Maracena city


Maracena ya es ciudad, lo han decretado las cifras. 20.000 habitantes asciende a una población de categoría. Pero el cambio no es sólo de nombre. También afecta a la identidad, lo cual, por mucho que cambien las denominaciones, es una cuestión más de mentalidad que de cifras y voluntades políticas.
Que este pueblo tenía ya la condición de lo habíamos detectado desde que el Cerrillo de Maracena dejó de ser el páramo aquel donde nadie se atrevía a irse a pasear ni con un mastín tirando de la correa. Desde entonces, la ciudad de Granada no se supo muy bien si terminaba en donde lo dice el mapa o continuaba hasta adentrarse por los primeros barrios del pueblo colindante. En la arquitectura, eso sí, se nota el cambio y la frontera: pasas de las moles de edificios de ladrillo visto a los blancos muros de los primeras casitas del otrora pueblo. También el paisanaje cambia. Pasas de ver los coches metiéndose en las cocheras bajo las casas, de los nombres de calles con resonancias periodísticas, de las facultades (Bellas Artes, Informática) y el desenfadado aliño indumentario de los estudiantes, a los ‘vesinos’ de la ‘Marasena’ de siempre, esos que (cada vez menos) sacan las sillas a la puerta “conti que llegan los calore’”, al olor a comida y a los pitidos de olla a presión que todo lo impregna, o a las señoras con bata –alguna con rulos– que salen a comprar al Covirán de la esquina. La prolongación de la ciudad, ya digo, puede ser numérica, pero no estética, menos aún en los arraigados hábitos del lugar. Y el traspaso de la frontera dialectal te trae un aumento en el seseo y el ceceo.
Pero, eso sí: al llegar a la Maracena de siempre disminuye el índice de ‘mala follá’ por metro cuadrado, y aún te puedes encontrar cierto aire de espontánea charla en las calles. Aunque también las prisas han llegado allí, como las calles vacías de niños, el maldito estrés que todo lo devora, las parabólicas, los coches modelo quiero y no puedo, las pantallas de plasma compradas en el Media Markt, o los emigrantes de Marruecos, Bulgaria, Colombia, Argentina, Perú o Senegal. Una city aún pueblerina que se ha vuelto políglota sin quererlo, sin desearlo, sin siquiera pensarlo, por la fuerza de los números, del precio de los pisos y de las tasas municipales.
Me gusta que Maracena sea ya toda una ciudad. Pasaron los tiempos en que aquello era el gran suburbio de la señoritinga Granada, el pueblo donde iban a dormir los sirvientes de las casas de la capital, esa condición que está perdiendo Granada a base de ciudades dormitorio que le están creciendo por todo el cinturón. Lo malo es que estas urbes a un paso de la metrópoli están sin los servicios que les corresponden, víctimas del amor al ladrillo y al maletín que nubló las mentes de tantos que ahora tienen que echar el cierre después de dar pelotazos un día sí y otro también. Huétor Vega, Atarfe, Armilla o Churriana han sido arrancadas de su paz de pueblo para entrar, con boina y azada al hombro, en la modernidad salvaje de los botellones y la desconfianza hacia el vecino, del que no sabes más que los horarios que tiene para salir en coche hacia el trabajo. Sin metro (aún), ni una red fluida de autobuses, ni centros de ocio y cultura propios, sin cohesión social ante los desequilibrios económicos entre vecino y vecino, son territorios caldo de cultivo de la envidia y la frustración que acecha en cada esquina.
Maracena ya es ciudad con alma de pueblo. Que no la venda al diablo. Porque crecer, de verdad, no es ser otro, es ser más uno mismo. Ojalá.
Miércoles, 2 de abril de 2008. Opinión. Al pie de la Vela.. La Opinión de Granada

Hipocresía en el Himalaya


Reuter

Lo repito: si la política local, pequeña y doméstica, es hipócrita, no te cuento ya la que se hace a nivel internacional. Se vio con los monjes tiroteados en Birmania; se ve con los muros de cemento que van encerrando como ratas en una cajonera a los palestinos de la franja de Gaza (ahora quieren levantarles el muro, –los israelíes, quiénes si no– también en el único aliviadero que tenía a su mísera existencia, en la frontera con Egipto; luego vendrá el hambre y, si me apuras, las cámaras de gas). Mientras ocurren estas tropelías por aquí y por allí, los verdaderos actores de la política internacional (El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las petroleras y la OPEP) juegan al ajedrez con los humanitos que se destrozan entre ellos en Irak, en Congo o en donde sea. Y así, lo de que un centenar de monjes tibetanos mueran a tiros en las laderas del Himalaya, pues como que son ‘cosillas’ menores, que tampoco es para tanto, oyes, que no se hubieran puesto en medio de las ráfagas de ametralladora de los soldados chinos. Total, ¿a quién le importa el Tíbet aparte de a Richard Gere, Bono y cuatro o cinco ricos más?
Las potencias mundiales (Francia empieza ahora) amagan con boicoteos a los Juegos Olímpicos, pero son simples bravatas. La potencia mundial emergente, con un crecimiento anual del nueve por ciento, esta China del siglo XXI que amordaza a sus habitantes mientras compra talonario en mano empresas como IBM o lo que le plazca, va a mostrarse al mundo con orgullo amarillo, y todos los clientes actuales o potenciales de tan rico país le van a hacer la ola. Total, si se cargan todos los años a más de mil chinitos de un tiro en la nuca en los estadios de fútbol, los domingos, ante el pueblo que contempla la masacre como si de un espectáculo más se tratara; si aplastaron a aquellos valientes de Tiananmen con los tanques sin que nadie les rechistara; si, en fin, tienen invadido a un país que es reserva espiritual del mundo (en cristiano sería como si una nación invadiera El Vaticano y mandara al exilio a Benedicto XVI) ¿qué más nos da?
Los Derechos Humanos, como ocurre con la Cultura, son como los bailes regionales en los actos políticos. Si no se hacen, pues tanto da, mientras haya negocio y se puedan hacer contactos.
La conciencia del mundo está que no puede dormir con el tema del Tíbet. Pero se toma somníferos mientras flipa con los estadios gigantes que se están construyendo en Pekín. Mientras sean los mayores importadores de petróleo y paguen a tocateja, pues que hagan lo que les de la gana con sus chinitos, parece que piensan todos los estadistas amnésicos de estómago agradecido.
Y en eso que te da por pensar que existe un Dalai Lama que reparte bondad allí por donde va. Que estos tibetanos a los que China no les deja vivir tranquilos y en sus casas, dedican sus horas al rezo y la contemplación del mundo que hemos heredado de nuestros mayores. Parecía que el mundo se dirigía hacia la cordura, pero te salen los cuatro mil muertos que llevan los americanos en Irak (los iraquíes fallecidos o heridos ya ni se cuentan), o estas bestialidades contra gente indefensa en el Tíbet y te da por pensar si ni habría que hacer un boicot mundial ciudadano a los chinos (y a los americanos) y no ver los Juegos, y no comprar productos made in USA. Aunque sólo sea por demostrarles que los individuos que formamos este planeta decimos ¡basta ya!

Miércoles, 26 de marzo de 2008 La Opinión de Granada. Al pie de la Vela

Hipotecados en lucha


Aún es pronto para lanzar las campanas al vuelo, pero se ve un cambio en la actitud de los dóciles inquilinos que han (hemos) pagado de nuestros magros sueldos esos fastos, esas orgías de dinero en la que han vivido durante la última década unos cuantos fulanos que, ya lo televisan con el caso Gescartera, hasta tienen dinero guardado para pagar sus fianzas, sus trajes de paño y sus chaletazos en las afueras. “Se va a acabar”, podría ser el nuevo eslogan; “se va a acabar”, parecen corear los sufridos hipotecados de aquí y de allá, “se va a acabar, la dictadura inmoral”. Hasta el más pacifista y sumiso de los dóciles administrados reconocerá que hay veces, algunas veces, en que la rebeldía es necesaria. Claro que cuando siempre fuiste buen hijo, fiel esposo, padre responsable y decente pagador de tu IRPF te cuesta pensar en salirte del guión y luchar contra el abuso al que te someten con eso que han dado en llamar ‘burbuja inmobiliaria’, ante la que los poderes públicos (léase en nuestro caso, la Junta) no han hecho otra cosa más que mirar el expolio como si fueran jubilados frente a una obra: se recalificaban terrenos, se levantaban moles infumables que han tapizado de hierro, ladrillo y asfalto desde el almeriense Cabo de Gata hasta la frontera con Portugal (y si me apuras el Algarve) y ellos, los que tenían que vigilar (que para eso cobraban), pues de reunión o de guateque. La impunidad jurídica de esta omisión del deber de supervisión de la ilegalidad se estudiará en los libros de Historia, porque lo que es ahora, pues nada, “que tampoco fue para tanto”, oye, que al fin y al cabo estos son socialistas y dan trabajo (público) y van para largo, gracias a esa alternativa pepera encabezada por Arenas, que así les va.
La rebeldía está empezando por no pagar la hipoteca. Así, sin más. La mayoría será porque no pueden (ya se sabe que al tercer impago, desahucio). Pero ¿y qué más da? Si en un año han subido las hipotecas hasta 1.000 euros, si el sueldo sigue en el subsuelo y sin visos de cambiar, si la otra casita que se pensaba negociete ya no se vende ¿qué hacer? Pues ya está: volverse un poquito delincuente, que parece la única opción razonable a que está abocando este tener a un país entero endeudado hasta las cejas y sin más horizonte que no mirar atrás.
En Estados Unidos ya empezó la crisis con el impago masivo de los plazos; a Inglaterra llegó la marea y la gente se arremolina en las oficinas del Northren Rock, con el miedo en el rostro a que dentro de dos días no puedan pillar ni una libra. La economía globalizada ya sabemos que es un mar. Así que sentémonos a esperar cómo se desinflan los precios, cómo la gente saca a la venta sus casas para pillar por lo menos la mitad de la barbaridad que por ellas pagaron; esperemos, con paciencia, a ver a los nuevos ricos del pelotazo inmobiliario pidiendo en alguna esquina y llevémosles con paciencia las facturas de los colegios de nuestro hijos para que ellos entiendan de dónde surgía su opulencia. El eslogan sería algo así como “no pagues la hipoteca, ya verás, así caerán”. ¿Quiénes? Pues los bancos y todos los demás.
Porque algo hay que hacer. No veo más que torretas que construyen y construyen mientras que salen casas al mercado como si fueran setas. Y es que las inmobiliarias se han metido en la espiral de que si paran se desintegran. Pues que se arruinen, se puede pensar.
Carme Chacón ya ha dicho que nos lo va a solucionar. Así que tranquilos: Carme está en ello. Aunque no lo arreglaron ni el PP ni sus antecesoras, ella tiene la piedra (o el ladrillo) filosofal. Tranquilidad.

Al pie de la Vela. pg. 20 Opinión.
Miércoles, 19 de septiembre de 2007 La Opinión de Granada

Las lecciones de Serrat


De las muchas lecciones que nos ha dado Serrat a lo largo de su vida me quedo con la última y quizás más grande de todas. Será porque su niñez sigue jugando en la playa, como si el tiempo no pasara por él, como si su voz no se hubiera manchado de mundo como se ha enfangado el mar al que con tanto tino cantó, será por todo esto que Serrat tuvo el tiempo, la calma y la pausa para sentenciar en plena rueda de prensa del año pasado aquello que dijo cuando anunciaba lo de que le habían declarado un cáncer (del que ya se curó, gracias a Dios). Les dijo a los periodistas para que tomaran nota: “No es lo que te pasa, sino cómo te tomas lo que te pasa”. Así, sobre el papel, podría ser una frase de tantas, como de manual de autoayuda o de cabecera de rotativo
amarillista-sabiondo, pero él lo decía con el semblante a un tiempo grave y sereno, mirando de frente a lo que le estaba llegando, como quien mira a lo desconocido sin un pestañeo. Con valor. Y ese valor no se hace en un día. Es la valentía de toda una vida la que allí expresó.
Ahora que el geriátrico se ha trasladado a los escenarios y las UVI’s móviles esperan a las estrellas sexagenarias a pie del tajo; en estos tiempos extraños en que ves micrófono en mano a abuelos que cantan su rebeldía contra un sistema que ellos mismos ya son, hay voces como la de Serrat que se alzan sobre la algarada ya ronca de estos millonarios disfrazados de peterpanes y suena tan fresco y henchido de verdad como treinta años atrás, cuando siendo joven (Serrat) le prestaba voz y acordes a Machado. O como cuando se negó a no cantar en catalán en Eurovisión. Ya entonces él se encaramó a la eternidad, y ahí sigue, mientras los demás pasamos, haciendo camino al andar. Leí también de Serrat que a la presentación de uno de sus discos asistieron, como si nada, ministros del PP y ex ministros del PSOE, y gente de la movida, artistas y empresarios de pro. Y allí debieron charlar a gusto de lo que tuvieran en común. Aglutinar opuestos no es cosa común, pero sí que es cosa del arte, ese que es “pura vida, que es puro fuego, que es puro fuego” según el mismo Machado. En ese lugar ignoto edificó su casita este catalán que canta en español (o en catalán) cuando le viene en gana, para lección de muchos catalanistas de esos que se llaman Juan Palomo y firman como Joan Colom.
Debe ser que la vida del artista, que es de suyo errabunda –hoy aquí, mañana en Perú–, deja las fronteras mentales-lingüístico-políticas donde de verdad están, que es en los presupuestos generales del Estado y no en la canción que aspira a ser arte. Llama también la atención de Serrat su ausencia de pose. Bueno, alguna tendrá. Pero ni bombín ni botines, ni alas de ángel caído ni pantalones ceñidos de rayas. Sólo una camisa y un pantalón. Ah, y el micrófono. Y la voz. El aplauso general será por ese no quererse mover de hacer lo que sabe hacer, cantar sin tonterías. Porque cantar de verdad, sólo cantar, ya es mucho, sobre todo si acaricias con tus letras el corazón del auditorio que al oírte recuerda su vida cuando tú les cuentas un trocito de la tuya. Sin más. Ayer cantó en Granada, acompañado, creo. Será que Serrat le tiene cariño a la ciudad, porque le pilla siempre de paso en las giras. Se agradece. Deberían darle una distinción, o alojarle en la Alhambra, o algo así grande, porque este hombre lo ha dado todo (el trabajo, el tiempo, el esfuerzo, la voz).
Porque, por sobre todas las cosas, este hombre ha dado, en cada canción, su vida y amor. Y ese regalo sólo se paga con el aplauso, de pie, en cariñosa ovación.

Al pie de la Vela. La Opinión de Granada. Opinión pg. 22.
Miércoles, 12 de septiembre de 2007.

La incultura laboral


Serán legión los que este septiembre se lancen a la odisea de encontrar trabajo en Granada. Y, aunque no sirva de nada avisar (sólo se aprende de lo sufrido en carne propia) avisaré de algo que, los que ya lo vivieron, conocerán tan bien como el váter de su casa: trabajar en Granada es una experiencia aparte. El inicio al mundo laboral será una toma de contacto con la picaresca del Siglo de Oro, el surrealismo más hilarante del Sur y las reminiscencias del clasismo que arrastra esta provincia en la que las estadísticas nunca alcanzan a reflejar el nivel de atraso de las mentalidades.
Lo del trabajo es, ya digo, un territorio aparte en el que la ley y la realidad van tan en paralelo como los carriles de una autovía. Salvo en los trabajos públicos, claro, que eso es jauja, allá donde se aplican todas las normas que en el resto del mercado laboral se ignoran por todas partes mientras que la inspección no te pille (véase si no lo de los chinos de la construcción, a los que ya no habrá quien les encuentre). V.g: un amigo que me dice que ha conseguido un trabajo en el que “hasta te pagan todos los meses”. Esto sonará raro por ahí, pero en Granada es todo un logro. Porque puede que algún mes se les olvide tu paga, o te paguen menos, o se ahorren los complementos. Que esa es otra: nocturnidad, peligrosidad, dedicación exclusiva o festivos son términos que a muchos empresarios granadinos les suenan como a cosas de Dinamarca, que sí, que existen, pero por allá, por el Norte.
El hecho mismo de tener nómina por aquí ya debes considerarlo una chollo en una provincia sin industria, sin grandes empresas y con una dependencia absoluta del sector servicios, tan voluble en sus gustos. Si eres joven (entre 20 y 30 años) tienes que asumir que te van a explotar. No, no a que te van a pagar poco, ni a que trabajarás más intensamente para ganarte el puesto, ni a hacer un poco la pelota para que te renueven el contrato, sino directamente a sufrir la explotación laboral que todos ya asumen como normal. A mí mismo me ocurrió que un tipo que me contrató para una revista de por aquí me dijo que me iba a pagar 80.000 pesetas (aún se contaba en esta moneda) al mes y luego, cuando recogía el sueldo y empecé a contarlo, el tipo (que daba terror) puso gesto de enfado. “¿Es que no te fías?”, me dijo. Algo azorado, le contesté que lo contaba “por si acaso me daba de más”. Cosas que se dicen por salir del paso (no me fiaba ni un pelo del personaje). El caso es que, efectivamente, faltaban 20.000 respecto a lo acordado. Y le pregunté por la diferencia. Extrañado, cabreado por mi ‘impertinente’ pregunta, me dijo en tono aleccionador, como quien se dirige a un chiquillo: “Oye, que te estoy pagando, eh?”. Esa frase fue toda una iniciación a la incultura empresarial local. Porque el tipo, en su lógica, pensaría que, encima de que me dejaba trabajar con él, y encima de que me pagaba algo, ¿cómo podía yo ponerle algún pero a su generosidad laboral para conmigo?
A diferencia de lo que ocurre allende nuestras fronteras, hay quien piensa que más que darte trabajo “te está dando de comer”. Un antropólogo diría que eso son reminiscencias de una especie de feudalismo tardío. Si el crecimiento de la economía se hace a golpe de ladrillo, pues es lógico que el que da trabajo se sienta por encima del que lo realiza. Porque el constructor, antes de hacer fortuna, fue servil con su señorito. Y ahora querrá hacer verdad aquel dicho de “no sirvas a quien sirvió”. Así que, hala, a engrasar la bisagra, salud y suerte.

Al pie de la vela. La Opinión de Granada. Opinión pg. 26.
Miércoles, 5 de septiembre de 2007

Un arzobispo para la prensa


Estaban las redacciones muriéndose de calor y aburrimiento cuando nuestro querido arzobispo volvió a salvar el mes con su innegable capacidad de generar titulares a base de estériles polémicas y actos de enrocamiento donde cualquiera aplicaría la diplomacia de guante rojo que suele prodigar la Iglesia. Pero nuestro arzobispo, el más mediático quizás de los que han pasado por el cargo, no quiere apearse de las primeras páginas de los periódicos, y vuelve a la carga con su estilo de mandar en plan apisonadora. Ahora es en Albuñol, como meses atrás lo fue en La Zubia, o como también sucedió con aquel espinoso asunto del libro sobre la catedral que censuró y que le acabó llevando a sentarse en el banquillo como ciudadano que es de una democracia que no atiende ya a las mitras y dignidades cuando la igualdad ante la ley se pone en juego.
Un chollo para la prensa y una desgracia para la diócesis. Porque todos aquellos que se toman la religión como un asunto personal, todos aquellos que no delegan la gestión de su conciencia en una jerarquía o en una institución, dicen a las claras que este señor debe aprender maneras o si no ceder el puesto a alguien que sepa administrarel cargo no como cosa propia sino como un servicio a la Iglesia. Porque mira que el asunto de Albuñol se ha inflado, con lo poquito que era (todos los días se cambia de destino a algún clérigo y no pasa nada, más que la misa de despedida y el buen recuerdo de los feligreses). Pero aquí ya ha entrado hasta el Defensor del Pueblo Andaluz (Chamizo es cura, recuérdese, pero de los respondones de barba y pelo largo), y hasta con informes de policía y movilizaciones ciudadanas.
Qué hermoso sería que Albuñol fuera noticia por la continuidad en la labor encomiable de un sacerdote muy querido por el pueblo al que sus jefes le reconocen el mérito y le confirman en el puesto por el arraigo y la profundidad de su mensaje en los corazones de su parroquia. Pero no, no soñemos, el paraíso no está en esta vida. Y para recordarnos que esto es un valle de lágrimas, una pileta donde las almas nadan como pueden en un mar tempestuoso de conflictos, viene el jefe de la jerarquía eclesiástica a recordarnos quién es el jefe, por si a alguien se le había olvidado. Ya lo recordó cuando ‘salvó’ a sus sacerdotes de mente inmaculada y pía de la posible contaminación teológica que pueden contagiarle en la Facultad de Teología que llevan los jesuitas (la Compañía de Jesús siempre fue sospechosa entre la jerarquía más ortodoxa, y ahora lo es por liberal y aperturista); y hasta va camino de crear un instituto teológico que imparta su propia doctrina y la de los suyos (que al paso que vamos ya no son sólo pocos, sino que ni siquiera sabemos quienes son los suyos).
Decía que es un chollo para la prensa el arzobispo. Y en su gabinete de prensa te dan largas o te responden que ya le han comunicado que quieres una entrevista. Pero no, el arzobispo, como les ocurre a los feligreses militantes de Albuñol, no está, parece que no sabe, o al menos no contesta. Monta el lío y se parapeta tras sus murallas. Y así, en los tiempos que vivimos, no se hacen las cosas. Y el clamor aumenta. Pero él sigue buscando la salida. Una pena, porque, “mientras tú vas y vienes, como el duende del cuento, él va contigo”, como Amado Nervo sabiamente decía.

Al pie de la vela. La Opinión de Granada. Opinión pg. 24.
Jueves, 30 de agosto de 2007

La suerte de la fea


Resulta que ser feo sale caro. Más que nada porque, según las recientes estadísticas sobre sueldos, los guapos cobran más. Así que la fealdad resulta onerosa en cuanto al lucro cesante, ese que deja de llegarte al bolsillo por el simple hecho de ser un feto (feo). Pronto saldrá algún lobby de los feos (Dios los cría, ellos se juntan, y empieza la protesta) que pedirán su correspondiente porcentaje legal de discriminación positivo-fea, para que la merma en el sueldo quede atenuada con la discriminación forzosa sobre los que sean guapos, estén o no más y mejor preparados.
Sean feos, mujeres o disminuidos físicos o psíquicos, lo de la discriminación positiva tiene sus detractores, cómo no, incluso entre los propios miembros de estos colectivos marginados. Ya se habrá pensado que alguna de las ministras que venimos sufriendo en el igualitarista equipo de gobierno de Zapatero están donde están no por su (escasa) valía sino porque faltaban mujeres para completar el cupo. Piénsese si no en aquella desastrosa ministra de la Vivienda (María Antonia Trujillo) que nada más sacar aquella brillante idea de los pisos de 30 metros cuadrados sufrió una filtración a la prensa sobre las dimensiones como de campo de golf de su propio despacho ministerial, donde hasta tenía su cuartito para echarse sus cabezaditas. Eso es empezar con mal pie. Y qué decir de la andaluza salerosa Carmen Calvo que, aparte de competir en modelitos estrambóticos en las galas a las que asistía (como si ella fuera la artista y no la ministra), aparte de hacer el ridículo con las citas literarias que se inventaba, no ha dejado un balance de su gestión a la altura de sus grandilocuentes discursos sobre los enormes proyectos que iba a desarrollar en sus años al frente de la cultura española. Menos mal que para desfacer el entuerto el cerebro Zapatero se sacó de la manga para el marrón del Ministerio de la Vivienda a Carme Chacón, una chica mona que, esta vez sí, nos arreglará a todos la asfixia hipotecaria, nos resolverá el problema de que una generación entera está retrasando su emancipación plena y, además, va a resolver la cuestión de esta especulación tan indecente como contra-constitucional que los socialistas no sólo no han sabido combatir sino que, en muchos casos, han auspiciado y practicado, según demuestra el número de políticos que tienen procesados o en chirona. ¡Venga, Carme, tú podrás con ello, que tú no eres del cupo, que lo tuyo son méritos propios sobrados y contrastados! A la última que le están arreando de lo lindo es a la antipática (y atán comprensiva) ministra de Fomento Magdalena Álvarez, a la que en el Parlamento tildan de incompetente para arriba por los desastres del transporte público en Cataluña. A este paso, si llegamos al absurdo absoluto de crear cupos para los feos, nos podemos encontrar de presidente del Gobierno a una señora monstruosa que, para llegar al puesto, no ha hecho más méritos que ser la ‘patita fea’ (que luego era un cisne, por eso).
Más allá de las discriminaciones positivas o negativas está la pesadez de ser feo. Y es que ya lo dicen en las ofertas de trabajo entre sus requisitos: “Buena presencia”. Esto es tan subjetivo que la mayoría lo que hace es ponerse corbata y chaqueta para la entrevista. Y las chicas falda. Pero se olvidan de taparse la cara. Y, claro, si son feos, pues no trabajan. Y no hay solución, porque si se pusieran un pasamontañas, entonces les tomarían por islamistas o etarras. El consuelo es aquel refrán de “La suerte de la fea la bonita la desea”. Porque te encuentras que esas esfinges divinas a las que temes acercarte a hablarles siquiera, cuando te hablan de sus profundidades, resulta que la infelicidad anida en ellas en forma de soledad y desasosiego. Porque al ser guapas se dan por hechas tantas cosas: que son triunfadoras, que tienen dinero, que tienen buen gusto, que hablan bien, que son sensuales, delgadas y gráciles. Además, consiguen trabajos, pero siempre les dicen que se pongan escote para servir copas en la barra, y que se pinten y marquen figura. Y eso les hace sentirse trozos de carne con tacones.
Así que, haciendo caso a la abuela, lo mejor es dedicarse a trabajar el intelecto, que a la larga es la garantía de que, seas guapo o feo, al menos nadie te valorará sólo por eso, por un simple careto de guaperas en el que, por cuatro duros, en Corporación Dermoestética te hacen unos arreglitos la mar de buenos.

Al pie de la Vela. La Opinión de Granada.
Miércoles, 15 de agosto de 2007

Pocero a babor


Mucho puede el dinero, mucho se le ha de amar, al pobre hace discreto, hombre de respetar”. El Arcipreste de Hita no conoció a El Pocero, pero ya habló de su comportamiento siglos atrás. Y es que la historia (tan circular, ya lo descubrieron los sabios) en su ficticia linealidad produce unas sensaciones curiosas de ‘déjà vu’ que, a poco que tengas memoria, te dejan helado.
El antecedente que se me vino a la mente cuando he visto el ‘yatazo’ de El Pocero arrimado a los barquitos con pedigree del puerto de Mallorca es aquella imagen que todos vimos y sufrimos de un tal Mario Conde (el de la revista MC, pionero en la costumbre de llamar con las propias iniciales a las revistas que uno se monta, precedente editorial de nuestra entrañable AR, plagiadora sin complejos y gurú de marujas madrugadoras). Recuerdo (debió ser en los ochenta) a aquel engominado esperpento de las finanzas bajando por la pasarela del yate, con el moreno reluciendo sobre el blanco del pantalón, la camisa de pijo-mafioso que se gastaba, y con aquellos pelillos engominados y untosos por sobre el cuello. Beeeerrrrj.
Siempre me resultó desagradable a la vista ese trepa al que un muy querido
profesor y jurista ya desenmascaró cuando iniciaba el ascenso social, y le nombraban doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá de Henares.
Llama la atención cómo se intercambian cromos los diversos poderes. Yo te suelto tanta pasta para unas becas y la rehabilitación de un edificio, y yo te pongo un birrete, o una medalla, te concedo tal o cual premio y te garantizo la foto de la que tu madre va a estar (en su ignorancia) más orgullosa que la de la Pantoja. Puajjj. Cuanta más prisa llevan, como en la fábula de tortuga y la liebre, más rápido caen por el despeñadero.
Jesús Gil mira que paseó su barrigón por los saraos y los platós de entonces, y luego mira cómo se fue por el sumidero, de infarto en afasia malaya que daba hasta pena, oyes, penita, pena. Gil tenía hasta simpatías por ser tan evidente y primario, sin doblez, descarnado, como un boxeador de barrio. Conde tenía todas las papeletas para caerle mal a todos, pero como tenía el Banesto en el bolsillo, le abrieron las puertas hasta de Marivent, en aquella época en que el Estado comenzaba a arrodillarse ante los gurús del pelotazo que tantas fianzas acabaron pagándole al Estado con el dinero que habían, presunta y curiosamente, mangado.
El Pocero interpreta en este 2007 el canto del cisne de toda una era. Porque él es el último mohicano de un estilo de negociar (Seseña era un erial desierto y ahora es un bosque de moles de ladrillo tan desierto como antes pero con mucho valor añadido) y también el pionero de un nuevo/antiguo modo de cerrar negocios. Él no llega con el yatazo para que le dejen un hueco: viene para comprarlo. Y en efectivo. Ese es su sello. Nada de créditos, leasing o renting. A toca teja.
–¿A cuánto sale ese avioncillo que lleva Bill Gates?
–A tropecientos millones.
–Pues en esa habitación le he puesto unas cuantas montañas de billetes para que se los lleven adonde quieran.
El nuevo estilo cambiará, como siempre viene ocurriendo en los saraos más finos, las voluntades de la gente bien. Los refinados suelen necesitar bastante efectivo. Y si un tipo limpió pozos y ahora pasea su opulencia entre los venidos a menos, pues se le deja estar, porque el que tiene cantidades indecentes de pasta disfruta de la extraña democracia de los ricos: si tienes, vales.
Una filosofía vital tan simplista como la que practica este señor que de limpiar los pozos de miserias ajenas pronto pasará a llenar los pozos sin fondo de los bolsillos de toda aquella caterva de miserables y jetas que pululan cada verano por la corte de Marivent, igual que se hacía en la Edad Media.
La diferencia básica entre las fortunas de Europa y América es que a éstas se las admira y a aquellas se las desprecia. Porque el dinero rápido no está ya bien visto por estos pagos. Porque siempre se sospecha que a algo apesta. Tal vez a pozo. Y esa peste ni el perfume de Armani la contrarresta.

Al pie de la vela. La Opinión de Granada. Opinión.
Al pie de la vela. 8 de agosto de 2007