Siempre el escritor empieza


Quiero ser siempre el escritor que empieza. A vivir, a sentir, a decir. Ni sagrado ni consagrado ni destronado. Quiero ser siempre ese corazón que empieza a palpitar tinta, como el que habla por vez primera, como el que despierta a la voz después de años mudo. tourism_technologyQuiero ser, especialmente ser, alumno de la vida, abierto a ella, con el corazón en la mano, la mente palpitante, el corazón pensativo. Quiero ser, sobre todas las cosas, un cazador de las letras aún por escribir y desear siempre rozar el aire con las palabras, esas traidoras, que si un día apresan el aire entonces lo asfixian. Quiero ser, por encima de todas las cosas ….

Abrazar, dejarse abrazar y volver a abrazar. Permitir, entender, tolerar. Amar. Amar todas las formas de lo vivo. Y ponerlas por escrito. Para que su paso por este mundo perdure en algún lugar. Apresar la vida que se escapa en unos cuantos sujetos, verbos, predicados. No predicar, no.IMGP0219 Compartir. No razonar, no, sentir y dar ese sentir al viento para que esparza las palabras por donde quiera para que las palabras lleguen hasta algún lugar donde algún sediento de palabras pueda beber.., palabras.

Querer, quererse y después querer. Amar aunque sólo sea al amor, pero amar al fin.  Y escribirlo. Dejar que fluyan las palabras solas. No forzar. Dejar que la voz brote como un murmullo de agua que lagrimea en el arroyo primero. Esas, esas, las primeras palabras, ah, las primeras. Las que buscan el poeta y el niño. Las que olvidó el hombre falsamente, pretenciosamente adulto. Las que necesitan el solitario y el perdido. Borbollar con ellas, sentirlas, disfrutarlas, quererlas, lavarlas en un mar de lágrimas y volverlas a lanzar al río de la vida para que se pierdan que ya volverán manchadas de mundo y de tiempo como el salmón remonta hasta morir en el arroyo primero sediento de vida nueva que dar al morir.

Ser recipiente, cuenco, vasija, nunca megáfono, nunca vocero. Esperar. Aguantar el tiempo y perseverar en la espera. Las palabras necesarias llegan cuando han de llegar. Ellas son las que ordenan. Y uno obedece.
Las aguarda como un sereno en la noche. Preparado siempre para abrirles la puerta porque vuelven perdidas a casa para tomar el aliento necesario como para volverse a ir trabajar un nuevo día.

Nacer de nuevo al decir. Quitarse una piel tras otra con cada escrito. Quemarse vivo al decir lo que hacía falta decir y basta.

No cejar en el empeño. No pensar que “ya he llegado”. Nunca has llegado salvo cuando IMGP0158estás en el ataúd bien abrigadito y tranquilito y sereno pero,
también, bien muerto.

No ceder al desaliento mientras que haya aliento.
Querer nombrar lo innombrable. Tú puedes porque tienes el mundo entero para expresarlo con tu forma de sentir que es tu forma de decir que es tu forma de escribir.

Y dejar de lado las academias y sus pandemias, esa enferma tan seria. Allí van las palabras a morir. Son el cajón de pino de las palabras, la noche oscura del verbo divino que vibra en otro lugar más cercano a las estrellas donde estarás tú cada noche esperando a recoger el rastro que dejó un cometa para convertirlo en palabra escrita como sólo tú la sabes escribir.

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Me gusta


Me gustan…
Los zapatos de piel, suela de cuero y cordones; las cometas (si supiera volarlas). Las nubes del atardecer rosado con pintitas rojas y violetas. Que me enseñen a mirar los colores. La luna cuando está llena. Un árbol, cualquier árbol. Los jubilados viendo el fútbol o cuando están en el parque jugando a los bolos, o verlos liar su picadura selecta.

También…
Los moluscos (hermitaños, quisquillas y pequeños cangrejos) que corren entre las rocas cuando las bajamares. Una tarde lluviosa y el puerto. Los madrugones en las lonjas de pescado.
Y una tarde junto a mi madre, sin nada que hacer más que escuchar sus relatos de la tía que se volvió loca porque la dejó su marido o la retahíla de sagas familiares que sólo ella se sabe.
Y el comienzo de las tormentas, la mitad de los truenos, ver (que los he visto) algún rayo,… y mejor si es bajo/con un pararrayos. Después de la tormenta, los ojos puestos en la gota que cae silenciosa de la punta de una hoja.

Me gusta…
La gente que no tiene porqués y si muchos qué, y pocos cómo, y ningún dónde, y sabe adónde, o mejor en dónde, y no te pregunta más que qué quieres hacer esta tarde.

Y otras menudencias:
La música de Casablanca, la mecedora que le pinté de rojo pasión literatura, las estanterías de ladrillos y tablas, los vaqueros gastados, Billie Holliday, el Ché, la vida de Mikos Katzantakis, las tortuosas vidas de los santos.

Lo kitch. Lo zen. La verdad de lo cristiano. Algunas mezclas cacofónicas de estilos arquitectónicas que todos los entendidos dicen que son horteradas.
Las españoladas de Alfredo Landa.
Las pelis japonesas si estoy de humor y con paciencia del santo Job. O Ciudadano Kane o el mejor Almodóvar.

Y sobreporencima de todo:
Cenar tortilla francesa y comer a deshora. Sus pechugas con besamel. Correr descalzo. No mirar nunca la hora. Saber que está y con esa certeza soportar el tiempo que nos separa.

Ponerle de comer a mi gata, contarle cosas, mirarla durante un cuarto de hora sentado en el suelo, la gata y yo, y la vida en ella y en mí, y ella, (Ella, Ella) pintando arriba el mundo en un espacio de 90 metros cuadrados dividido en unas cuantas plantas.

La cara de mi amigo cuando ha vencido su batalla.

El arranque de un buen texto. La melodía del texto deshaciéndose entre malvas. El final del texto si salió de un tirón.

El sonido al partir el tren.

Los cementerios vacíos. Los monumentos cerrados. Las iglesias donde ni Dios quiere ya escuchar a Dios y sin embargo allí Él me con sus silencios me habla.

Pelarme. Las marujas haciéndose las mechas.

Quitarle el papel a las magdalenas. Hacer café, Tomármelo a la hora de servido, frío y con mucho azúcar.
Pelearme con los clavos y, sin embargo, clavarlos.

Leerme enteritos los prospectos de las medicinas, saber de vinos, leer en el water, escuchar el zumbido de la noche cuando todo se calla.

Tomar el sol desnudo,… si estoy con amigos. Mirar a los niños jugar desnudos en la arena. Sentir mi cuerpo mojarse entero cuando me baño en un río.

Escribir sin consignas. Seguir escribiendo a pesar de las consignas. Rebasar la propuesta y entonces, subirme al pincel y dibujar mundos sobre el folio, en el hueco que dejan las palabras.

Algunos, pocos, libros.

Comprar el periódico y hacerle el desayuno y tomarlo en la terraza.

Tocar las plantas y regarlas.

Ver los rayos de sol entrar por la ventana y la gata buscando el sol…

Montar en bici, con sol, lluvia, con frío o con calor, y saludar a algún amigo, que me sonrían cómplices los niños.

Escupir por la calle, hacer rabiar a los gatos, huir de los perros, mirar la Alhambra de noche cogido de su mano, y así cogido, venga lo que venga ya todo me gusta, porque su mano me abriga el corazón y eso es dulce y me calma.

Verla sonreír, de día o de noche. Verla recién levantada, recién duchada, recién pintada, también cuando se arregla por las noches (reflejada en un espejo y pintándose los labios, rizándose las pestañas, con la pícara ilusión de la primera cita que no tuvimos).

Y, a veces, secar sus lágrimas.