Los ‘presuntos’ chorizos


En Toledo, en el siglo XVII, los mangantes de poca monta de las tortuosas calles de la capital imperial, temerosos del cerco que la policía de entonces iba tejiendo en torno a ellos, crearon una fraternidad o sociedad de ayuda mútua a la que llamaron la Garduña. El modelo tuvo éxito y poco a poco fue extendiéndose por los dominios españoles, para regocijo de los trileros, mangantes, descuideros y asaltadores que, protegidos por la solidaridad de sus iguales, podían moverse con libertad y apoyos varios por todo el orbe cristiano. Se reconocían entre ellos con siglas y con símbolos que marcaban sus territorios. También impartían su propia justicia, al margen de la legalidad oficial, más brutal a veces, pero acatada por todos en tanto que propia y no ‘contaminada’ por la mano del Estado.
Adviértase en esta cita histórica, que no había diferencia de color ideológico entre los villanos que se acogían a esta ley paralela. Al ingresar en la garduña y ser investidos como miembros de la misma, juraban fidelidad y auxilio mutuo sin diferencias de raza, credo o clase social a aquel que se lo reclamara, sin más necesidad para obtener el favor solicitado que revelara su pertenencia a esta sociedad para la delincuencia.

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Desde entonces hasta ahora han cambiado mucho las cosas, pero hay actitudes que no se han alterado. Me refiero a la curiosa solidaridad corporativa que se produce entre los saqueadores, sea en tiempos de guerra o de paz. Especialmente, me llama la atención el hecho de que el chorizo (el antiguo villano) no se diferencia por el color de sus siglas sino por la cantidad de dinero que te virla. Así, de chorizo que te roba un bolso puede pasar a asaltante de bancos, a especulador en bolsa, a banquero o incluso a político (que en este caso será llamado ‘presunto chorizo’) que saqueará a todo un Estado, con la misma cobertura de sus iguales en cuanto a convertir en impunes sus delitos o a dejarlos dormir en la cárcel del olvido. Al chorizo de poca monta, le mandan a la cárcel unos días para que reflexione si le cogen, y allí se encuentra con la solidaridad de sus compañeros de sociedad que le ayudarán dentro o fuera de la cárcel. Al segundo, sus sucesores, le dan un cargo vitalicio, guardaespaldas y coche oficial para que disfrute del botín en paradero desconocido y blindaje legal.
Todo chorizo (presunto o no), conforme asciende en la osadía de sus robos, va planteándose su entrada en política no sin antes pasar por la presidencia de algún equipo de fútbol. Cuando entra en política, finalmente, ya viene bien curtido en las lides del mangoneo. Y sobre todo se ha hecho grandes amigos y colegas en el seno de su sociedad paralela, es decir, en ese grupo de gente con poder que, para que no le toquen a ellos lo propio, procura mirar para otro lado cuando se trate de denunciar los atropellos del otro poderoso y a la vez compañero de fatigas en el duro desempeño del poder.
No quiere decirse con esto que entrar en política suponga entrar en sociedad alguna de ayuda mutua entre chorizos. No. De hecho, los verdaderos políticos, cuando observan este panorama, se vuelven a sus trabajos decentes previos y dejan a los saqueadores hacer su trabajo sin pringarse ellos.
La ley, que es igual para todos, queda fuera de esta sociedad de poderosos. Se blindan con privilegios que les aislan de ser encausados. Se indultan unos a otros caso de ser pillados por los agentes del ‘otro poder’, es decir, por la justicia. Y todos contentos.
En tiempos del imperio y ahora también todo funcionaba mientras ninguno se saltara las normas ni abusara de los otros. Pero especialmente, el funcionamiento del pillaje solidario se aseguraba por la obtención de beneficios por parte de todos.
A este pillaje de antaño hoy se le llama corrupción política. Y todos sabemos ya que mancha a todos los colores del arcoiris parlamentario patrio. Montan teatritos la mar de graciosos de cuando en cuando representando rifirafes en que se echan en cara los delitos cometidos (“pues tú más” es la frase que podría resumir la parodia). Pero luego vuelven todos a sus bancadas, a los turnismos en el poder y a la dialéctica de salón en la que, curiosamente, todos cobran su buen sueldo.
Si antes fueron pueblo, ahora forman parte de la clase política. Y se les nota el cambio: envían a sus hijos a colegios caros y privados (los socialistas y los de derechas); conducen coches buenos; tienen varias casas; cuentas corrientes boyantes; aprenden rápido a manejar la visa oro y los vuelos; cobran dietas por hacer trabajos que ya se les pagan en el sueldo (asistencia a plenos, comisiones y demás); y, lo más curioso, se ponen ellos mismos el sueldo, votaciones muy llamativas presididas por el acuerdo general.
La crisis, el ajuste o la depresión que estamos vivendo, está dejando bien clara la linea de separación que siempre hubo entre el pueblo en general (incluyendo a profesionales liberales, policías, catedráticos, carniceros, enfermeras, basureros o animadores socioculturales) y la clase social a la que me refiero. Empieza a ocurrir como cuando en la antigua URSS quedaba claro que los que circulaban en coches negros camino de sus dachas o aeropuertos no eran de la misma clase social que los que les miraban pasar.
La sociedad de ayuda mutua que han creado (y que acoge en su seno también a banqueros, altos directivos, magnates de la comunicación, familias reales, miembros de la aristocracia cultural dominante, dirigentes sindicales domesticados y ex altos mandatarios) se parece mucho a aquella Garduña del siglo de Oro, pero esta es de alto estanding y funciona mucho mejor y más a las claras. No necesitan de tanto secretismo, aunque sí de sus reuniones en privado. Se ha evidenciado especialmente su existencia con la negativa a procesar a los directivos de bankia o con el indulto del PSOE a punto de concluir la legislatura a un alto dirigente bancario. También con estos recortes sádicos, realizados por los más tontos del club que se han encontrado la papeleta que no quisieron jugar los otros, pero que al final no han provocado más que el consenso de unos políticos que, lejos de rasgarse las vestiduras y salir a las calles, lejos de enarbolar pancartas y montar números en los foros del poder, debaten, juegan entre ellos y luego se marchan a sus casas o viajan a los partidos de fútbol para ver ganar a la selección nacional. Y aquí no ha pasado nada, porque hay que comprender que todo esto es producto de una crisis internacional que no sólo es culpa nuestra y en la que poco se puede hacer ahora que nuestra economía y nuestra soberanía será teledirigida desde Berlín o Bruselas.
Los que nos hemos quedado al margen de esta Garduña contemporánea nos preguntamos a estas alturas si todo esto tiene alguna solución. Y la pregunta no es retórica, sino que está cargada de angustia, pues se la realizan personas (abogados, médicos, funcionarios, conductores de ambulancias o peluqueros) que entretienen su depresión acudiendo de cuando en cuando a la cola del paro para renovar su cartilla. Hubo una llamarada de reacción primaveral en la plaza del Sol que fue rápidamente domesticada con una buena desinformación perfectamente orquestada desde el club de los sensatos. Hubo protestas ordenadas de los funcionarios que temían por sus garbanzos. Pero fue poca cosa.

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Hasta que llegaron hace unos días los mineros, esa gente entera y sufrida, sin doblez ni grandes discursos, que se mata por sacar el mineral del fondo de la tierra. Ellos sólo se pusieron a andar en dirección al centro del poder desde su periferia olvidada. Rescataron la épica de aquellos tiempos en que los trabajadores no eran aspirantes a empresarios y en que el trabajador no especulaba con sus ahorros en bolsa o con la reventa de su segunda o tercera vivienda frente a la tele de plasma, como ocurre ahora. Eran los mineros de las canciones de antaño que, desde la orgullosa luz de sus linternas, iluminaban la negrura de la capital del reino donde tanta porquería se ha ido acumulando en los últimos tiempos.
Y entonces llegaron las bofetadas y la represión más dura. Pero ellos siguieron. Y les han seguido los funcionarios que ya no pueden resistir más como dóciles corderitos mientras les quitan pagas extras mientras que sus dirigentes se blindan los cargos o hunden cajas de ahorros o se pegan viajes de escándalo a cuenta del herario público.
Algunos piensan que el límite del hartazgo se ha rebasado. Creo yo que todavía queda. Los monigotes que nos gobiernan aún tienen que inflingir mucho más daño a los sufridos gobernados para dar de comer a los dueños del mercado. Y todavía el hambre no ha tomado las casas que están tirando aún de la solidaridad vecinal o familiar. Pero esta última no durará mucho. Y el horizonte aún está oscuro.
Volviendo a aquella Garduña del siglo de Oro, es interesante saber que, entre los dominios españoles donde tomó asiento aquella especie de ONG de los pillos destacó especialmente el sur de Italia. Allí incluso caló hasta la médula de la sociedad impregnando todos los niveles y estratos y quedándose a vivir hasta nuestros días en tierras como Nápoles, Calabria o Sicilia. Y con el tiempo dio muchos titulares y también mucho material para las películas. Pero, afortunadamente, esto no va a pasar entre nosotros. En España no vamos a acabar convirtiéndonos todos en presuntos chorizos porque unos cuantos presuntos hayan tomado al asalto las riendas del Estado. Además, son inimputables, pues ni ellos mismos saben lo que se hacen. La clase política que sufrimos sólo está realizándole el trabajo sucio a los verdaderos artífices del desaguisado, los magnates que dirigen los mercados, a los que ahora les interesa que caiga otro país europeo para hacer caja con el rescate que llegue y con la deuda que nos quede por pagar a nosotros, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Los mequetrefes que prometían cambiar las cosas cuando se veían a las puertas del poder, ahora no paran de desdecirse, de negar que decían Diego donde dijeron digo, porque en el fondo no sabían ni lo que decían, tal era la ceguera que les empujaba a coger el Estado a toda costa para comenzar el reparto del (magro) botín entre los suyos.
Nos queda la esperanza de que haya un despertar general y mantenido que provoque un cambio de raíz en esta democracia enferma y corrompida hasta en lo más alto de sus instituciones. Nos queda la esperanza de que no queramos acabar creando una garduña nacional de trileros y chorizos presuntamente corrompidos, la esperanza digo de que somos gente aguerrida, que sale a la calle a defender sus derechos frente a aquellos que están aniquilando un Estado que ha costado muchos sudores, dolor y muertos levantar en contra de tantas dictaduras que, si en un tiempo fueron evidentes y tangibles, hoy se difuminan y esconden tras la palabra mercado y las muchas máscaras que la encubren.

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