Gota de madrugada / (relato)


De esto que ahora os cuento han pasado tres suaves meses. Casi todos mis amigos desaparecieron desde que todo ocurrió y me quedé en este paro voluntario. El único que conservo, vino una mañana conmigo intrigado por la razón de mi abandono y yo, medio en broma, le conté que ahora soy un atleta quieto. Tampoco se asusta de mis frases del tipo “La realidad vestía de plata aquella mañana por no esperar desnuda a que el sol la rondara”. Él tan sólo me escucha, a veces se sonríe, espera conmigo la salida del sol y, luego, se va camino de su trabajo con una sonrisa dentro del maletín, igual que yo hacía antes, cuando aún vivía de hombre decente y solía atravesar cada mañana este parque camino del trabajo. Tenía que llegar justo a las siete cincuenta y seis a la sucursal número nueve del Banco Meridional, por lo que debía pasar por el parque a eso de las siete y media. Una sonrisa aprendida de atender a tantos clientes decoraba mi rostro. Como el que visita un museo en su propia ciudad, nunca reparé en la belleza que, por cotidiana, tenía olvidada. Para mí las flores del parque no eran aún más que moscas sobre la pantalla de un televisor con la imagen fija del parque de fondo: edificios impersonales tras de los árboles, vallas afiladas de esas que rascan los cielos de metal, calvas en el césped como de verdes perros dálmatas; un seto de arrayanes rodeaba la fina lámina de plata de una charca, donde holgaban solitarias plantas que, poco después de lo que ocurrió, supe que se llamaban gotas de madrugada, flores de transparente misterio que sólo abren sus pétalos a la luz de la luna.


Nunca sabré porqué ese día me detuve por primera vez a observar la charca, confiando mis sentidos al verde olor de aquel parque. Miré alrededor como un reloj cuyas manecillas quisieran contradecir el paso natural del tiempo: poca gente a esa hora, sólo el jardinero y un vigilante de uniforme. Desde detrás de las vallas llegaba un lejano caos de ciudad que, absorto en la contemplación, sentía ajena; tampoco era mía esa fresca rutina de la naturaleza que se despereza. Un traje gris y corbata oscura no desentonan salvo en la cola del paro o enmedio de aquel pensil: Yo era allí un simple turista que pensó cómo cortar un trozo de esa armonía para que me acompañara en mi rutina. Me ví apareciendo en la sucursal con una flor prendida en la solapa, las risas y comentarios de los compañeros, la extrañeza de algún cliente…ese día algo distinto estaba ocurriendo. Así, con el sigilo de una noche estrellada, corté un capullo de gota de madrugada que se erguía de entre varios sobre la charca y lo llevé hasta la solapa de mi chaqueta. Yo era un banquero honrado e iba a cometer un delito, de ahí que mirara a uno y otro lado con avidez.

Cuando ya me marchaba, una voz frondosa y aterciopelada sentenció:

‑ “Cuando ya tienes la flor comienzas a no tenerla”. Por un momento pensé que el guarda me había cogido in fraganti. Contraataqué granítico:

‑ Pagaré los daños, no se preocupe- pero el vigilante seguía lejos y un duro silencio me rodeaba. Empecé a asustarme-.

– De la contemplación nace la rosa,

de la contemplación el naranjo y el laurel,

tú y yo del beso aquel- de nuevo esa voz, ahora en un tono más suave, sin duda desde detrás del seto de arrayanes. Me acerqué hasta la charca para ver quién me la estaba jugando. No había tampoco nadie entre los setos. Terror. Controlado mi miedo me decidí a retarle:

‑ Quien sea que salga y dé la cara.

‑ “Va el coronel envuelto/ en negra soledad. / Condecoran su muerte/ las fronteras del boato/ que enjauló su libertad”- atónito veía unos ojos helados

que me observaban desde un collarín de pétalos malva, una boca que exhalaba polen al hablar y su pistilo rojo por nariz.

– “Has matado a mi amiga, hombre-ciudad, y si algo no das a cambio, pronto te arrepentirás”.

‑ ¿Qué puedo yo dar? Supongo que el dinero no te interesa…

‑ ¿Has leído a Goethe?- me preguntó sin responderme.

– Yo no leo poesías- dije con orgullo intelectual.

– Harías bien en leer el poema ‘Descubrimiento’. Cuando lo hagas volverás a saber de mí- dijo la flor, al tiempo que se cerraban sus pétalos sin siquiera un adiós.


Miré la hora y me fui corriendo hacia el trabajo, al que por primera vez en ocho años llegaría tarde. “Intervalla delirantia, intervalla delirantia..”, me repetía. Pero, fuera o no parte de mi locura, su rostro era hermoso y su voz azul y aquella cadencia de palabras preciosas…

Efectivamente llegué con unos minutos de retraso ante la mirada de un jefe sorprendido. “Un túnel de negra prisa es el atajo de los segundos…”, rezaba el anuncio de una película de ciencia ficción tras del cristal antibalas de la sucursal. Decidí trabajar duro hasta bien entrada la tarde. “El miedo es una locomotora que busca pasadizos en el tiempo” leí en una novelita mientras almorzaba. Todo lo que hacía se relacionaba con ella.

Tal como esperaba, los compañeros se rieron de mi flor, que permanecía moribunda, ahorcada en el ojal de mi chaqueta, encerrada en su capullo y poco a poco más mustia. Las bromas me herían, no sabía bien porqué: no era sólo sensación de ridículo; me sentía como el piloto de un bombardero de napalm que ve un reportaje sobre los mutilados de la guerra del Vietnam. El trabajo no conseguía borrar lo ocurrido. Aún así, por pundonor o simple cabezonería, dejé la flor en mi chaqueta y me concentré en la tarea hasta donde pude.

Evité pasar por el parque de vuelta a casa y por eso acepté la invitación de un compañero para llevarme en coche, cosa que nunca había hecho antes. Al despedirnos me dijo que me fuera a dar una vuelta, que un funeral parecía desfilar por mi cara. No dejaba de mirar la gota de madrugada que llevaba en la chaqueta: había inclinado su cabeza como Cristo a la hora de nona.

Cerré la puerta de casa con el pie, lo que me devolvió a la frágil seguridad de la costumbre. La angustia pasada me había abierto el apetito. Después de cenar, un rato de zapeo para olvidar los sinsabores del día. Pero esa noche sólo pensaba en el maldito poema que aquella alucinación mencionara. Tenía remordimientos de polen.


Poco después miraba el despertador encima de la mesita, junto a mi cama: las dos y media. Había tomado una pastilla para dormir, había contado mil trescientas sesenta y siete ovejitas y hasta intenté aplicar los métodos de relajación que aprendí en un cursillo de sofrología. La imagen persistente de un libro esperándome en la tercera estantería de la librería de mi estudio, el segundo o el tercero empezando por la derecha, me impedía dormir. Dos horas más y tres mil doscientas ovejitas saltando una valla consiguieron que me levantara. Leí el poema.

Debería dejar de contaros, las cuartillas me queman los ojos, como si fueran nubes de papel donde trazar huecos de cielo que transmitan aquello que yo viví. Además, se me hace tarde: ella aguarda en casa, arropada por un césped de mantas entre las que se acurruca remisa a la claridad del día. Su espera es serena: sabe que no tardaré en volver. Cuando llegue, le haré el desayuno y escucharé la cascada de diamantes de su risa cuando lea las noticias del periódico, sobre todo las de economía, las más graciosas según ella. Aunque ahora vivo de noche, me gusta esperar a fundirme con el oro de la mañana: hago la compra, miro pasar a la gente, voy a la cola del paro del que recibo poco dinero, pero tampoco nos hace falta más. Me basta con venir al parque para que este sol me siga mostrando que nada he perdido.

Después de aquella primera lectura dejé de vivir solo y de comprobar si gotean los grifos antes de acostarme. En los días que siguieron, los acontecimientos se sucedieron muy rápido. Comencé a salir por las noches: me encantaba bucear en los bares llenos de gente, cosa que hasta entonces detestaba. A las mujeres que se sumergieron en mi cama les preguntaba -mientras miraba cómo el humo del cigarrillo postcoitum dibujaba formas en el aire- si leían a Goethe. Ninguna leía demasiado, y por supuesto ninguna sabía nada de ese poema misterioso: ‘Descubrimiento’.

Una noche, en un espumoso y rojizo bar de moda, una mujer con rasgos de coral y la mirada más triste y serena que nunca haya visto, se me acercó y me dijo al oído: “Me encantan los descubrimientos”. Escéptico, le pregunté su nombre. “-florezco al despuntar el alba”- me contestó y después, sin preámbulos, me besó: la sal de sus labios me transportó a una oscura claridad marina donde ahora, cada vez que la beso, floto mientras contemplo la luna.


Aquella misma noche fuimos al parque donde todo empezó, saltamos la valla y plantamos una gota de madrugada entre los arbustos, en la charca donde se refleja la luna. Las gotas de madrugada nos saludaron y, para mi sorpresa, entendía perfectamente las extrañas frases que el grupo de flores alumbraba bajo la metálica luz de la madrugada. Nos sentíamos tan bien que, después de que unos policías nos hicieran estúpidas preguntas en la comisaría, nos sometieron a un examen psicológico por lo inusual de estar detenidos y sonrientes. Los cargos eran más graciosos aún: escándalo público por hacer el amor en el parque, cencerrismo y gamberrada por gritos lúbricos a altas horas de la madrugada e, incluso, molestias a los patos y cisnes. La prueba de alcoholemia dio negativa pero, como nosotros seguíamos mirándonos entre sonrisas blancas, nos preguntaron qué tipo de droga tomábamos.

De la comisaría nos fuimos a su pequeña casita de las afueras, con mucho verde alrededor. Allí nos hemos plantado: comemos, leemos, nos contamos cosas, dormimos siempre en el jardín. Yo la miro y su cara me recuerda vagamente los rasgos de la gota de madrugada que me habló hace ya,… ni sé. Esta me parece la más bella condena que un hombre pueda soñar. Ella, cuando le pregunto si me querrá siempre y esas cosas que se dicen los enamorados me replica:

‑ “Te quedan muchas cosas por descubrir todavía, mahatma banquero, pero tal vez por eso creo que nos vamos a entender”.

Ahora leo poemas, tal vez demasiados: los recito cuando mi amigo viene a cenar a casa, en nuestro jardín, los tres con los pies descalzos hundidos en la tierra. Llegué incluso a aprenderme aquel maravilloso ’descubrimiento’ de poema de memoria, pero ahora no lo recuerdo, aunque esto ya poco importa. Sólo sé que no volveré a arrancar una flor: Sería como obligar a una gota de madrugada a casarse conmigo.

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