La felicidad clandestina


LA

vía La felicidad clandestina.

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Lo real es lo primero


Leí ayer otro capítulo del libro ‘Biografía del silencio’ de Pablo D’Ors, un libro que a estas alturas no hace falta ya recomendar, porque va por la sexta edición con la garantía de Siruela y está en boca de todos.

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Digo leí ayer. Un ayer indeterminado, pues seguiré leyendo y releyendo este libro una larga temporada. Porque me habla desde la propia tradición -la católica-, de un territorio lejano -la meditación budista del zen japonés-, con un lenguaje claro y sin alambiques. Y quien lo hace es un escritor, y de los buenos, que además es cura (toma ya) y no pretende evangelizar sino todo lo más compartir las dificultades y hallazgos de un camino tan personal como el de cualquiera que se tome la molestia de profundizar en sus adentros.
Libros así son de los que hacen falta. Son libros brújula, textos-faro necesarios para orientarse entre la espesura de esta larga noche de la esperanza que nos ha tocado vivir a todos.

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Un libro real para hacernos más reales con su lectura. Porque después de tantas ilusiones y frustraciones y quimeras y golpes, y en mitad de este desencanto que nos gobierna, queda la realidad tozuda como punto de llegada o de partida. La cruz que unos dias pesa más y otros menos, pero q siempre se parece a sí misma. Porque la verdad ya la sabíamos, pero a ver quién es el guapo q se enfrentaba a ella.

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Claro que ya lo decía otro Pablo, Milanés: “de qué me sirve la verdad si no tengo un canto hermoso”.
Con cantores así da hasta ganas de confrontarse con el espejo interior y quitarle el vaho de los sueños que siempre lo empaña de deseo. Para vernos reflejados tal cual somos, mitad ángeles mitad demonios. Humanos. Tan fieramente humanos como para atrevernos, a pesar de todo, hasta a tener el coraje de querer ser felices, llorando, pero felices al cabo.

C de R.

Fluir como el mar


Meditar, observar el flujo constante de conceptos, imágenes, ideas como una película que no es más que tu propia vida. Respirar profundo, amplio, llenando todas las cavidades del pulmón hasta esos lugares que sólo cuandoReflejo de Oporto en una ventana bostezas pretendes llenar para quedarte nada más que donde estás.
Estar y ser donde estás. Descubrir que la vida es un fluir contínuo, que lo que consideras permanente no es más que un conjunto de átomos temporalmente vinculados entre si para conformar un buen número de células que son tejidos, huesos, carne, labios, ojos… Eso que llamas tú mismo y que no es más que un acuerdo temporal de unidad que pronto pasará y volverá al mundo de donde vienes y al que, irremediablemente, tienes que volver. Así el mar es un conjunto de gotas que son más que gotas al fundirse para ser el mar.

La felicidad clandestina


Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina dijo mi adorada diva literaria Clarice Lispector. Esta frase, que además es el título de un relato magistral de la autora y también de uno de sus mejores libros es la que he tomado de prestado como título de la nueva etapa que comienzo. La ‘Felicidad clandestina’. Así quiero que sea todo lo que está por venir. Porque los tiempos no están para ir de feliz por la vida, pero se puede ser feliz, claro que sí. A pesar de tantas sombras que quieren amargarnos la vida. Es más, hay que ser felices.
Pero cada cual a su manera. Clandestinamente o a voces, pero felices.
Es para lo que hemos nacido: para buscar instantes en nuestra vida en los que rozamos la felicidad. Instalarse en ella, buff, eso ya es para nota, para los que han alcanzado el nirvana, el paraíso en vida y van de satori en satori como quien corre por el aire saltando de mariposa en mariposa. No es mi caso, claro. Pero algo si que he catado ya de esta felicidad. Y ahí quiero seguir por lo que me quede. O por lo menos intentarlo.
Vivir el día a día, por lo menos, con algunos instantes de felicidad. Con eso basta. Así que ánimo, intentadlo también vosotros. Hala, a ser felices. Y a contarlo, a escribrirlo, o a compartirlo, claro.