Granada, urbe poética

9 05 2008

Han llenado la ciudad de poesía en unos tiempos como los que corren en que este arte, tan poco útil corto plazo, se ha ido quedando como el residuo marginal entre la prisa de los días. Y ellos la están haciendo realidad durante los días en que se realiza el Festival Internacional de Poesía de Granada, que ya alcanza nada menos que cuatro ediciones con ésta.
Iniciativas así se merecen no sólo el aplauso de todos (que no estaría de más), sino también el apoyo incondicional de instituciones, asociaciones y ciudadanía en general. Porque recibir en casa, entre facturas y reclamos publicitarios de pizza o ventas a plazo todo un señor poema que nos alegre el día es, más que una iniciativa cultural al uso, una propuesta directa al corazón, para alegrarnos el día.
Claro que las cosas de los sentimientos íntimos no suelen salir a ocupar las calles. Pero Granada, con festivales así de emotivos o con acontecimientos como el Beso Colectivo en Bib-Rambla, va camino de convertirse en la capital de la emoción, ahora que para otras cosas hemos perdido casi todos los trenes, de alta o baja velocidad. Y es que las cosas del corazón van despacio, porque necesitan cierta atmósfera. Y para crearla, los artífices (con nombre y apellidos) de este imponente festival poético-urbano –Daniel Rodríguez Moya y Fernando Valverde, – van a liberar (hermoso verbo) libros por los más insospechados rincones, para que se lean poemas y se pasen a quienes creamos que los necesitan; y van a repartir a personas-libro por las calles para que nos espeten un poema así, de improviso, en plena cara, como cuando nos insultan pero al revés, para que dejemos de pensar en hipotecas y desamores por un instante, para que relajemos el semblante y lleguemos a la oficina hasta con ganas de saludar al jefe. Para, en fin, respirar unos minutos y pararnos a saborear la vida sin más.
Ves pasar el bus y observas en sus cristales las caras de seis niños, cada uno con una letra componiendo la mágica palabra: Poesía. Delicioso invento. Tomas el bus y lees un poema; Te bajas del autobús para comprar en el centro y, otra vez, un poema te saluda la mente mientras te calzas los zapatos que tanto deseabas. Te vas, calzado y feliz, pongamos que a visitar a un sobrino que está pachucho en el hospital, y te encuentras a un señor poeta diciéndole versos para que se cure. La poesía, de este modo y sin etiquetas, se convierte en experiencia cotidiana, palpable en el discurrir de toda una semana de festejar las palabras.
En mayo del 68 soñaron con ver un día la ciudad tapizada de poemas. Este festival va camino de conseguirlo a poco que les dejen a los que lo promueven. Volverá así Granada a su origen, al de esa Alhambra en la que, con la exquisitez que caracterizó a los nazaríes, se cuidaron de alfombrar los muros, los techos, los arcos y los capiteles con las palabras más dulces, para que uno recrerara, junto a la belleza de la arquitectura, la hermosura de la palabra exacta, calculada y aún así redentora.
Son días de poetas paseando la ciudad, declamando sus versos por doquier, protagonistas por unos días del pulso urbano al tomar las calles armados de palabras. Sin herir a nadie, haciendo un bien de utilidad pública. Y, al final de semejante festín, la la ciudad oficial vestida de lunas honra al poeta entre poetas de este año, Brines, que une su nombre al del profeta local, García Lorca.
Las buenas ideas tienen eso, que no tienen dique ni barrera que las pare. Va para cuatro años esta celebración de la poesía en la ciudad. Larga vida al festival.




Cruda realidad de los libros

3 05 2008

Recuerdo que una editora catalana, allá por el año 1995, dio una conferencia en Granada en la que nos bajó al suelo de la realidad más prosaica de la literatura a un buen número de asistentes a la Corrala de Santiago (entre ellos estaban, y se acordarán, el hoy editor y siempre poeta Miguel Ángel Arcas y el escritor José Vicente Pascual). La mujer era (y es) de armas tomar, y no se andó con chiquitas. “Esto es un negocio”, soltó como quien habla en mitad una lonja de pescado. Caras serias entre el público. Los poetas más que los escritores, porque la poesía no vende. La señora habló claro: “Si me llega un buen libro, que está pasado de fecha y que además es de un escritor desconocido, o el tema no vende mucho, le escribo al autor para tenerle en cuenta, pero no le publico”. Sincera fue, por lo menos, en mitad de ese mundo de mentiras que es de las letras. Fue aleccionador aquello, porque muchos de los que abrigábamos por aquel entonces sueños literarios, nos hicimos mayores de golpe con aquella sargento literaria que nos abrió los ojos a la verdad crematística de las novelas y demás divertimentos de la imaginación.

Perdí la inocencia literaria tras aquel encuentro. Hasta entonces no entendí que detrás de lo que se escribe hay toda una industria que necesita seguir funcionando. Aún me quedaban fuerzas y años por delante y me rebelé contra la evidencia para rescatar mi visión pura de la literatura. Encontré un grupo literario (La Caterva, en Casa de Porras) en el que nos negamos casi rotundamente a pasar por el aro de vivir el hecho literario como quien va a la fábrica a apretar tornillos. Lo nuestro era la escritura artesana. No éramos rentables editorialmente, claro (nadie nos hacía ni el más mínimo caso), pero escritores como Agustín Cerezales –educado literariamente por su madre, Carmen Laforet– nos animaban a vivir de un modo distinto de ese literato que vende ficciones por kilos. Aquellos años de ilusión me dejaron claro que una cosa es escribir bien y otra que te publiquen. Y ya, si encima vendes a lo Ruiz Zafón, pues a lo mejor es que el mucho vender no es proproporcional a la calidad de tu libro.
Pero si no hay venta, no hay ferias. Suena frío, y hasta paradójico respecto a lo antedicho, pero es la pura realidad, como nos dejó claro aquella editora de piernas de gacela y dientes de tiburón. Editoras así, a lo Cruela de Vil, te permiten entender mejor fenómenos como estas ferias que proliferan por mayo en toda España. Las ferias, de libros o de ganado, se hacen para vender: se organizan con el mismo fin crematístico que la ‘hiperferia’ de Arte Contemporáneo (ARCO, al paso que va, un día será un mercadillo de todo a 6.000) o el salón del automóvil o de estufas. Si no hay movimiento de cifras, la cosa no pita. Y si no se alegran los libreros, todo el tinglado se viene abajo: los distribuidores sollozan, la editorial cierra y los escritores dejan de soñar con un día vivir de lo que hacen.
Si la diferencia entre la creación y el márquetin literario-mediático se tiene clara, la cosa va bien. Lo malo es cuando los escritores empiezan sus novelas pensando en el nuevo coche. Después no hay quien les lea. Y entonces ya no nos queda ni el consuelo de que, aunque sea en fotocopias, podamos leer algo que nos redima de este mundo con las garras tan feroces.




Escritura feliz

12 04 2008

El país más feliz de la tierra es Islandia. Las claves son muchas (un artículo de EPS del último domingo lo cuenta todo) pero, entre ellas, me llama poderosamente la atención lo que viene a decir un artista de aquellas ateridas tierras: que allí no hay árboles ni hermosos paisajes con los que distraerse; que además hace frío y pasan muchas horas metidos en casa. Y que por todo eso, deben estar a gusto con sus demonios interiores para no volverse locos. De ahí que, entre la gente de Islandia, escribir no sea esa rareza que tan pocos practican por las tierras más sensuales de la extroversión, el dejarse ver y el contacto cuerpo a cuerpo. Además, se sorprendía el reportero, allí leen como cosacos, aunque desciendan de los rudos vikingos. Son gente pragmática hasta en las cosas del amor: si les va mal en pareja se separan civilizadamente (la custodia se comparte de manera automática). Además, las mujeres tienen los hijos entre los 20 y los 30 años pues piensan que, más tarde, sus cuerpos ya no están para tanto trote, y es normal ver a chicas embarazadas en las universidades. El Estado protege por encima de todo a los niños y a las mujeres, de ahí que la familia sea un núcleo que cohesiona la sociedad, en lugar de desintegrarla. Escribir, leer, tener hijos, vivir la familia, una comunidad reducida y apertura a la cultura y a otros mundos. Aquí te dirían que eres un retrógrado si postulas semejantes fórmulas de felicidad, pero en Islandia prefieren ser felices a ser progres, porque son progres de verdad, sin tener que demostrarlo.
Escriben los islandeses, sin ambición literaria. De hecho, no conozco escritores famosos de aquel país. Será que la fama no da la felicidad. Pero la escritura parece que ayuda. El escritor Gregorio Morales apuntó el otro día en su artículo que no hay que escribir para que nos quieran, como decía Gabo, sino porque se quiere. Podría ser eso lo que mueve a los islandeses a practicar tan sana costumbre. Porque el mundo puede estar necesitado de lo que cada cual lleva dentro, y sólo el hecho de sacarlo fuera, ya es un acto de generosidad. Lo escrito ahí queda, y puede que a alguno le aproveche. Y si no, por lo menos le ha aprovechado a uno.
Al leer aquel artículo me entraron unas ganas tremendas de irme para allá. Pero me frenó el frío. Y también la sentencia de un amigo que me dijo: “Nadie roba a nadie y se llevan tan bien entre sí porque viven en una isla y no tienen adonde huir”. Pues tal vez. Pero les funciona. Tomemos nota pues, y por escrito.




¿Hay festival?

5 04 2008

Le han caído críticas por todas partes a la directora del invento del ‘Hay Festival’ desde que abrió la boca en Granada. Para mí que nadie le avisó de dónde se metía, porque si toda ciudad de provincias tiene sus corrillos que opinan, despotrican, comentan y vilipendian lo que pueden a los de enfrente, en este caso, la señorita María Sheila Cremaschi ha conseguido lo imposible: poner de acuerdo a (casi) todos los grupetes culturales locales en una idea clara: se está haciendo un festival de cultura en Granada sin la Cultura de Granada. Bueno, algunos es critores locales sí que ‘Hay’, peor según comentario generalizado, están los de siempre (Luis García Montero, Almudena Grandes y sus cercanos) y los que no podían dejar de estar (Francisco Ayala). Pero del resto de grandes, buenos, y reputados escritores que viven y escriben en y desde Granada (Andrés Sopeña, Gregorio Morales, José Vicente Pascual, Ian Gibson, Andrés Neuman, Rafael Guillén o Álvaro Salvador) nada de nada.
Adviértase que el invento que ha hecho gritar un ¡Ay! de escozor a unos cuantos literatos locales es una propuesta nacida de la tan loable iniciativa privada (en lo que se diferencia del Milenario hueco de Chaves, un proyecto con dotación, fechas y medios materiales antes de tener un contenido), y que viene del norte, donde la cultura es una cosa de adultos con la consideración que le corresponde. Las empresas de allí invierten en Cultura como en cualquier otra cosa, a sabiendas de que los productos cul turales, si bien no dan beneficios a corto plazo, a la larga acaban generando mucha publicidad indirecta y de la bue na, además de otorgar cierto caché a las firmas patrocinadoras. Pero, (v. g.), nadie se figura a la empresa que produce las deliciosas tortas Maritoñi de esponsor de un recital de poesía (gastronómica, que le pilla más cercano). O a los almacenes Sánchez haciendo lo pro pio con un cineclub. La cultura por aquí sigue teniendo algo de subversivo, de gente rara que trabaja poco y que quiere vivir del cuento. Y, claro, por aquí, ni los escritores pueden vivir de sus cuentos, esa cosa tan mal vista.
Decía que el ninguneo selectivo ha picado. Y la perla de la señora María Sheila Cremaschi (“Si la ciudad lo tiene como propio, el ‘Hay’ se quedará en un futuro, pero si no conseguimos conectar, Granada será la culpable”) mu cho más. Una bronca del respetable como ésta no la conseguía ni Curro Romero en sus más sonadas espantás. Porque la ausencia de lo local en un festival tan global parece querer decir que intelectuales como Umberto Eco tienen más que decir en Granada que las muchas y grandes voces literarias de aquí. Pero hay que distinguir las voces de los ‘ecos’: el autor de ‘El nombre de la rosa’ es una figura internacional indiscutible (como Vargas Llosa o García Márquez) y que venga aquí a charlar delante del público es bueno para la ciudad. Pero apostillamos que, si además de Umberto Eco hubieran incluido a algunos de los antedichos locales, pues todos contentos. Sólo que se les olvidó. Y así, la voz de queja se ha convertido en clamor, y el ‘Eco’ va a quedar disminuido. Aparte de alguna actuación musical, lo del Hay es un evento literario desde su gestación hace 20 años en la campiña galesa. Felicito desde aquí a esta empresaria cultural que ha conseguido aunar voluntades de modo tan unánime en una ciudad de por sí polémica, diversa y divergente. Es todo un logro. Sólo que si en lugar de quejas hubiera conseguido un aplauso unánime, toda la ciudad estaría deseando poder decir que en 2009 ‘Hayfestival’ de nuevo en Granada.




Escritores en columna

29 03 2008

zunigacolumna-del-sabergde.jpg     Ojeaba el domingo pasado el suplemento dominical de un periódico entre el aburrimiento y la liviandad que tienen tanto los domingos por la tarde como los suplementos que para ese día se marcan los grandes diarios españoles. No sólo faltaba garra en los reportajes, pensados en su escritura para que el lector no despierte del letargo de un día contemplativo por definición desde los tiempos de Adán y Eva. Entre reportaje y fotos de gran calidad (rincones maravillosos del planeta, perspectivas inverosímiles de los lugares ya conocidos) me dio por leer algún texto de los muchos (muchísimos), que acompañaban las informaciones. Y el sopor ya sí que pudo conmigo y me llevó a visualizar mi cama y a mí dentro de ella con el embozo de la sábanas en el cuello.
Más allá de su función nutricia para los que escriben, no acabo de verle mucho sentido a estos columnistas de fin de semana. Se marcan páginas enteras contándote que tienen una casa en Beirut en la que pasan temporadas y rescatan el sabor de aquello que entienden como vida genuina; o filosofan sobre la actualidad sin, en muchos casos, entrar en ella, a sabiendas de que su nombre encabezando el artículo es suficiente garantía de que el fanático lector que les lee una semana sí y otra también busca, más que contrastar su punto de vista, escuchar el sermón dominical de su gurú idolatrado. Y ellos se dejan querer, claro.
Deben cobrar una pasta por decir estas obviedades, dije para mis adentros. En definitiva –me contesté en seguida (los domingos el diálogo interior sube de volumen y además le prestas más atención)– estos opinadores de profesión no son más que la escudería de fórmulas uno que los grupos mediáticos contratan para que argumenten con gracejo tal o cual línea editorial. Y ellos cumplen su función. Saben hasta dónde pueden llegar al emitir sus juicios, se ciñen a la perfección a aquello que saben que va a gustar a la dirección, y esperan pacientemente a que llegue el cheque de primeros de mes, a sabiendas de que eso es lo que de verdad les importa. “A los escritores y a los artistas también les gusta comer gambas”, acostumbra a decir una buena amiga mía recién vuelta de Barcelona. “Y langostinos”, añado yo a tan sabia sentencia.
El espacio para la libertad de expresión se hace cada vez más pequeño. Los medios de comunicación tienen editoriales que editan los libros de los de su cuerda, que luego pasan a integrar su nómina de opinadores profesionales, como corsarios que, a sabiendas de que la vida de pirata es dura, frugal y áspera, prefieren buscarse una bandera bajo la que guarecerse de la intemperie de la verdad tal y como la piensan.
Estoy generalizando, ya lo sé. Será porque leí a cinco columnistas el otro domingo que me indujeron al sueño. Yo, por si acaso, al blog donde cuelgo mis artículos le he puesto un título que me encaja perfectamente con lo que es, hoy por hoy, esto de escribir literatura en prensa. Le he llamado ‘Ventajas de la vida corsaria’. Para no llamar a engaño. Porque me gustan las gambas, sobre todo si son al pil, pil.

Letra Aparte. Sábado, 29 de marzo de 2008
Periferia-Libros. La Opinión de Granada