea extraña tan de aquí de que cuanto más te parezcas al año anterior, mejor que mejor.

Para muestra, un botón. La más granaína de todas la fiestas, la de la Toma, acabará hasta contratando a los ultras que vienen a jalearla. Más de quinientos años repitiendo lo mismo, y nada. Que a mí no me cambien la fiesta. Porque, aunque cambien los tiempos, el cambio no es para Granada. O si no, miren qué fea iba ayer la Tarasca.

17
May
08

La Historia, en avalancha

Me paro en un escaparate de la Gran Vía y no salgo de mi asombro. Fotos de batallas y revueltas anegan el muestrario, sin espacio casi para novelas con- temporáneas o algo que no sea recordar, recrear o ana lizar la guerra aquella de 1812 en la que España tomó ple na conciencia popular de que éramos algo más que una delegación regentada por una rama de los Borbones franceses. Se diría que todos los autores de fama y renombre (Calvo Poyato, Pérez Reverte y demás) hubieran coincidido ‘casualmente’ en publicar sobre los mismos temas, pero no: es que estamos de aniversarios y, ya se sabe, las editoriales exprimen hasta el hastío lector estas conmemoraciones que tan buenos dividendos les reportan.
Oportunistas unas, trabajadas otras, ligeras las más, estas novelas pretenden en muchos casos revisar la historia que nos contaron sobre la mayor epopeya na cional contemporánea, esa época en que Napoleón empezó a conocer la derrota como preparación a su inevitable declive y destierro definitivo. Lo que resulta más sorprendente de todas ellas (aparte de otras muchas con clusiones que ya tendrán su espacio y lugar para ser dichas) es que, tal vez por primera y única vez, las clases sociales y los diversos estamentos del suelo patrio se con- fundieron para ser un solo bloque contra el francés, algo inédito e irrepetible en la Historia de un pueblo como el español tan dado al individualismo, la polémica y la divergencia.


Tan diferentes que otra revolución, la del 68, también abundantemente documentada por estas fechas, nos pasó de refilón, mientras el mundo entero bullía entre ilusiones y revueltas Aparecen así los jóvenes barbudos del mayo glorioso de los sesenta, aquel mito ya convertido en icono en el que se rezaba al Ché y se le ponían velitas blancas a Trotski, a Mao, a Bakunin o a Fidel Castro y un buen par de velas negras a De Gaulle o Nixon. Qué tiem pos, claro, pero también qué pesadez de tochos en los que los más variopintos personajes que vivieron o no aquellos días se dedican a dilucidar una pregunta que es la comezón de toda una generación hoy instalada en el poder: ¿sirvió para algo todo aquel barullo? Por lo me nos, y a falta de respuestas más sesudas, se lo pasaron de fruta madre experimentando una revolución sexual que hoy ha derivado en bazofia sexual porno-mediática.
Dos revoluciones en las que el pueblo-pueblo, tomó las calles y las armas sin intermediarios y se encaró a tiro limpio con el poder para después, como siempre suce de, ser traicionados por los propios, en este caso los obre ros, más pragmáticos a la hora de hacer inventario de los logros; y a los españoles de 1812, aquel rey-niño, ‘El de seado’ Fernando VII, disfrazado de rey para su pueblo de vuelta de Bayona para después reinar sin el pueblo, que tanto despreció desde el fondo de su ser de Borbón poco ilustrado.
Lo más triste de las revoluciones ilusionadas es mirar las con el filtro de los años, desde la perspectiva que da la Historia. Mírese si no cómo aquella imagen mítica del Ché hoy puebla las tiendas de camisetas de marca, como un simple souvenir producido por aquel sistema mercantilista contra el que luchó y perdió la vida. Esos momentos en que la Historia sufre un impulso, se muestran así con toda la inocente luz que aportaron sus protagonistas, todo idealismo y entrega desinteresada a ese bien común que es el sueño colectivo de ser más libres y dueños de nuestras vidas, pero también pone a las claras que el poder-poder cambia y se adapta, para permanecer intacto por los siglos de los siglos, sin alterar más que las formas, conservando en el fondo los hilos invisibles de la marioneta en que se acaban convirtien do las grandes revoluciones de la Historia.




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