Su salvación no tiene gracia


Afirma J. Satori en un arrebato teológico-sociológico:
El mundo está al revés. Mantener la cordura se está convirtiendo en un acto de heroismo y de fe. Sólo nos salvará el buen humor. Tal vez sea esto, el buen humor que le echamos, lo que ccropped-imgp4386.jpgonfunde a griegos, portugueses e irlandeses. Cada uno ha tomado una actitud ante la crisis. Nosotros hemos elegido volver a la familia (que levante la mano quien no ha echado la mano de ella estas vacaciones para poder salir de casa), tirar de amigos y desconfiar a rabiar de todo lo que venga del poder y sus alrededores. Ellos ya son una casta alejada del pueblo. Ellos están blindados y nosotros no. A ellos no les embargan ni sueldos ni casas ni coches. Ellos siguen viajando y, al margen del color de sus siglas, pasaron hace años a ser parte de esa jet-set que en lugar de empobrecerse con la crisis está comprando a mansalva todo lo que se ha quedado a precio de saldo.
Y si todos estos paises católico-ortodoxos de tradición nos miran con una mezcla de envidia, desdén y sorpresa, no digamos ya los teutones luterano-capitalistas del norte. Ellos no entienden (lo llevan inscrito a fuego en su ADN espirtual) que la salvación del alma no se compra a base de esfuerzos. Desde Lutero están matándose a currar no por el bien de todos (lo cual sería plausible) sino por lograr puntos en el libro celestial de la salvación. Ellos compran su salvación, los del sur, los que ellos llaman los PIGS en este mundo, disfrutamos de la creación como ese regalo que recibimos y que hay que devolver mejorado tras pasar por él, siendo felices y haciendo felices al resto.
Si le añades a la mentalidad calvinista un paseito por el comunismo (caso de Merkel) quedan claras las razones del ‘austericidio’ al que quieren condenarnos. Dios/Estado debe castigar a los malos para que se reformen y empiecen a trabajar para ganarse la salvación (espiritual o material en forma de subsidios). Nada de regalar nada. El Estado (como ese Dios al que le rezan ordenada y regularmente) no puede mantener a ‘holgazanes’.
Hay españoles que se empiezan a avergonzar de ser españoles cuando van al extranjero. Se meten en el papel del patito feo: son cisnes a los que les convencen de que lo suyo era caca-malo. Hasta que despierten y dejen de creerse que la fórmula vivir-para-trabajar no les garantiza nada, más allá de una jubilación que, bien podría ser, no lleguen siquiera a cobrar. Y, de por medio, no habrán ni tan siquiera hablado con su vecino de bloque, que a lo mejor era español, y se sentía humillado por serlo, y además era emigrante, y no tenía con quien hablar, y ya ni rezar le servía, y no quiso volver a su España querida porque era mala-malísima y, además, llamó desesperado varias veces a la puerta de su vecino pero éste, asustado, no quiso abrirle, por miedo al prójimo y su contagio de estas ideas de ‘holgazanes’ que, sin embargo, están salvando muchas vidas por el sur adonde, paradójicamente, los del norte vienen a disfrutar de la vida cuando están al borde del colapso nervioso en su mundo gris donde todo funciona pero es soso, sin gracia, sin posible salvación más allá de esa pensión por la que vendieron su alma.

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Costas enladrilladas


Devorando costas. Y luego nos quejamos de que el turismo se vaya a Marruecos o Túnez. Una pena que en los tiempos de la bonanza nadie se atrieviera a llevar la contraria.
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Ahora tenemos unas playas alfombradas de ladrillo, sin un hueco para disfrutar de las vistas sin hormigón y con los turistas añorando aquel paraíso que era España. Las cosas se vpodían hacer mal y las hicimos aún peor. Y ahora sólo nos quedan riquísimos ladrillos para dar de comer a tanta gente que abarrota los comedores sociales (niños desnutridos incluidos). Mientras tanto, ZP en el Consejo de Estado; Aznarín cobrando en algún consejo de administración y el de ahora, voceando que estamos mejor que queremos, que esto ya marcha, que estamos que nos salimos. Y nadie hace nada. Bueno, si, alguna jueza con un par o algún juez que se juega el cuello. Pero, por lo demás, aquí pan y circo (perdón, hambre y fútbol). Y hasta nuevo aviso.

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