Puente cultural


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Centro Pompidou de Málaga. Fuente: wikipedia.

En pleno Corpus me escapé a ver el mar y, de paso, pasearme el flamante Centro Pompidou de Málaga, experiencia marinero-cultural más que recomendable que te invita a pensarte ese pretendido ‘robo’ de la capitalidad cultural que, dicen algunos, nos ha hecho Málaga.
No todos los días puede uno disfrutar de originales de Picasso o Chagal. Tampoco de arquitecturas al buen gusto como la de ese alarde francés en pleno puerto. Chapeau. A hora y media de Granada nada el París más cool. Y a un paso el Picasso y el Thyssen o el arte ruso de San Petersburgo. Todo un espejismo cultural concentrado en una Málaga que, astuta, ha hecho de su carencia virtud, cogiendo de prestado, a golpe de talonario, el arte con solera que no tuvo. Ingenio no les falta, ni un poco de descaro, porque ese modelo cultural hace aguas en cuanto escarbas un poco y ves que no pasa de ser un menú degustación del gran arte de las ciudades a las que pretende emular.
Muchas prisas en Málaga, no más de 15 años, para ganarse el título de capital cultural que, más allá de los folletos turísticos, sigue sin serlo. Con tiempo, constancia y centros culturales que han abierto nuevos (CACMA, Ollerías o privados) tal vez hagan la labor verdadera que supone generar cultura. Lo cultural no se improvisa. Nace de la fuerza y la pujanza de la creatividad individual y grupal, con centros de formación que permitan profundizar en las artes y el apoyo social que lo valore y lo compre. Pueden crearse mastodontes huecos, promover de arriba a abajo el arte contemporáneo, pero la cultura enraizada surge en dirección contraria, está claro.
La adormilada Granada cultural tiene tiempo de remontar el adelantón que le han dado desde Málaga. Y hasta de plantearse si no sería estupendo aprovechar la cercanía para crear ese puente necesario entre ambas ciudades; una, sobrecargada de pasado, poesía y patrimonio; otra, de la  modernidad que se nos escapa y que allí están loquitos por alcanzar. La competencia es buena y lo cultural, ya se ve, también es rentable. Hagamos caja juntos.
Entre lo antiguo y lo nuevo de ambas ciudades, hermanadas en el ostracismo por la orgullosa Sevilla, puede que bajarse a la playa o subirse a la sierra se convierta en todo un festín cultural que todos vamos a celebrar.

Capital del brío


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Foto: Javier Satori Grupo de jazz en el madrileño parque del Retiro

DE simposium literario en Madrid escuché comentarios, temerosos o eufóricos, sobre la era Carmena que se avecina. Granjas escuela en un golf sin señoritos; huertos ecológicos en Serrano o Princesa; comedores sociales en cada esquina… Pareciera que a la antigua capital de los orcos mangantes hubiera llegado una caterva de hobits morados de felicidad, armados de futuro para transformar a los chulapos en agricultores. Escéptico, pensé: “Veremos en qué queda esto”.
En la Gran Vía madrileña no veía yo por la labor de cambiar a las clientas de las boutiques, de los clubes privados o de los hotelazos que abundan en la zona. El dinero -‘er taco’ que dirían los Morancos-, lo tienen las mismas dinastías de apellidos centenarios. Y el capital es el muro con que se topan todos los descamisados ungidos de ideología, de Garibaldi a El Ché. Hasta estos grandes hombres se sentaron a negociar con los amos o con el exilio.
Por eso, presto más oídos al discurso humilde-tecnócrata-anaranjado. Terrenal pero con recorrido. Cuentan de partida con que el capital que mueve las marionetas de este teatro, si ve peligro, ya tiene lista su mansión en algún paraíso fiscal. El poder político puede patalear lo que quiera, los reporteros de sus periódicos pueden hacerles reportajes pero, a la larga, son ellos los que eligen la realidad futura.

Toda revolución nace de una crisis. Se gesta en los estómagos vacíos, pasa por el corazón y se articula en ideas de cómo tomar la Bastilla. Así las cosas, se ve que esta última revolución morada nace de estómagos solo medio vacíos, los de la revuelta de Sol, que alumbró en aquel Parlamento gris un arco iris de lo más lindo.
Madrid inyecta brío a los provincianos. Madrid tiene nueva energía. Puestos a creer en cambios, sugerir a la órbita Podemos que se limpien de moralinas con tufillo casi monjil. Y también de arrogancia. Es el lastre que rebajó a Pablo Iglesias de potencial político de fuste a la veleta que es hoy. Ya puestos a pedir, algo más: que se limpien de prejuicios. Tal vez, esa señora que sale de la tienda de Prada, no sea señora-de-nadie, sino una honesta trabajadora. Deben cambiar las mentes, ese lugar donde dejar libre a cada cual para hacer lo que le venga en gana, en Madrid o, incluso, en Granada.