La suerte de la fea


Resulta que ser feo sale caro. Más que nada porque, según las recientes estadísticas sobre sueldos, los guapos cobran más. Así que la fealdad resulta onerosa en cuanto al lucro cesante, ese que deja de llegarte al bolsillo por el simple hecho de ser un feto (feo). Pronto saldrá algún lobby de los feos (Dios los cría, ellos se juntan, y empieza la protesta) que pedirán su correspondiente porcentaje legal de discriminación positivo-fea, para que la merma en el sueldo quede atenuada con la discriminación forzosa sobre los que sean guapos, estén o no más y mejor preparados.
Sean feos, mujeres o disminuidos físicos o psíquicos, lo de la discriminación positiva tiene sus detractores, cómo no, incluso entre los propios miembros de estos colectivos marginados. Ya se habrá pensado que alguna de las ministras que venimos sufriendo en el igualitarista equipo de gobierno de Zapatero están donde están no por su (escasa) valía sino porque faltaban mujeres para completar el cupo. Piénsese si no en aquella desastrosa ministra de la Vivienda (María Antonia Trujillo) que nada más sacar aquella brillante idea de los pisos de 30 metros cuadrados sufrió una filtración a la prensa sobre las dimensiones como de campo de golf de su propio despacho ministerial, donde hasta tenía su cuartito para echarse sus cabezaditas. Eso es empezar con mal pie. Y qué decir de la andaluza salerosa Carmen Calvo que, aparte de competir en modelitos estrambóticos en las galas a las que asistía (como si ella fuera la artista y no la ministra), aparte de hacer el ridículo con las citas literarias que se inventaba, no ha dejado un balance de su gestión a la altura de sus grandilocuentes discursos sobre los enormes proyectos que iba a desarrollar en sus años al frente de la cultura española. Menos mal que para desfacer el entuerto el cerebro Zapatero se sacó de la manga para el marrón del Ministerio de la Vivienda a Carme Chacón, una chica mona que, esta vez sí, nos arreglará a todos la asfixia hipotecaria, nos resolverá el problema de que una generación entera está retrasando su emancipación plena y, además, va a resolver la cuestión de esta especulación tan indecente como contra-constitucional que los socialistas no sólo no han sabido combatir sino que, en muchos casos, han auspiciado y practicado, según demuestra el número de políticos que tienen procesados o en chirona. ¡Venga, Carme, tú podrás con ello, que tú no eres del cupo, que lo tuyo son méritos propios sobrados y contrastados! A la última que le están arreando de lo lindo es a la antipática (y atán comprensiva) ministra de Fomento Magdalena Álvarez, a la que en el Parlamento tildan de incompetente para arriba por los desastres del transporte público en Cataluña. A este paso, si llegamos al absurdo absoluto de crear cupos para los feos, nos podemos encontrar de presidente del Gobierno a una señora monstruosa que, para llegar al puesto, no ha hecho más méritos que ser la ‘patita fea’ (que luego era un cisne, por eso).
Más allá de las discriminaciones positivas o negativas está la pesadez de ser feo. Y es que ya lo dicen en las ofertas de trabajo entre sus requisitos: “Buena presencia”. Esto es tan subjetivo que la mayoría lo que hace es ponerse corbata y chaqueta para la entrevista. Y las chicas falda. Pero se olvidan de taparse la cara. Y, claro, si son feos, pues no trabajan. Y no hay solución, porque si se pusieran un pasamontañas, entonces les tomarían por islamistas o etarras. El consuelo es aquel refrán de “La suerte de la fea la bonita la desea”. Porque te encuentras que esas esfinges divinas a las que temes acercarte a hablarles siquiera, cuando te hablan de sus profundidades, resulta que la infelicidad anida en ellas en forma de soledad y desasosiego. Porque al ser guapas se dan por hechas tantas cosas: que son triunfadoras, que tienen dinero, que tienen buen gusto, que hablan bien, que son sensuales, delgadas y gráciles. Además, consiguen trabajos, pero siempre les dicen que se pongan escote para servir copas en la barra, y que se pinten y marquen figura. Y eso les hace sentirse trozos de carne con tacones.
Así que, haciendo caso a la abuela, lo mejor es dedicarse a trabajar el intelecto, que a la larga es la garantía de que, seas guapo o feo, al menos nadie te valorará sólo por eso, por un simple careto de guaperas en el que, por cuatro duros, en Corporación Dermoestética te hacen unos arreglitos la mar de buenos.

Al pie de la Vela. La Opinión de Granada.
Miércoles, 15 de agosto de 2007

Pocero a babor


Mucho puede el dinero, mucho se le ha de amar, al pobre hace discreto, hombre de respetar”. El Arcipreste de Hita no conoció a El Pocero, pero ya habló de su comportamiento siglos atrás. Y es que la historia (tan circular, ya lo descubrieron los sabios) en su ficticia linealidad produce unas sensaciones curiosas de ‘déjà vu’ que, a poco que tengas memoria, te dejan helado.
El antecedente que se me vino a la mente cuando he visto el ‘yatazo’ de El Pocero arrimado a los barquitos con pedigree del puerto de Mallorca es aquella imagen que todos vimos y sufrimos de un tal Mario Conde (el de la revista MC, pionero en la costumbre de llamar con las propias iniciales a las revistas que uno se monta, precedente editorial de nuestra entrañable AR, plagiadora sin complejos y gurú de marujas madrugadoras). Recuerdo (debió ser en los ochenta) a aquel engominado esperpento de las finanzas bajando por la pasarela del yate, con el moreno reluciendo sobre el blanco del pantalón, la camisa de pijo-mafioso que se gastaba, y con aquellos pelillos engominados y untosos por sobre el cuello. Beeeerrrrj.
Siempre me resultó desagradable a la vista ese trepa al que un muy querido
profesor y jurista ya desenmascaró cuando iniciaba el ascenso social, y le nombraban doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá de Henares.
Llama la atención cómo se intercambian cromos los diversos poderes. Yo te suelto tanta pasta para unas becas y la rehabilitación de un edificio, y yo te pongo un birrete, o una medalla, te concedo tal o cual premio y te garantizo la foto de la que tu madre va a estar (en su ignorancia) más orgullosa que la de la Pantoja. Puajjj. Cuanta más prisa llevan, como en la fábula de tortuga y la liebre, más rápido caen por el despeñadero.
Jesús Gil mira que paseó su barrigón por los saraos y los platós de entonces, y luego mira cómo se fue por el sumidero, de infarto en afasia malaya que daba hasta pena, oyes, penita, pena. Gil tenía hasta simpatías por ser tan evidente y primario, sin doblez, descarnado, como un boxeador de barrio. Conde tenía todas las papeletas para caerle mal a todos, pero como tenía el Banesto en el bolsillo, le abrieron las puertas hasta de Marivent, en aquella época en que el Estado comenzaba a arrodillarse ante los gurús del pelotazo que tantas fianzas acabaron pagándole al Estado con el dinero que habían, presunta y curiosamente, mangado.
El Pocero interpreta en este 2007 el canto del cisne de toda una era. Porque él es el último mohicano de un estilo de negociar (Seseña era un erial desierto y ahora es un bosque de moles de ladrillo tan desierto como antes pero con mucho valor añadido) y también el pionero de un nuevo/antiguo modo de cerrar negocios. Él no llega con el yatazo para que le dejen un hueco: viene para comprarlo. Y en efectivo. Ese es su sello. Nada de créditos, leasing o renting. A toca teja.
–¿A cuánto sale ese avioncillo que lleva Bill Gates?
–A tropecientos millones.
–Pues en esa habitación le he puesto unas cuantas montañas de billetes para que se los lleven adonde quieran.
El nuevo estilo cambiará, como siempre viene ocurriendo en los saraos más finos, las voluntades de la gente bien. Los refinados suelen necesitar bastante efectivo. Y si un tipo limpió pozos y ahora pasea su opulencia entre los venidos a menos, pues se le deja estar, porque el que tiene cantidades indecentes de pasta disfruta de la extraña democracia de los ricos: si tienes, vales.
Una filosofía vital tan simplista como la que practica este señor que de limpiar los pozos de miserias ajenas pronto pasará a llenar los pozos sin fondo de los bolsillos de toda aquella caterva de miserables y jetas que pululan cada verano por la corte de Marivent, igual que se hacía en la Edad Media.
La diferencia básica entre las fortunas de Europa y América es que a éstas se las admira y a aquellas se las desprecia. Porque el dinero rápido no está ya bien visto por estos pagos. Porque siempre se sospecha que a algo apesta. Tal vez a pozo. Y esa peste ni el perfume de Armani la contrarresta.

Al pie de la vela. La Opinión de Granada. Opinión.
Al pie de la vela. 8 de agosto de 2007