El dios audiencia


Mira tú que me gustaba el programa de Buenafuente. Le veía garra, chispa y mucho desenfado, manteniendo (a diferencia de la escuela de telebasura que fue Crónicas Marcianas) un equilibrio entre el show y los límites del buen gusto. Pero la necesidad de subir el umbral del impacto que impone el género televisivo empieza a minar las bases del mejor (hasta hace poco) de los programas nocturnos de las seis cadenas generalistas.
Lo del follonero también me gustó al principio, como la sección ‘Bertovisión’. Pero se ve que a los colaboradores del programa (como ya le sucedió a Sardá) les tienta tanto el bellocino de oro como a los genios que les dieron su primera oportunidad. Así, El follonero, quiso probar suerte por su cuenta y primero se lanzó a volar con ‘Salvados por la campaña’ y luego con el bodrio de ‘Salvados por la Iglesia’. El primero tuvo su interés en una campaña electoral predecible, aburrida y sin más aliciente que el compadreo del presidente ZP con los de la Sexta. Pero el segundo, que pretende reirse de la Iglesia (en el fondo y en la forma, así, sin más motivo) ha desbarrado. El programa pone de acuerdo no ya a los católicos (poco acostumbrados como estaban, después de medio siglo de omnipotencia, a esta persecución estilo circo romano) sino, incluso, a personas laicas y hasta ateas pero tolerantes, respetuosos con las creencias ajenas o con el simple sentido común para que, como es mi caso, tanto nos de si alguien lleva turbante, baila de naranja por las calles, de azafrán o rojo tibetano o luce hábito benedictino, siempre que cumplan con los mínimos de convivencia.
Este laicismo agresivo e intolerante del que hace gala El Follonero-capón no me hace gracia (se aprovecha de la buena de fe de los que le facilitan el trabajo y además le sirven de monigotes/comparsas para unas bromas escritas previamente por un guionista de la escuela de El Jueves). Está arrimando a BFN a aquello que vino a combatir, es decir, la reducción a caricatura de todo lo que se toca, modalidad de desinformación que hizo millonario al hoy arrepentido y en permanente viaje Javier Sardá.
Ponerte con ‘cagaleras’ en el Vaticano y contarlo ante la cámara me recuerda a aquellos tiempos en los que Boris Izaguirre inventó el género de ‘bájate los pantalones que baja la audiencia’. La pretendida valentía de El Follonero –como ha dicho ya algún columnista de la competencia– no le da, por ejemplo, para presentarse a hacer bromas en el despacho del director general de cervezas San Miguel o Heineken. Él come de la publicidad, que es la verdadera religión de las televisiones. Tampoco se atreve a sacar a Mahomas para ridiculizarlos, porque con esos otros creyentes las bromas se pagan con fatwas que le supondrían vivir el resto de su vida a lo Salman Rushdie. Se va a lo fácil: a hacer chistes de curas con los curas, cosa muy socorrida para un poco rancia. Si bromeara con los que rezan dando con la frente en el suelo y mirando a La Meca, le tacharían de xenófobo y racista.
Este personajillo encarna cierta forma de progresía añeja que sigue luchando contra sus demonios interiores mientras que la realidad avanza, olvidándose de aquellos dogmas de la Iglesia que, si no crees en ella, para nada te afectan.
A este segundón de Buenafuente habría que buscarle el dios al que le reza. Su dios, conjeturo, sería el de las audiencias. Busca este tipo una parte del botín de BFN, mientras que BFN (con las tablas y la riqueza ya atesorada) le mira perdonándole la vida, levantando una ceja, y utilizándole a él también (él cerebro de todo es BFN) para seguir consiguiendo pelotazos mediáticos con los que hacer caja a base de SMS. Sus bromas nacen de una izquierda que, con el estómago así de lleno, se está olvidando de que el mercantilismo era el patrimonio exclusivo de la más rancia derecha.
Es una pena que te defraude un comunicador como éste. Se ha convertido a esa religión que establece los límites morales según las fluctuaciones de la cuenta. Que conmigo no cuente, que yo también soy audiencia.

O gordos o muertos de hambre


El telediario de La 2 no tiene desperdicio. Como no lo ve casi nadie, les dejan decir más de lo que deberían de cada tema, en un tono menos encorsetado que en otras cadenas que sí viven de las audiencias. Además de su inteligente presentadora, tienen a Carlos del Amor, con sus noticias culturales de micro-arte informativo. Muy recomendable este noticiero libérrimo en el que pude ver una noticia de las que te dejan sin palabras. Las imágenes hablaban solas: empezó la noticia con un gordo (perdón, un hombre obeso, ya me entienden, con gordura por sobrepeso) que se merendaba un helado goteante mientras, casi sin poder meter todos sus michelines en la cabina de la gran ciudad, intentaba hacer una llamada con la mano pringada de azúcares. La cifra ofrecida era difícil de creer: existen 1.000 millones de gordos(-as) en una parte del mundo. A renglón seguido, otras imágenes hirientes: niños de Nigeria (el país más pobre de la tierra) tambaleándose de hambre intentaban andar. Los huesos se les traslucían a través de la piel. Las madres les miraban con ojos más de resignación que de tristeza por tanta muerte inocente de cada día. Una médico de Médicos sin Fronteras atiende a 70.000 niños en esa zona por desnutrición severa. Denunciaba la negativa a seguir fabricando en los paises desarrollados una papilla hipervitamínica especial para combatir estos casos, lo que suponía la muerte segura de uno de cada cinco niños nacidos en la zona (y en África entera).
Yo estaba cenándome una lasaña recién hecha al microondas y se me quitó el hambre. Hay mucho que callar ante esta visión dicotómica de la realidad global. África se muere. Sus campos, asolados por las plagas de langosta, desertizados por la falta de agua. Las mujeres, víctimas de violaciones sistemáticas sufren la venganza de etnias diferentes a las que pertenecen (las guerras, aparentemente entre estados, allí siguen siendo tribales, y salvajes). Niños soldado en tratamiento psicológico por los horrores cometidos cuando les dieron un fusil y un machete en Liberia o Somalia. Creyeron que mutilar y cortar cabezas era una cosa buena. Y, si me apuran, hasta segregación racial, curiosamente de la mano de los que un día fueron segregados en Sudáfrica (los negros víctimas del apartheid repiten lo que les hicieron con los emigrantes de Angola o Mozambique, con razzias sistemáticas barrio por barrio en busca de ‘los otros negros’ por tener la tez más  negra. África o se muere o se mata, y nosotros en tanto comiendo helados y con exceso de barriga.
Después de estas imágenes lacerantes en La 2, aparecen los jerarcas de cincuenta países desarrollados reunidos por la FAO. Discursos y reuniones, debates y ponencias entre gente saludable y algo gordita. De soltar dinero hablaron poco aunque saben que los excedentes de trigo, leche o mantequilla de Europa es más rentable que se destruyan que enviarlos adonde hacen falta. Todos aquellos discursos sonaban, visto lo visto, a un grupo de boy scouts que canta el ‘Viva la gente’ en mitad de un campo de refugiados lleno de tullidos.
Los que visitan estos países curan su autocomplacencia cuando ven a la gente muriéndose por las calles, desde el coche con las ventanas subidas y el aire acondicionado a tope. Ya no miran hacia otro lado y empiezan a cuestionar cosas como que la Junta Militar que asola Myanmar (Birmania) siga impune. Entienden que la ONU si sirve para algo es para mantener a los burócratas entretenidos. Comprueban que aquí morimos de gordos y allí de hambre y encima les hablamos de ecologismo a los negritos para que no se papeen sus elefantes. Parece broma. Pero ellos no se ríen. Se limitan a mirar a la cámara con ojos fríos.

Soñar en Casa de Porras


Recordé el lunes pasado, durante una inauguración llena de autoridades y algunos discursos, la primera vez que subí, allá por el año 1995, la Cuesta de San Gregorio en busca de un centro de Cultura y arte que, según decía el periódico, tenía la Universidad de Granada en aquella zona del Albaicín bajo. Me costó encontrarla, pero cuando llegué ante su imponente entrada renacentista presentí que había localizado un espacio que sería definitivo en mi vida.
Tenía ganas de hacer cosas y allí, en la Casa de Porras, encontré un sitio original, diferente, en el que te proponían dar cauce a tus in quietudes. Di con un taller literario, que llamamos La Caterva, en el que las ganas de escribir y leer y compartir lo que se sentía dominaban sobre cualquier otro criterio. El director de aquel hervide ro de artistas que venían de México, de Colombia, de Italia, de Andalucía o Granada no era otro que Juan Gonzalo Lerma, Juango para todos. Dirigía aquello con una mez cla de tolerancia y claridad de ideas. Era un alumno ocupando un cargo importante, con un caserón del siglo XVI que gobernar, en el que trabajaban el colectivo Nautilus (llevado por el dandy Jandro), Lluvia Huys (un grabador marbellí que ya despunta) y un montón de gente de Bellas Artes, del Albaicín artista o de Filosofía. Un es pacio difícil de gobernar pero que se convirtió, en poco tiempo, en el foco de creatividad que Granada requería. Allí se respiraba un aire distinto. La mezcla de gentes componía un variopinto paisanaje con vocación y gusto artístico. Para los que teníamos anemia de libertad fue un hospital en el que sanar y alzar el vuelo, ya distintos.
Recordé este lunes de 2008, mientras paseaba por sus salas re novadas, que allí encontré, 13 años atrás, las fuerzas y el coraje para lanzarme a vivir unos cuantos sueños. El encuentro con otros soñadores reforzó mis ganas. También encontré entre aquellas paredes un gran amor de esos que no pudieron ser en vida.
Ha pasado el tiempo, por mi y por el Centro Cultural que me dio cobijo cuando arrancaba. Ahora doy yo mismo clases de creación lite raria en ese lugar. Los alumnos que voy conociendo tienen el mismo deseo de volar que yo abrigué un día, cuando aún escribir era en mí sólo un tallo que comenzaba a sacar cabeza. Cuando leo los relatos que escriben entiendo qué necesario es poder verbalizar los sueños, o pintarlos, o bailarlos o experimentar con ellos. Y que alguien te diga “vale, está bien, puedes seguir tu vuelo”.
En la salita que fue en los 90 el punto de reunión de mi grupo li terario, allí donde conspirábamos contra el feroz mundo, con música de Manu Chao de fondo y el fil me ‘El lado oscuro del corazón’ de película de cabecera, hoy han colocado la internet, ese medio de tan libre acceso como lo fue la entrada a aquel grupo un tanto alocado que compusimos, como lo es apuntarse a los talleres que allí se imparten desde hace años, con estos profesores compañeros que supongo que creen conmigo que la cultura sirve para despertar al mundo, o al menos atenuar sus sinsa bores.
Vuelve a vivir la Casa de Porras, tras 14 años de supervivencia con miles de personas que allí aprendieron tango, pintura, literatura, teatro, cine, yoga, taichi y un montón de cosas que les hicieron más humanos. Un espacio que dio trabajo a decenas de profesores que animaban, sin imponer, sin academicismos ni censuras, a alentar el incipiente talento. Podemos preciarnos de que nues tra universidad tenga un rincón para humanizarnos, un lugar laboratorio de sueños, con su punto ácrata y rebelde, un centro clave en la memoria de muchos que, como yo, no olvidan que la vida le regaló unas alas para el corazón, en el corazón mismo de esta Granada.

La Tarasca de Tarascón


Ayer desfilaron en la Tarasca nada menos que los caballeros de Tarascón, elegantes y festivos con sus uniformes de gala, con su dragón y todo, más achaparrado y feo que el nuestro, pero como más relajado y cachondo en su embestir a diestro y siniestro dirigido por los curiosos caballeros franceses, nada que ver con nuestra caballería local, los maestrantes de Granada, a los que si un día pusieran acompañando a la Tarasca, crearían una extraña imagen, como desplazados de día y en el espíritu de la fiesta (salen el jueves custodiando el Corpus Christi, representación de la alegría interior mientras que la Tarasca del miércoles, a las 12, exalta la fiesta hacia afuera, el jolgorio ciudadano y mundano). La fiesta más alegre con lo más serio de las tradiciones, mezcla postmoderna nada al gusto local.
El acierto de traer a los caballeros (que, en su forma de desfilar eran más una peña o charanga francesa) radica en abrir la fiesta a otros mundos más amplios que éste en el que nos encierra la Granada concéntrica y centrípeta que – seguro que lo han oído decir–, ahoga o asfixia, según quien lo cuente. Fíjense si no en la feria cañí de Almanjáyar, un recinto de lona y chapa que nunca llegó a reclamo mundial, ni tan siquiera nacional, todo lo más provincial, si me apuran.

Veamos. Los caseteros hacen su fiesta para ellos y sin embargo año tras año se quejan, en actitud muy granaína. La fiesta es para sus socios, amigos y conocidos, que no para sus hijos, que cada día suben menos al ferial, porque les aburre o porque esa forma de divertirse les baja el ánimo y la líbido que, a estas alturas, si que se dispara en la discoteca o en el concierto nocturno. Eso de estar con los papás en la caseta corta el rollo, y el traje de gitana o de corto es un verdadero incordio ante la urgencia amatoria sobre el albero. La fiesta en el ferial no encuentra relevo generacional, salvo iniciativas aisladas, razón por la cual, en lugar de replantear la forma misma de irse de juerga, los caseteros (gente tradicional poco amiga de innovaciones) no se plantean reinventarse una feria a la que, si le quitas los compromisos sociales, se quedaría en un beber-comer-bailar-beber que tampoco es que sea para tirar cohetes.

Si santa Marta (la que recuerda nuestra Tarasca en su dulce cabalgar al brutal dragón que amedrentó Tarascón) hizo entrar en razón a la fiera, será porque el milagro sucedió en otras tierras, que aquí los dragones no se dejan domeñar, vocación irredenta del granaíno: tenga o no razón, tú no me vas a venir a dar lecciones, seas santa Marta o la mismísima santa Junta bendita, ese ente andaluz que en Granada trae reminiscencias de cuando las cosas había que irse a pedirlas, por favor y con humildad de labriego, a Madrid, capital que ahora es Sevilla. Vale que nos dan 30.000 puestos de trabajo (público) en la provincia, pero aquí no nos van a mandar, ni pollas. Que manden en Sevilla.

A las puertas de un Milenio por celebrar (que tenemos que agradecer al padre de la idea, el César Girón del exilio interior y exterior) cabría revisar nuestras tradiciones festeras. Porque la Cruz es una cruz que o aburre o arrasa la ciudad de la Alhambra; el Corpus decae; el Carnaval no arraiga; y los pasos de Semana Santa reiteran año tras esa idea extraña tan de aquí de que cuanto más te parezcas al año anterior, mejor que mejor.

Para muestra, un botón. La más granaína de todas la fiestas, la de la Toma, acabará hasta contratando a los ultras que vienen a jalearla. Más de quinientos años repitiendo lo mismo, y nada. Que a mí no me cambien la fiesta. Porque, aunque cambien los tiempos, el cambio no es para Granada. O si no, miren qué fea iba ayer la Tarasca.

Rebeldía ‘68/89’


Un aluvión de libros y artículos nos recuerdan que en este mismo mes florido que hace cuarenta años el mundo soñó con romper los moldes de la realidad. Nos lo recuerdan en la tele rebeldes sesentañeros como Daniel Cohn-Bendit, que hace una estupenda distinción entre lo que es una revolución propiamente dicha y lo que supone una rebelión de una muchachada ilusionada cuyos logros concretos y a corto plazo fueron nulos, aunque a largo plazo su rebeldía lanzando adoquines y pintando fachadas con eslóganes creativos supuso el cambio cultural que cimentó la nueva sociedad capitalista que hoy vivimos.
La rebelión del 68 fue muy estética, si, y soy de los que se apuntan a que aquel sueño aún sigue vivo, ese querer colorear el mundo ya que es tan difícil cambiarlo en sus cimientos milenarios. Eso sí, lo de nuestro país dice mucho: en España, por mucho que intenten hurgar en hemerotecas para localizar alguna revuelta minúscula, alguna reunión clandestina focalizada, nadie se enteró casi de que el mundo estaba cambiando. Aquí nos bastaba con ver en la tele ‘La gran familia’ y comprarnos el seiscientos para saciar nuestras ansias de libertad y autonomía. España era el Bután de hoy pero en medio de una Europa que se desperezaba. Y nosotros durmiendo la siesta. Pero las melenas si que se copiaron, y las barbas, los viquinis y las minifaldas. La píldora empezó a pasarse de contrabando por la frontera francesa en los bolsos más liberales, y los Beatles sonaban en los guateques ante la atenta mirada de los padres que se quedaban en casa “para que no pase nada” (cosa harto difícil con la represión sexual que sufrían las chicas de entonces).
Yo tenía tres años en aquel mayo glorioso y no recibí de aquel fuego más que los rescoldos de las brasas. Pero algo caté luego de aquel espíritu: viví como si fuera el Mayo mismo de mis sueños el otro mayo, el del 89, que en España se dejó sentir en las facultades con aquellas manifestaciones en contra de las reformas universitarias, cuando ya los grises vestían de marrón y cuando ‘El cojo mantecas’ rompía semáforos a la pata coja con su famosa muleta. No conseguimos tampoco gran cosa, como en el mayo del 68, pero mientras nosotros estábamos divirtiéndonos de manifestación–algarada por las calles de Granada, en Berlín caía el muro, o los checos se montaban la revolución de terciopelo y en la Polonia de Lech Walessa remataban el final de comunismo con vivas al Papa. Lloré cuando oía en la radio del coche que en la puerta de Brandemburgo una multitud se abrazaba después de cuarenta años de ser alemanes escindidos por alambradas. Era el viento de la libertad, esa que siempre es promesa de oxígeno nuevo y grandes palabras.
Sólo que pasados los años siente uno que el capitalismo, disfrazado de Google o de ecología barata, sigue teniendo los mismos cimientos (socializar pérdidas, privatizar ganancias) sin que ya nadie le tosa al capital, convertido como está en el fiel de toda balanza. Los pocos jipies que quedan van camino del asilo o del museo de las especies raras; algún punkie pugna aún por engominar mejor su punzante cresta que ya no protesta por nada, alcoholizados como están después de décadas de demostrar que su oferta de nihilismo a granel conducía a eso, a nada.
Al final concluye uno que la rebeldía aquella, tan sana, es más una cuestión del día a día, un no bajar la guardia frente al sutil mensaje diario de que este es el mejor de los mundos posibles, cuando lo imposible es lo único que merece la pena pedir, porque nos da la gana.

Cura de granadinismo


//www.carmalagaairport.com/images/malaga-culture/malaga-picasso-museum-1.jpg” porque contiene errores. Si convenimos con Pío Baroja en que enfermedades localistas como el carlismo se curan leyendo, o que el nacionalismo se cura viajando, cabe preguntarse ¿cómo se curará entonces el granadinismo victimista que asola estas tierras? Unos días de viaje por otros lares me han dado alguna clave.
Aunque sea comparando, diré que escuché en la vecina Málaga esta frase de boca de un gestor cultural muy realista: “Málaga conseguirá la capitalidad cultural para 2016 –aunque lo tengamos difícil frente a Córdoba–”. Me quedé con la frase un rato en la mente. Imágenes y recuerdos dispersos pasaron por mi mente para confirmar esta sentencia. Recordé una Málaga de la que tomé conciencia allá por los ochenta. Era aún una ciudad marinera y turística, una ciudad de antiguos pescadores a rebufo de la grandeza capitalina de la Andalucía Oriental: nosotros teníamos la Universidad a la que ellos mandaban a sus hijos para formarse; teníamos la Audiencia Territorial donde venían a resolverse los pleitos malagueños en segunda instancia; teníamos, además, la Sierra adonde los malagueños se venían para ser esquiadores. Aquella ciudad costera era un enclave costero al que Granada miraba por encima del hombro desde la altura de su Alhambra eterna, de su arquitectura señorial y antigua, desde su baluarte de foco de vida cultural frente a una ciudad que, a lo más, tuvo impresores de revistas (Litoral) a los que hasta visitó por amistad nuestro tótem cultural, es decir, Federico García Lorca (que fue de veraneo, ojo, como cualquier granadino de los de entonces).
Málaga era ciudad de turistas, ingleses primero y más tarde alemanes, finlandeses o italianos. Cosmopolita, sí, por un puerto en el que se quedaron a vivir los comerciantes que recalaban allí con sus mercaderías (los Gross, Crooke y, si me apuran, hasta los Picasso) llegando hoy a 250 apellidos extranjeros el ‘gotha’ de familias con arraigo histórico en la ciudad del paraíso de Aleixandre.
Pues bien: en aquel paraíso costero y dormido se pusieron las pilas ya por los 90. El filón era darle producto cultural a una Costa del Sol que ya estaba sepultada en cemento y turismo barato tipo Torremolinos. Su Universidad que arrancó –curiosamente– con un rector granadino (Antonio Gallego Morell) tiene ya un campus que es casi una ciudad en si mismo; la FNAC, industria cultural donde las haya, después de abrir tienda en Marbella, ya tiene casi lista otra en la capital costasoleña (en tiempos se le llamó la ciudad con “mil tabernas y ninguna librería”); el CACMA ofrece exposiciones de arte contemporáneo de fuste, conectados como están con el circuito nacional e internacional de grandes centros de arte. El Museo Picasso –gallina de los huevos de oro (el cochambroso barrio de la Judería es, casi entero, el flamante barrio ocupado por el nombre del genio)–; Tita anuncia la apertura de su museo Thyssen en unos años; el puerto está en vías de convertirse en un Maremagnum lúdico-cultural-comercial que bien podría hacer sombra al de Barcelona; en fin, que si por las noches miras hacia Gibralfaro con la Alcazaba malagueña iluminada, la ilusión de estar viendo una ‘alhambrita’ frente al puerto te asalta con todo su placer estético y marinero.
Aquella Málaga a la sombra de un granado nos está adelantando por la derecha, es un hecho cultural evidente. Si se convierte en capital cultural, es porque se lo han currado ellos solitos. Por su voluntad política de competir entre administraciones por crear dotaciones culturales de categoría. Y Granada, incurable de siglos, varada como su Alhambra, siempre idéntica y en el mismo sitio.

Rectificar (botellones) es de sabios


No sé si nuestro alcalde es dado a leer frases sabias. Supongo que como cualquier ciudadano presta oídos también a las voces que apelan al sentido común. Por eso esta rectificación a tiempo en la cuestión tan pediaguda de las Cruces hay que alabársela, porque no abunda entre el politiqueo al uso la capacidad de rectificar el rumbo y además hacerlo a tiempo.
De resultas de este golpe de timón, tendremos un puente de mayo con ‘Ley Seca’ en Granada. Quedan atrás aquellos tiempos en los que la ciudad quería promocionarse a los cuatro vientos como la capital de la libertad etílica del sur de Europa; queda ya en la memoria aquel basurero en el que se movía, en plena Plaza Nueva, la marabunta humana que tomó la ciudad copa en mano para rebozarse entre porquería y micciones por todas las esquinas; dejamos olvidadas aquellas batallas en las que el alcalde aún mantenía que aquello eran cuatro o cinco chavales con ganas de divertirse en libertad disparando el nivel de ingresos en los hospitales con comas etílicos de libro.
Se abre una nueva era: la de la diversión a la europea, es decir, que te puedes desparramar pero dentro de un orden. En Alemania (Munich por ejemplo) los bávaros se agarran unas cogorzas que dan susto pero, eso sí, sentados alrededor de una mesa en inmensas tabernas preparadas al efecto, con higiénicos servicios e insonorización perfecta.
Avanza Granada y su conciencia ciudadana. Y el alcalde al frente. Los que tenemos memoria de las Cruces originales (hablo de los años ochenta o noventa) sabemos que fue un tiempo en el que celebrar a lo grande, de cruz en cruz, el despertar de la naturaleza y de los sentidos que nos conectan al mundo. El letargo invernal nos dejaba adormecidos y, de repente, la ciudad se llenaba de color y algarabía. Lo de la cruz cristiana adornada de flores siempre fue una ironía, porque esa fiesta ni tiene carácter ni sentido cristiano tradicional. Es una celebración de las pasiones mundanas a las que invita la llegada de los calores, del recorte en la indumentaria y el comienzo de la alegría de los cuerpos exhibidos, ya más morenitos, a la luz de los ojos de todos.
La cosa había degenerado más todavía que los mismísimos programas de la prensa rosa-asquerosa que sufrimos. Tanto fue así que desde hace años huyo de la ciudad (como creo que harán muchos) cuando se acercan estas fechas. Pasear por las calles se había convertido en una suerte de excursión por una jungla en la que la amenaza de las tribus de zulúes había sido sustituida por los rebaños de borrachos (y borrachas, cuidado con el sexismo) que, a base de meterse calimocho, cubalibre en botella de dos litros y demás sustancias varias, te hacían temer por tu integridad moral y física. Y también te hacían perderte el paseíto por las cruces con los niños y los sobrinos.
Ya que las cosas se están arreglando, sólo quedaba que el alcalde se disculpase con Córdoba, porque desearle a cualquier ciudad un botellón como el que aquí hemos sufrido es como echarle el mal fario o hacer vudú interurbano. Córdoba –me alegro por ellos– no calló en la tentación de vender sus fiestas de Cruces y Patios como un reclamo para los borrachos de España entera. Ellos mantuvieron la cabeza en su sitio, los granadinos no. Porque si hubiéramos echado cuentas, seguro que se gastó la ciudad más en limpieza de lo que pudo ingresar por estancias en hoteles o gasto en los bares.
La vuelta a cierto orden, radical este año, dará paso seguro a tiempos mejores. Que lo celebren con un fino, con templaza sabia.