Mujer en la alacena


Ahora todo está en silencio pero hace unas horas ella estaba ahí, clara, diáfana, colocando alimentos en la cocina.
No quiso que yo la ayudara. Es su territorio y yo, intruso falócrata patriarcal y extraño en sus dominios, no debía molestar su orden propio. La luz se tornó un punto aún más alto para nevar la luz desde más arriba.
Esbelta ella, serena ella, en paz y tan ella… me detuve a observarla, excrutando cada movimiento, pausado y certero. Las galletas aquí, para ti, para ti mi amor, decía o pensaba, ya ni sé….  tu azúcar, tu café, ah, tu café, ah tu leche para las noches, tus patatas para mañana…
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Al alzarse sobre las puntas de las bailarinas, su cuerpo se hizo más esbelto aún; su melena caía sobre la espalda, caoba y oro, ondulada, libre. Hay placeres clandestinos y solitarios, intransferibles. Y contemplarla desde el balcón, fumando yo mi cigarrillo, meditabundo, con ese regusto profundo del que puede mirar furtivo sin que nadie advierta que estoy mirando.
Impagable fue uno de ellos.
Fue un premio a la constancia de querer ser feliz a pesar de todo y contra todos esos virus que quieren infectar la flor de mi alegría; fue un pago a la perseverancia en un amor amigo que creí que no tendría más que compañía, sin momentos así, instantes de nieve, tan lentos como el caer de un copo sobre el manto blanco que cubrió mi vida cuando era invierno. Pero, la primavera está acabando de colocar las cosas en su sitio, en la alacena.