Presuntos y en la calle


Vamos a imaginar que son inocentes y que no han robado nada de nada, que las fortunas que amasaron durante años de ocupar el poder en Marbella fueron producto de su esfuerzo y tesón en el trabajo, de su digna gestión al frente de los negocios que con el suelo y las moles de ladrillo se hicieron durante aquella década ominosa de Jesús Gil al frente del GIL en Gili-Marbella-Landia. Vamos a presumir que todo aquel lujo ostentoso que se gastaban sólo venía de sus sueldos de alcalde (Julián Muñoz) y de asesor de urbanismo del Ayuntamiento (Juan Antonio Roca). Vamos a hacernos, en fin, los tontos por un momento y pensemos que todo es, como ellos quieren presentarlo en su defensa, una gran conspiración urdida por mentes aviesas para quebrantar su fama y su patrimonio tan (según sus abogados defensores) honestamente ganados. Presumamos, presumamos pues.
Porque los ‘malayos’ ya están en la calle, como ciudadanos protegidos por la presunción de inocencia, tras haber pagado astronómicas fianzas que nadie sabe de dónde han salido. Porque un millón de euros (en el caso de Roca) no es tan fácil de reunir, y menos cuando ningún banco te lo fía. Preguntémonos de dónde viene ese dinero que ha reunido la familia y los amigos del antedicho que hace posible que este hombre ‘de bien’ esté de nuevo paseándose por esa cueva de Alí Babá y los cuarenta mangones que fue Marbella.
Además, Roca ya lo ha dejado claro: no piensa escaparse. Vamos a hacer como que le creemos. Y a Julián Muñoz también. Vamos a compadecernos de este último infeliz, un hombre (según él mismo quiere retratarse) estafado por su anterior amo (GIL), traicionado por sus fieles, vapuleado por la prensa (“enseña los dientes, que eso les jode”, que le decía su novia tonadillera en sus tiempos de efímera gloria), aborrecido por sus conocidos que ya no quieren que se les relacione con este pobre desgraciado que, si le creyéramos, no sería más que un pobre camarero que se metió en política creyéndose que así haría el bien a sus conciudadanos.
Después de este descomunal ejercicio de imaginación, vamos a intentar aplicar un poco el sentido común. Lo primero que hay que entender es que estos dos pájaros se han tirado dos años en chirona, un encierro que, en nuestro sistema jurídico, debe estar totalmente argumentado por la magnitud de los delitos que se les imputan. Los jueces (ya se ha visto con el caso de la jueza granadina condenada por dejar años a un inocente en la trena) tienen unos límites muy estrechos para aplicar la justicia. Así que, menos lobos, señores presuntos, que estas cosas son muy serias.
Ellos saben muy bien que ya les han caído varias sentencias. En el caso de Julián Muñoz ya se puede decir (sin temor a calumniarle) que es un chorizo, porque un juez lo ha condenado por quedarse con el dinero de los demás, que no sólo con el suyo, que ese sólo él sabe dónde lo tiene escondido.
Y algo hay que explicarles que parecen no alcanzar a entender: en ellos dos se concreta todo un tiempo que los españoles estamos dejando atrás, una época de especulación a lo grande y a lo pequeño, un tiempo de bolsas de basura llenas de billetes, de aguantar a estos nuevos ricos horteras en las televisiones paseando sus pobres vidas como si fueran ejemplo para alguien. Ojalá la justicia se ponga las pilas con ellos y nos permita, sentencia de por medio, quitarles el presuntos y poder llamarles lo que son, a la cara, a voces, o mejor, detrás de unas rejas donde paguen por tanto mal y tanta maldades.

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