Piratas de hoy (allá por Puntlandia)


Resulta que aún existen. Han cambiado las alfanjes por fusiles de asalto AK-47, los cañones por lanzagranadas y los turbantes por gorras de béisbol con marca americana. Pero hacen lo mismo que hicieron desde sir Francis Drake hasta el creador de la banca March, el último corsario de los de antes.
“Y si caigo,/ ¿qué es la vida? / Por perdida/ ya la di, /cuando el yugo/ del esclavo,/como un bravo,/sacudí”. Algo así podría dejar escrito alguno de los que asolan estos nuevos mares del siglo XXI, aquellos en los que los gobiernos ribereños son más débiles, allí donde los grandes galeones (portaaviones) no se dejan caer ni por un despiste. Ahora son de nacionalidad malaya, somalí, peruana o coreana, pero su espíritu es el mismo de los que les precedieron en ese viejo y esforzado oficio de asaltar navíos de lujo y saquear riquezas, secuestrar a banqueros y niñas pijas (antes fueron nobles y doncellas) y pedir por ellos el preceptivo rescate so pena de emprenderla a mandobles (tiros) con unos presos (cautivos) que están tan perdidos y amedrentados como lo estuvo aquel Cautivo de Árgel más tarde conocido como El Manco de Lepanto.
“Que es mi barco mi tesoro,/ que es mi dios mi libertad, mi ley la fuerza y el viento/ mi única patria, la mar”. El romanticismo aquel se diluye ante la imagen de los telediarios que muestran el rescate de los prisioneros y posterior caza al pirata con chaleco antibalas y todoterreno que tuvo lugar tras el asalto a un barco de lujo de bandera francesa.
Vistos de lejos seducen (no habrá mujer que no haya soñado con algún libertario de aquellos que no respetaba el lujo de sus vestidos), pero si los vieran de cerca, malolientes, desdentados, cocainómanos y/o simplemente repulsivos, quizás desearían no haber salido nunca de la seguridad de su colegio de pago.
“En las presas / yo divido / lo cogido / por igual; / sólo quiero / por riqueza / la belleza /sin rival”. Así el maletín con los dos millones de euros pasa por la ley universal de la piratería: todos cobrarán por igual porque todos viven perseguidos, todos se juegan la vida, todos habrán de matar al aguerrido enemigo si se presenta en lontananza el bajel (fragata) que saldrá de puerto para darles caza.
Han cambiado la tecnología, pero no el exotismo de los nombres de los territorios en donde perpetran sus saqueos. Nótese que el gobierno de Puntlandia (sic) anunció el lunes pasado la captura de seis de estos forajidos y su inevitable condena a muerte (como en el siglo XVIII, la edad de oro de la piratería, el juicio que debiera haber de por medio ha sido omitido).

Hace unos pocos años que saltó otra noticia por aguas del mar de China. Horas antes de enfrentarse al pelotón de fusilamiento, un grupo de piratas capturado y diligentemente sentenciado por las autoridades del gigante asiático, bebían y bailaban y cantaban la canción aquella de “¡hey! Macarena” ante los absortos ojos de sus guardianes. Era su última noche de una vida vivida en absoluto presente, sin conciencia de los males cometidos, sin hogar ni patria ni bandera que les cobijara. Y murieron (quiero suponer) sonriendo ante los fusiles. Como aún pueden morir los piratas de los que Espronceda dijo: “¡Sentenciado estoy a muerte! / Yo me río /no me abandone la suerte, /y al mismo que me condena, / colgaré de alguna antena, / quizá; en su propio navío”.

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