Escritores en columna


zunigacolumna-del-sabergde.jpg     Ojeaba el domingo pasado el suplemento dominical de un periódico entre el aburrimiento y la liviandad que tienen tanto los domingos por la tarde como los suplementos que para ese día se marcan los grandes diarios españoles. No sólo faltaba garra en los reportajes, pensados en su escritura para que el lector no despierte del letargo de un día contemplativo por definición desde los tiempos de Adán y Eva. Entre reportaje y fotos de gran calidad (rincones maravillosos del planeta, perspectivas inverosímiles de los lugares ya conocidos) me dio por leer algún texto de los muchos (muchísimos), que acompañaban las informaciones. Y el sopor ya sí que pudo conmigo y me llevó a visualizar mi cama y a mí dentro de ella con el embozo de la sábanas en el cuello.
Más allá de su función nutricia para los que escriben, no acabo de verle mucho sentido a estos columnistas de fin de semana. Se marcan páginas enteras contándote que tienen una casa en Beirut en la que pasan temporadas y rescatan el sabor de aquello que entienden como vida genuina; o filosofan sobre la actualidad sin, en muchos casos, entrar en ella, a sabiendas de que su nombre encabezando el artículo es suficiente garantía de que el fanático lector que les lee una semana sí y otra también busca, más que contrastar su punto de vista, escuchar el sermón dominical de su gurú idolatrado. Y ellos se dejan querer, claro.
Deben cobrar una pasta por decir estas obviedades, dije para mis adentros. En definitiva –me contesté en seguida (los domingos el diálogo interior sube de volumen y además le prestas más atención)– estos opinadores de profesión no son más que la escudería de fórmulas uno que los grupos mediáticos contratan para que argumenten con gracejo tal o cual línea editorial. Y ellos cumplen su función. Saben hasta dónde pueden llegar al emitir sus juicios, se ciñen a la perfección a aquello que saben que va a gustar a la dirección, y esperan pacientemente a que llegue el cheque de primeros de mes, a sabiendas de que eso es lo que de verdad les importa. “A los escritores y a los artistas también les gusta comer gambas”, acostumbra a decir una buena amiga mía recién vuelta de Barcelona. “Y langostinos”, añado yo a tan sabia sentencia.
El espacio para la libertad de expresión se hace cada vez más pequeño. Los medios de comunicación tienen editoriales que editan los libros de los de su cuerda, que luego pasan a integrar su nómina de opinadores profesionales, como corsarios que, a sabiendas de que la vida de pirata es dura, frugal y áspera, prefieren buscarse una bandera bajo la que guarecerse de la intemperie de la verdad tal y como la piensan.
Estoy generalizando, ya lo sé. Será porque leí a cinco columnistas el otro domingo que me indujeron al sueño. Yo, por si acaso, al blog donde cuelgo mis artículos le he puesto un título que me encaja perfectamente con lo que es, hoy por hoy, esto de escribir literatura en prensa. Le he llamado ‘Ventajas de la vida corsaria’. Para no llamar a engaño. Porque me gustan las gambas, sobre todo si son al pil, pil.

Letra Aparte. Sábado, 29 de marzo de 2008
Periferia-Libros. La Opinión de Granada

Hipocresía en el Himalaya


Reuter

Lo repito: si la política local, pequeña y doméstica, es hipócrita, no te cuento ya la que se hace a nivel internacional. Se vio con los monjes tiroteados en Birmania; se ve con los muros de cemento que van encerrando como ratas en una cajonera a los palestinos de la franja de Gaza (ahora quieren levantarles el muro, –los israelíes, quiénes si no– también en el único aliviadero que tenía a su mísera existencia, en la frontera con Egipto; luego vendrá el hambre y, si me apuras, las cámaras de gas). Mientras ocurren estas tropelías por aquí y por allí, los verdaderos actores de la política internacional (El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las petroleras y la OPEP) juegan al ajedrez con los humanitos que se destrozan entre ellos en Irak, en Congo o en donde sea. Y así, lo de que un centenar de monjes tibetanos mueran a tiros en las laderas del Himalaya, pues como que son ‘cosillas’ menores, que tampoco es para tanto, oyes, que no se hubieran puesto en medio de las ráfagas de ametralladora de los soldados chinos. Total, ¿a quién le importa el Tíbet aparte de a Richard Gere, Bono y cuatro o cinco ricos más?
Las potencias mundiales (Francia empieza ahora) amagan con boicoteos a los Juegos Olímpicos, pero son simples bravatas. La potencia mundial emergente, con un crecimiento anual del nueve por ciento, esta China del siglo XXI que amordaza a sus habitantes mientras compra talonario en mano empresas como IBM o lo que le plazca, va a mostrarse al mundo con orgullo amarillo, y todos los clientes actuales o potenciales de tan rico país le van a hacer la ola. Total, si se cargan todos los años a más de mil chinitos de un tiro en la nuca en los estadios de fútbol, los domingos, ante el pueblo que contempla la masacre como si de un espectáculo más se tratara; si aplastaron a aquellos valientes de Tiananmen con los tanques sin que nadie les rechistara; si, en fin, tienen invadido a un país que es reserva espiritual del mundo (en cristiano sería como si una nación invadiera El Vaticano y mandara al exilio a Benedicto XVI) ¿qué más nos da?
Los Derechos Humanos, como ocurre con la Cultura, son como los bailes regionales en los actos políticos. Si no se hacen, pues tanto da, mientras haya negocio y se puedan hacer contactos.
La conciencia del mundo está que no puede dormir con el tema del Tíbet. Pero se toma somníferos mientras flipa con los estadios gigantes que se están construyendo en Pekín. Mientras sean los mayores importadores de petróleo y paguen a tocateja, pues que hagan lo que les de la gana con sus chinitos, parece que piensan todos los estadistas amnésicos de estómago agradecido.
Y en eso que te da por pensar que existe un Dalai Lama que reparte bondad allí por donde va. Que estos tibetanos a los que China no les deja vivir tranquilos y en sus casas, dedican sus horas al rezo y la contemplación del mundo que hemos heredado de nuestros mayores. Parecía que el mundo se dirigía hacia la cordura, pero te salen los cuatro mil muertos que llevan los americanos en Irak (los iraquíes fallecidos o heridos ya ni se cuentan), o estas bestialidades contra gente indefensa en el Tíbet y te da por pensar si ni habría que hacer un boicot mundial ciudadano a los chinos (y a los americanos) y no ver los Juegos, y no comprar productos made in USA. Aunque sólo sea por demostrarles que los individuos que formamos este planeta decimos ¡basta ya!

Miércoles, 26 de marzo de 2008 La Opinión de Granada. Al pie de la Vela