Rectificar (botellones) es de sabios


No sé si nuestro alcalde es dado a leer frases sabias. Supongo que como cualquier ciudadano presta oídos también a las voces que apelan al sentido común. Por eso esta rectificación a tiempo en la cuestión tan pediaguda de las Cruces hay que alabársela, porque no abunda entre el politiqueo al uso la capacidad de rectificar el rumbo y además hacerlo a tiempo.
De resultas de este golpe de timón, tendremos un puente de mayo con ‘Ley Seca’ en Granada. Quedan atrás aquellos tiempos en los que la ciudad quería promocionarse a los cuatro vientos como la capital de la libertad etílica del sur de Europa; queda ya en la memoria aquel basurero en el que se movía, en plena Plaza Nueva, la marabunta humana que tomó la ciudad copa en mano para rebozarse entre porquería y micciones por todas las esquinas; dejamos olvidadas aquellas batallas en las que el alcalde aún mantenía que aquello eran cuatro o cinco chavales con ganas de divertirse en libertad disparando el nivel de ingresos en los hospitales con comas etílicos de libro.
Se abre una nueva era: la de la diversión a la europea, es decir, que te puedes desparramar pero dentro de un orden. En Alemania (Munich por ejemplo) los bávaros se agarran unas cogorzas que dan susto pero, eso sí, sentados alrededor de una mesa en inmensas tabernas preparadas al efecto, con higiénicos servicios e insonorización perfecta.
Avanza Granada y su conciencia ciudadana. Y el alcalde al frente. Los que tenemos memoria de las Cruces originales (hablo de los años ochenta o noventa) sabemos que fue un tiempo en el que celebrar a lo grande, de cruz en cruz, el despertar de la naturaleza y de los sentidos que nos conectan al mundo. El letargo invernal nos dejaba adormecidos y, de repente, la ciudad se llenaba de color y algarabía. Lo de la cruz cristiana adornada de flores siempre fue una ironía, porque esa fiesta ni tiene carácter ni sentido cristiano tradicional. Es una celebración de las pasiones mundanas a las que invita la llegada de los calores, del recorte en la indumentaria y el comienzo de la alegría de los cuerpos exhibidos, ya más morenitos, a la luz de los ojos de todos.
La cosa había degenerado más todavía que los mismísimos programas de la prensa rosa-asquerosa que sufrimos. Tanto fue así que desde hace años huyo de la ciudad (como creo que harán muchos) cuando se acercan estas fechas. Pasear por las calles se había convertido en una suerte de excursión por una jungla en la que la amenaza de las tribus de zulúes había sido sustituida por los rebaños de borrachos (y borrachas, cuidado con el sexismo) que, a base de meterse calimocho, cubalibre en botella de dos litros y demás sustancias varias, te hacían temer por tu integridad moral y física. Y también te hacían perderte el paseíto por las cruces con los niños y los sobrinos.
Ya que las cosas se están arreglando, sólo quedaba que el alcalde se disculpase con Córdoba, porque desearle a cualquier ciudad un botellón como el que aquí hemos sufrido es como echarle el mal fario o hacer vudú interurbano. Córdoba –me alegro por ellos– no calló en la tentación de vender sus fiestas de Cruces y Patios como un reclamo para los borrachos de España entera. Ellos mantuvieron la cabeza en su sitio, los granadinos no. Porque si hubiéramos echado cuentas, seguro que se gastó la ciudad más en limpieza de lo que pudo ingresar por estancias en hoteles o gasto en los bares.
La vuelta a cierto orden, radical este año, dará paso seguro a tiempos mejores. Que lo celebren con un fino, con templaza sabia.

Caballo con bolas


Hoy va la cosa de caballos pelotudos. Resulta que unos hacen para que los otros deshagan, a cuenta siempre del erario público, mientras que los demás nos quedamos mirando. Ni referéndum ni consulta popular ni nada. Todo lo hacen por pelotas (como las que lucen a los pies del boludo caballo). Y esto lo perpetran en una ciudad como esta, donde si tocas una sola piedra histórico-artística, hasta el frutero de la esquina de Almanjáyar se siente en la obligación cívica de vocear su opinión. Tremendo.

A nadie le sorprenderá que una estatua con tan árduo proceso de asimilación por ciudad tan remisa a los cambios de estética urbana vuelva a ser motivo de pelea entre políticos. Porque esta pelea, ojo, es una cuestión de política de salón, no de urgente actualidad ciudadana. A la ciudad bien poco que le importaba ya el caballito en bolas. Es lo que dan las mayorías absolutas: a los del PP les impusieron el caballo con bolas (con perdón) y ahora le quieren devolver la pelota a los de enfrente, pero por pelotas (con otro perdón). Son alardes políticos, de señores dado a sacarse espinas ‘conti’ que pueden.
¿A quién le importaba ya el tema? A alguien sí: al dueño de la casa donde está instalado. Me explico: el palacio consistorial es propiedad de usted, de mí y de todos los que pagamos tasas, impuestos, exacciones y multas. Pero hay quien detenta el poder de este modo, creyendo que la casa que utiliza en usufructo se puede gobernar como una propiedad privada. En mi casa mando yo, parece que es el único argumento de peso esgrimido para quitar el caballito del jinete ciego al que yo creo que a estas alturas de la película ya no lo quiere ni su propio padre, el artista Pérez-Villalta.
Podemos escribir artículos, gritar nuestras opiniones por las calles, manifestarnos a favor o en contra de la permanencia de la estatua. Pero, compréndanlo: aquí manda el que manda y los demás, así que pasen unos tres años, no tenemos derecho más que a contemplar cómo nos quitan el caballo, igual que ocho años atrás nos lo pusieron, sin más, a pesar de todo lo que se escribió y se gritó y se manifestó. Nada: el que manda, manda, y los demás a esperar a ejercer nuestra micra de poder de papeleta. Frustrante.
Después se quejarán de que su profesión está totalmente desprestigiada, de que se les acusa de que forman una clase aparte que vive del pueblo (de sus votos e impuestos) pero que gobierna sin el pueblo (¿sabrán acaso estos señores de traje formal lo que piensa el pueblo real, después de años sin vivir como ciudadanos normales? si lo supieran les daría el patatús).
Me ratifico en mi desconfianza hacia todo cargo público cuando observo estupideces de este calibre político-municipal (ahora te pongo un caballo porque yo mando/ahora te quito el caballo porque el que manda soy yo) . En esto sí que se puede generalizar, porque las honrosas excepciones (ese alcalde ideal que vive para los ciudadanos, que conecta con su sentir, que toma el pulso de la calle a diario, que se baja el sueldo para dar ejemplo de ahorro, que no cambia de casa ni de coche ni de esposa porque el poder no le ha cambiado), esas escasas salvedades a la norma, no son más que confirmaciones a una ley implacable: si quieres conocer a Pedrillo, dale un carguillo. Pasa con el aparcacoches-dictador que gobierna con mano férrea, a golpe de silbato, el parking del descampad: le pasa al regidor ahíto de poder y sobrado de tiempo para malgastarlo.
En Granada, la estética urbana es un tema comunitario. Si pusieron o ahora quitan al caballo, podrían habernos preguntado para ponerlo, para quitarlo o para dejarlo.

Piratas de hoy (allá por Puntlandia)


Resulta que aún existen. Han cambiado las alfanjes por fusiles de asalto AK-47, los cañones por lanzagranadas y los turbantes por gorras de béisbol con marca americana. Pero hacen lo mismo que hicieron desde sir Francis Drake hasta el creador de la banca March, el último corsario de los de antes.
“Y si caigo,/ ¿qué es la vida? / Por perdida/ ya la di, /cuando el yugo/ del esclavo,/como un bravo,/sacudí”. Algo así podría dejar escrito alguno de los que asolan estos nuevos mares del siglo XXI, aquellos en los que los gobiernos ribereños son más débiles, allí donde los grandes galeones (portaaviones) no se dejan caer ni por un despiste. Ahora son de nacionalidad malaya, somalí, peruana o coreana, pero su espíritu es el mismo de los que les precedieron en ese viejo y esforzado oficio de asaltar navíos de lujo y saquear riquezas, secuestrar a banqueros y niñas pijas (antes fueron nobles y doncellas) y pedir por ellos el preceptivo rescate so pena de emprenderla a mandobles (tiros) con unos presos (cautivos) que están tan perdidos y amedrentados como lo estuvo aquel Cautivo de Árgel más tarde conocido como El Manco de Lepanto.
“Que es mi barco mi tesoro,/ que es mi dios mi libertad, mi ley la fuerza y el viento/ mi única patria, la mar”. El romanticismo aquel se diluye ante la imagen de los telediarios que muestran el rescate de los prisioneros y posterior caza al pirata con chaleco antibalas y todoterreno que tuvo lugar tras el asalto a un barco de lujo de bandera francesa.
Vistos de lejos seducen (no habrá mujer que no haya soñado con algún libertario de aquellos que no respetaba el lujo de sus vestidos), pero si los vieran de cerca, malolientes, desdentados, cocainómanos y/o simplemente repulsivos, quizás desearían no haber salido nunca de la seguridad de su colegio de pago.
“En las presas / yo divido / lo cogido / por igual; / sólo quiero / por riqueza / la belleza /sin rival”. Así el maletín con los dos millones de euros pasa por la ley universal de la piratería: todos cobrarán por igual porque todos viven perseguidos, todos se juegan la vida, todos habrán de matar al aguerrido enemigo si se presenta en lontananza el bajel (fragata) que saldrá de puerto para darles caza.
Han cambiado la tecnología, pero no el exotismo de los nombres de los territorios en donde perpetran sus saqueos. Nótese que el gobierno de Puntlandia (sic) anunció el lunes pasado la captura de seis de estos forajidos y su inevitable condena a muerte (como en el siglo XVIII, la edad de oro de la piratería, el juicio que debiera haber de por medio ha sido omitido).

Hace unos pocos años que saltó otra noticia por aguas del mar de China. Horas antes de enfrentarse al pelotón de fusilamiento, un grupo de piratas capturado y diligentemente sentenciado por las autoridades del gigante asiático, bebían y bailaban y cantaban la canción aquella de “¡hey! Macarena” ante los absortos ojos de sus guardianes. Era su última noche de una vida vivida en absoluto presente, sin conciencia de los males cometidos, sin hogar ni patria ni bandera que les cobijara. Y murieron (quiero suponer) sonriendo ante los fusiles. Como aún pueden morir los piratas de los que Espronceda dijo: “¡Sentenciado estoy a muerte! / Yo me río /no me abandone la suerte, /y al mismo que me condena, / colgaré de alguna antena, / quizá; en su propio navío”.

Gota de madrugada / (relato)


De esto que ahora os cuento han pasado tres suaves meses. Casi todos mis amigos desaparecieron desde que todo ocurrió y me quedé en este paro voluntario. El único que conservo, vino una mañana conmigo intrigado por la razón de mi abandono y yo, medio en broma, le conté que ahora soy un atleta quieto. Tampoco se asusta de mis frases del tipo “La realidad vestía de plata aquella mañana por no esperar desnuda a que el sol la rondara”. Él tan sólo me escucha, a veces se sonríe, espera conmigo la salida del sol y, luego, se va camino de su trabajo con una sonrisa dentro del maletín, igual que yo hacía antes, cuando aún vivía de hombre decente y solía atravesar cada mañana este parque camino del trabajo. Tenía que llegar justo a las siete cincuenta y seis a la sucursal número nueve del Banco Meridional, por lo que debía pasar por el parque a eso de las siete y media. Una sonrisa aprendida de atender a tantos clientes decoraba mi rostro. Como el que visita un museo en su propia ciudad, nunca reparé en la belleza que, por cotidiana, tenía olvidada. Para mí las flores del parque no eran aún más que moscas sobre la pantalla de un televisor con la imagen fija del parque de fondo: edificios impersonales tras de los árboles, vallas afiladas de esas que rascan los cielos de metal, calvas en el césped como de verdes perros dálmatas; un seto de arrayanes rodeaba la fina lámina de plata de una charca, donde holgaban solitarias plantas que, poco después de lo que ocurrió, supe que se llamaban gotas de madrugada, flores de transparente misterio que sólo abren sus pétalos a la luz de la luna.


Nunca sabré porqué ese día me detuve por primera vez a observar la charca, confiando mis sentidos al verde olor de aquel parque. Miré alrededor como un reloj cuyas manecillas quisieran contradecir el paso natural del tiempo: poca gente a esa hora, sólo el jardinero y un vigilante de uniforme. Desde detrás de las vallas llegaba un lejano caos de ciudad que, absorto en la contemplación, sentía ajena; tampoco era mía esa fresca rutina de la naturaleza que se despereza. Un traje gris y corbata oscura no desentonan salvo en la cola del paro o enmedio de aquel pensil: Yo era allí un simple turista que pensó cómo cortar un trozo de esa armonía para que me acompañara en mi rutina. Me ví apareciendo en la sucursal con una flor prendida en la solapa, las risas y comentarios de los compañeros, la extrañeza de algún cliente…ese día algo distinto estaba ocurriendo. Así, con el sigilo de una noche estrellada, corté un capullo de gota de madrugada que se erguía de entre varios sobre la charca y lo llevé hasta la solapa de mi chaqueta. Yo era un banquero honrado e iba a cometer un delito, de ahí que mirara a uno y otro lado con avidez.

Cuando ya me marchaba, una voz frondosa y aterciopelada sentenció:

‑ “Cuando ya tienes la flor comienzas a no tenerla”. Por un momento pensé que el guarda me había cogido in fraganti. Contraataqué granítico:

‑ Pagaré los daños, no se preocupe- pero el vigilante seguía lejos y un duro silencio me rodeaba. Empecé a asustarme-.

– De la contemplación nace la rosa,

de la contemplación el naranjo y el laurel,

tú y yo del beso aquel- de nuevo esa voz, ahora en un tono más suave, sin duda desde detrás del seto de arrayanes. Me acerqué hasta la charca para ver quién me la estaba jugando. No había tampoco nadie entre los setos. Terror. Controlado mi miedo me decidí a retarle:

‑ Quien sea que salga y dé la cara.

‑ “Va el coronel envuelto/ en negra soledad. / Condecoran su muerte/ las fronteras del boato/ que enjauló su libertad”- atónito veía unos ojos helados

que me observaban desde un collarín de pétalos malva, una boca que exhalaba polen al hablar y su pistilo rojo por nariz.

– “Has matado a mi amiga, hombre-ciudad, y si algo no das a cambio, pronto te arrepentirás”.

‑ ¿Qué puedo yo dar? Supongo que el dinero no te interesa…

‑ ¿Has leído a Goethe?- me preguntó sin responderme.

– Yo no leo poesías- dije con orgullo intelectual.

– Harías bien en leer el poema ‘Descubrimiento’. Cuando lo hagas volverás a saber de mí- dijo la flor, al tiempo que se cerraban sus pétalos sin siquiera un adiós.


Miré la hora y me fui corriendo hacia el trabajo, al que por primera vez en ocho años llegaría tarde. “Intervalla delirantia, intervalla delirantia..”, me repetía. Pero, fuera o no parte de mi locura, su rostro era hermoso y su voz azul y aquella cadencia de palabras preciosas…

Efectivamente llegué con unos minutos de retraso ante la mirada de un jefe sorprendido. “Un túnel de negra prisa es el atajo de los segundos…”, rezaba el anuncio de una película de ciencia ficción tras del cristal antibalas de la sucursal. Decidí trabajar duro hasta bien entrada la tarde. “El miedo es una locomotora que busca pasadizos en el tiempo” leí en una novelita mientras almorzaba. Todo lo que hacía se relacionaba con ella.

Tal como esperaba, los compañeros se rieron de mi flor, que permanecía moribunda, ahorcada en el ojal de mi chaqueta, encerrada en su capullo y poco a poco más mustia. Las bromas me herían, no sabía bien porqué: no era sólo sensación de ridículo; me sentía como el piloto de un bombardero de napalm que ve un reportaje sobre los mutilados de la guerra del Vietnam. El trabajo no conseguía borrar lo ocurrido. Aún así, por pundonor o simple cabezonería, dejé la flor en mi chaqueta y me concentré en la tarea hasta donde pude.

Evité pasar por el parque de vuelta a casa y por eso acepté la invitación de un compañero para llevarme en coche, cosa que nunca había hecho antes. Al despedirnos me dijo que me fuera a dar una vuelta, que un funeral parecía desfilar por mi cara. No dejaba de mirar la gota de madrugada que llevaba en la chaqueta: había inclinado su cabeza como Cristo a la hora de nona.

Cerré la puerta de casa con el pie, lo que me devolvió a la frágil seguridad de la costumbre. La angustia pasada me había abierto el apetito. Después de cenar, un rato de zapeo para olvidar los sinsabores del día. Pero esa noche sólo pensaba en el maldito poema que aquella alucinación mencionara. Tenía remordimientos de polen.


Poco después miraba el despertador encima de la mesita, junto a mi cama: las dos y media. Había tomado una pastilla para dormir, había contado mil trescientas sesenta y siete ovejitas y hasta intenté aplicar los métodos de relajación que aprendí en un cursillo de sofrología. La imagen persistente de un libro esperándome en la tercera estantería de la librería de mi estudio, el segundo o el tercero empezando por la derecha, me impedía dormir. Dos horas más y tres mil doscientas ovejitas saltando una valla consiguieron que me levantara. Leí el poema.

Debería dejar de contaros, las cuartillas me queman los ojos, como si fueran nubes de papel donde trazar huecos de cielo que transmitan aquello que yo viví. Además, se me hace tarde: ella aguarda en casa, arropada por un césped de mantas entre las que se acurruca remisa a la claridad del día. Su espera es serena: sabe que no tardaré en volver. Cuando llegue, le haré el desayuno y escucharé la cascada de diamantes de su risa cuando lea las noticias del periódico, sobre todo las de economía, las más graciosas según ella. Aunque ahora vivo de noche, me gusta esperar a fundirme con el oro de la mañana: hago la compra, miro pasar a la gente, voy a la cola del paro del que recibo poco dinero, pero tampoco nos hace falta más. Me basta con venir al parque para que este sol me siga mostrando que nada he perdido.

Después de aquella primera lectura dejé de vivir solo y de comprobar si gotean los grifos antes de acostarme. En los días que siguieron, los acontecimientos se sucedieron muy rápido. Comencé a salir por las noches: me encantaba bucear en los bares llenos de gente, cosa que hasta entonces detestaba. A las mujeres que se sumergieron en mi cama les preguntaba -mientras miraba cómo el humo del cigarrillo postcoitum dibujaba formas en el aire- si leían a Goethe. Ninguna leía demasiado, y por supuesto ninguna sabía nada de ese poema misterioso: ‘Descubrimiento’.

Una noche, en un espumoso y rojizo bar de moda, una mujer con rasgos de coral y la mirada más triste y serena que nunca haya visto, se me acercó y me dijo al oído: “Me encantan los descubrimientos”. Escéptico, le pregunté su nombre. “-florezco al despuntar el alba”- me contestó y después, sin preámbulos, me besó: la sal de sus labios me transportó a una oscura claridad marina donde ahora, cada vez que la beso, floto mientras contemplo la luna.


Aquella misma noche fuimos al parque donde todo empezó, saltamos la valla y plantamos una gota de madrugada entre los arbustos, en la charca donde se refleja la luna. Las gotas de madrugada nos saludaron y, para mi sorpresa, entendía perfectamente las extrañas frases que el grupo de flores alumbraba bajo la metálica luz de la madrugada. Nos sentíamos tan bien que, después de que unos policías nos hicieran estúpidas preguntas en la comisaría, nos sometieron a un examen psicológico por lo inusual de estar detenidos y sonrientes. Los cargos eran más graciosos aún: escándalo público por hacer el amor en el parque, cencerrismo y gamberrada por gritos lúbricos a altas horas de la madrugada e, incluso, molestias a los patos y cisnes. La prueba de alcoholemia dio negativa pero, como nosotros seguíamos mirándonos entre sonrisas blancas, nos preguntaron qué tipo de droga tomábamos.

De la comisaría nos fuimos a su pequeña casita de las afueras, con mucho verde alrededor. Allí nos hemos plantado: comemos, leemos, nos contamos cosas, dormimos siempre en el jardín. Yo la miro y su cara me recuerda vagamente los rasgos de la gota de madrugada que me habló hace ya,… ni sé. Esta me parece la más bella condena que un hombre pueda soñar. Ella, cuando le pregunto si me querrá siempre y esas cosas que se dicen los enamorados me replica:

‑ “Te quedan muchas cosas por descubrir todavía, mahatma banquero, pero tal vez por eso creo que nos vamos a entender”.

Ahora leo poemas, tal vez demasiados: los recito cuando mi amigo viene a cenar a casa, en nuestro jardín, los tres con los pies descalzos hundidos en la tierra. Llegué incluso a aprenderme aquel maravilloso ’descubrimiento’ de poema de memoria, pero ahora no lo recuerdo, aunque esto ya poco importa. Sólo sé que no volveré a arrancar una flor: Sería como obligar a una gota de madrugada a casarse conmigo.

Tú no eres tú / (relato)


“‑¿Es usted Jorge Luís Borges?‑ pregunta el sorprendido transeúnte
al abordar por una calle de Buenos Aires al genial escritor.

‑A veces… ‑contesta‑ tan sólo a veces”.

Anécdota atribuida a J. L. Borges

El vecino del séptimo derecha es ese señor tan educado que, siempre con una sonrisa, sujeta la puerta del ascensor e invita con un gesto a pasar primero. Según la abuela, que le mira con buenos ojos, ella debería enseñar también al niño esas buenas formas.

El vecino del séptimo derecha suele coincidir a esa hora confusa en que acaba la tarde y comienza la noche con la señora del noveno izquierda: ella recoge a su hijo en el colegio desde que se ha afiliado a una organización de acogida, término que no entiende muy bien la abuela. La vecina del noveno izquierda es conocida en el vecindario por ser la única divorciada y, sobre todo, por las discusiones que mantiene con su anciana madre, una mujer huraña y chapada a la antigua.

El vecino del séptimo derecha vuelve a esa hora del trabajo, en la tienda que regentó su padre. Pulsa el botón con el número siete, después el nueve. Busca la mirada de la vecina que agradece con un gesto. Caras de circunstancias, respiración contenida y mirada al frente. El ascensor no es demasiado moderno y carece de puertas interiores. El ascensor se eleva: al niño le divierte el ascenso y sonríe, pegado a la falda de su madre.


Ven pasar el número que indica el piso primero con los ojos como hipnotizados por el hueco del silencio que, como una cuerda al tirar de ambos lados, se va poco a poco tensando. El vecino del séptimo derecha es muy conocido entre el vecindario por ser el presidente de la comunidad; también es el más antiguo propietario en el inmueble, a pesar de ser bastante joven. “Tiene buen gusto para las corbatas”, piensa la señora del noveno izquierda, aunque supone que las elige su mujer, que no tiene tan buen gusto. La vecina del noveno izquierda vive en régimen de alquiler en uno de los pisos que heredó el señor del séptimo derecha a la muerte de su padre. El niño, cogido de la mano de la madre, observa la cara del señor y su corbata.

El ascensor pasa el segundo piso. El niño continúa mirando, callado, hasta que, de repente, le espeta al vecino:

‑Tú no eres tú ‑con la dura transparencia de una ola de plata en la mirada. El silencio se ha quebrado un momento tras el que sólo queda el ruido de túnel del ascensor que sube.

Así hay bombas de espoleta retardada, minas de contacto, granadas o bombas de mortero, así hay frases que al ser lanzadas no sabemos cuándo van a estallar. La señora recrimina con una dura mirada y un fuerte apretón de mano al niño descarado; esboza una mueca de disculpa. Los ojos del niño siguen clavados en la mejilla del señor que no quiere mirar, no quiere… ver, y le da la espalda.

Podría haber sido ésta una de tantas frases que se oyen durante el día, sobre todo viniendo de un niño tan pequeño; pero hoy, el vecino del séptimo, buen padre de familia, trabajador honrado, recibe esa frase como bomba que estalla. Un dolor punzante en el costado le hace temer lo peor. Busca con nervioso disimulo unas pastillas en el interior del bolsillo y toma dos con aire de costumbre. Respira profundo.

‑¿Se encuentra usted bien?

‑Sí, sí, no se preocupe, es sólo un pequeño mareo. Tengo mucho trabajo por estas fechas ‑contesta, al tiempo que se afloja la corbata, sin percatarse de que las ventas de la ferretería no suelen oscilar con las estaciones, como ocurre con las floristerías.

‑Hijo, pide disculpas a este señor ‑pero el niño calla, frunce aún más el ceño y sigue mirándole.

Las guerras comienzan por un primer disparo y, a la larga, poco importa quién disparó primero. Caos gobierna: cascada de respuestas automáticas en soledad de mente parlante que, como herrumbrosa frontera, eriza alambradas: “soy adulto, soy marido, soy padre, soy jefe,…”

No sirven, hay frases torpederas y ésta es una; hay murallas tan débiles que hasta la más frágil luz las traspasa. El agua es el lastre del submarino a la deriva (peor si el agua es turbia), la angustia su condena, el metal su encerrona. El sumergible cierra ojos y boca como inútil estrategia de evasión ante una señora que regaña al niño testarudo.

“Sí, no soy yo…” habla para sí, mientras mira en el techo la débil luz de flúor “…y por eso me busco día a día en la verosímil irrealidad del periódico, en la mentira televisiva o en la realidad paralela del libro, también en la radio compañera. Me busco a tientas y a solas entre las cosas, aquellas que supongo serían los restos reconocibles de mi propio naufragio: la estilográfica con mis iniciales grabadas, mis zapatos, mi traje ¿a mi estilo?” ‑sonrisa escéptica‑ “… mejor diría al torrente de gustos sucesivos de mi madre, de mi padre, de mi novia, la que hoy es mi esposa, y de las hijas que elegirán pronto mi ropa entre las mejores rebajas”.

El vecino iza la cabeza y los ojos, como un ávido catalejo, buscando el pasar de los pisos. Cuando aparece el número cuatro, se seca el sudor de la frente y traga saliva con algo de alivio. Un sombrero con ojos y gafas miran dentro de un abrigo abierto con un agujero en forma de pieza de puzzle en el centro: el simbolito de aquel quitamanchas ha cruzado fugaz por su cabeza.

Recuerda, hacia el quinto piso: “corría aquel hombre del espejo para tomar el café que humeaba esa misma mañana en la cocina, con la urgencia que avisa que la vida no espera a los que se paran”. Recuerda, estirado y tenso cuando llega al sexto piso, “bajé por este mismo ascensor de ruidos opacos en busca de la calle y sus ruidos para montar en el coche”, y las palabras que le rescataron por unos momentos desde la radio: “Buenos días, habitantes de la ciudad perdida. Esta mañana os voy a dedicar esta canción-tristeza mientras vais al trabajo…”. Se ve a sí mismo, “en la pequeña oficina de la tienda buscándome en las caras de los empleados” aunque él ya sabe que “esos espejos con forma de cara devuelven deformadas las imágenes” y que “tampoco ahí, en el trabajo ajeno, se consigue nunca encontrar aquello que se fue en un punto de la vida que ya ni recordar puedo”.

El séptimo piso se aproxima y el vecino discurre ansioso, “la nada no mancha, tan sólo tapa de vacío lo que antes ya vacío estaba”. La señora, tan sólo acierta a extender su mano y acariciar suavemente la mejilla sudorosa del vecino que, en un acto inconsciente, recuesta su cabeza en esa mano y da un callado beso en la palma. Al instante reacciona y se separa.

Incómodo silencio de ascensor: momento en que la palabra se torna hacha, única arma útil contra una formalidad sin tuétano. Mirada al niño, ahora sí, con todo el odio de su reproche.

Han llegado al séptimo piso. Quedan unos pocos segundos por rellenar de palabras. Un apresurado “‑Disculpe, ya sabe, los niños” ‑de mujer confusa. Precipitadas preguntas: “‑¿Qué tal la familia?” ‑y del trabajo‑ “Veo que le va bien la tienda” ‑ cumplidos con gesto blando de despedida. Saludos huecos para su madre al cerrar la puerta del ascensor y un: “Está estupenda” que el vecino nota tan falso como amortiguado, cuando ya ve al niño que, retador, le sostiene la mirada mientras se eleva con el ascensor hacia el piso noveno.

El vecino del séptimo derecha, mientras busca las llaves de la puerta de su casa, aún tiene tiempo para acabar de recordar: “la vuelta del trabajo en el coche, de nuevo con la radio y la esperanza de dar conmigo mismo en algo o en alguien de la rutina de mi casa: el beso a la mujer, las preguntas por la oficina, la cena preparada, qué tal los niños…”, que preguntará cuando traspase esa puerta que espera ser abierta si acierta a encontrar las llaves, o la cama que espera, con sus acentos de verdad o esos besos de puntillas de los temidos niños ya dormidos. Y de nuevo “la cama, la cama, la máquina de la verdad donde la mujer tal vez reclame un cariño que sólo los niños saben ya dar porque yo ya lo olvidé”, o tal vez “mientras mire la tele, y ella querrá que la abrace, y yo, con rutina, pondré los brazos y el pecho, pero no el alma”.

“El día…” ‑concluye el vecino‑ “es un erizado atolón de hombres de coral, en mitad de mar cristalino donde miles de ojos niños lamen blandamente las playas”.

Cuando ha abierto la puerta blindada de la casa, el periódico bien doblado y esperándole en la entrada: un hongo atómico ha estallado en una isla del pacífico; lo toma, ojea la sección de Bolsa y deja el periódico en el salón.

‑Cariño, ya estoy en casa. Si vieras lo que me ha pasado en el ascensor ‑nota la piel de la cara tirante y esa tensión cutánea le recuerda el maquillaje del último carnaval cuando se disfrazó de… ya ni acuerda. Se detiene, vuelve hasta la puerta. Comprueba que la dejó entreabierta: portazo y encaja. Aquella extraña voz que se desató ya se calma con un último grito: “para lo mismo responder mañana”.

Presuntos y en la calle


Vamos a imaginar que son inocentes y que no han robado nada de nada, que las fortunas que amasaron durante años de ocupar el poder en Marbella fueron producto de su esfuerzo y tesón en el trabajo, de su digna gestión al frente de los negocios que con el suelo y las moles de ladrillo se hicieron durante aquella década ominosa de Jesús Gil al frente del GIL en Gili-Marbella-Landia. Vamos a presumir que todo aquel lujo ostentoso que se gastaban sólo venía de sus sueldos de alcalde (Julián Muñoz) y de asesor de urbanismo del Ayuntamiento (Juan Antonio Roca). Vamos a hacernos, en fin, los tontos por un momento y pensemos que todo es, como ellos quieren presentarlo en su defensa, una gran conspiración urdida por mentes aviesas para quebrantar su fama y su patrimonio tan (según sus abogados defensores) honestamente ganados. Presumamos, presumamos pues.
Porque los ‘malayos’ ya están en la calle, como ciudadanos protegidos por la presunción de inocencia, tras haber pagado astronómicas fianzas que nadie sabe de dónde han salido. Porque un millón de euros (en el caso de Roca) no es tan fácil de reunir, y menos cuando ningún banco te lo fía. Preguntémonos de dónde viene ese dinero que ha reunido la familia y los amigos del antedicho que hace posible que este hombre ‘de bien’ esté de nuevo paseándose por esa cueva de Alí Babá y los cuarenta mangones que fue Marbella.
Además, Roca ya lo ha dejado claro: no piensa escaparse. Vamos a hacer como que le creemos. Y a Julián Muñoz también. Vamos a compadecernos de este último infeliz, un hombre (según él mismo quiere retratarse) estafado por su anterior amo (GIL), traicionado por sus fieles, vapuleado por la prensa (“enseña los dientes, que eso les jode”, que le decía su novia tonadillera en sus tiempos de efímera gloria), aborrecido por sus conocidos que ya no quieren que se les relacione con este pobre desgraciado que, si le creyéramos, no sería más que un pobre camarero que se metió en política creyéndose que así haría el bien a sus conciudadanos.
Después de este descomunal ejercicio de imaginación, vamos a intentar aplicar un poco el sentido común. Lo primero que hay que entender es que estos dos pájaros se han tirado dos años en chirona, un encierro que, en nuestro sistema jurídico, debe estar totalmente argumentado por la magnitud de los delitos que se les imputan. Los jueces (ya se ha visto con el caso de la jueza granadina condenada por dejar años a un inocente en la trena) tienen unos límites muy estrechos para aplicar la justicia. Así que, menos lobos, señores presuntos, que estas cosas son muy serias.
Ellos saben muy bien que ya les han caído varias sentencias. En el caso de Julián Muñoz ya se puede decir (sin temor a calumniarle) que es un chorizo, porque un juez lo ha condenado por quedarse con el dinero de los demás, que no sólo con el suyo, que ese sólo él sabe dónde lo tiene escondido.
Y algo hay que explicarles que parecen no alcanzar a entender: en ellos dos se concreta todo un tiempo que los españoles estamos dejando atrás, una época de especulación a lo grande y a lo pequeño, un tiempo de bolsas de basura llenas de billetes, de aguantar a estos nuevos ricos horteras en las televisiones paseando sus pobres vidas como si fueran ejemplo para alguien. Ojalá la justicia se ponga las pilas con ellos y nos permita, sentencia de por medio, quitarles el presuntos y poder llamarles lo que son, a la cara, a voces, o mejor, detrás de unas rejas donde paguen por tanto mal y tanta maldades.

Escritura feliz


El país más feliz de la tierra es Islandia. Las claves son muchas (un artículo de EPS del último domingo lo cuenta todo) pero, entre ellas, me llama poderosamente la atención lo que viene a decir un artista de aquellas ateridas tierras: que allí no hay árboles ni hermosos paisajes con los que distraerse; que además hace frío y pasan muchas horas metidos en casa. Y que por todo eso, deben estar a gusto con sus demonios interiores para no volverse locos. De ahí que, entre la gente de Islandia, escribir no sea esa rareza que tan pocos practican por las tierras más sensuales de la extroversión, el dejarse ver y el contacto cuerpo a cuerpo. Además, se sorprendía el reportero, allí leen como cosacos, aunque desciendan de los rudos vikingos. Son gente pragmática hasta en las cosas del amor: si les va mal en pareja se separan civilizadamente (la custodia se comparte de manera automática). Además, las mujeres tienen los hijos entre los 20 y los 30 años pues piensan que, más tarde, sus cuerpos ya no están para tanto trote, y es normal ver a chicas embarazadas en las universidades. El Estado protege por encima de todo a los niños y a las mujeres, de ahí que la familia sea un núcleo que cohesiona la sociedad, en lugar de desintegrarla. Escribir, leer, tener hijos, vivir la familia, una comunidad reducida y apertura a la cultura y a otros mundos. Aquí te dirían que eres un retrógrado si postulas semejantes fórmulas de felicidad, pero en Islandia prefieren ser felices a ser progres, porque son progres de verdad, sin tener que demostrarlo.
Escriben los islandeses, sin ambición literaria. De hecho, no conozco escritores famosos de aquel país. Será que la fama no da la felicidad. Pero la escritura parece que ayuda. El escritor Gregorio Morales apuntó el otro día en su artículo que no hay que escribir para que nos quieran, como decía Gabo, sino porque se quiere. Podría ser eso lo que mueve a los islandeses a practicar tan sana costumbre. Porque el mundo puede estar necesitado de lo que cada cual lleva dentro, y sólo el hecho de sacarlo fuera, ya es un acto de generosidad. Lo escrito ahí queda, y puede que a alguno le aproveche. Y si no, por lo menos le ha aprovechado a uno.
Al leer aquel artículo me entraron unas ganas tremendas de irme para allá. Pero me frenó el frío. Y también la sentencia de un amigo que me dijo: “Nadie roba a nadie y se llevan tan bien entre sí porque viven en una isla y no tienen adonde huir”. Pues tal vez. Pero les funciona. Tomemos nota pues, y por escrito.