Caballo con bolas


Hoy va la cosa de caballos pelotudos. Resulta que unos hacen para que los otros deshagan, a cuenta siempre del erario público, mientras que los demás nos quedamos mirando. Ni referéndum ni consulta popular ni nada. Todo lo hacen por pelotas (como las que lucen a los pies del boludo caballo). Y esto lo perpetran en una ciudad como esta, donde si tocas una sola piedra histórico-artística, hasta el frutero de la esquina de Almanjáyar se siente en la obligación cívica de vocear su opinión. Tremendo.

A nadie le sorprenderá que una estatua con tan árduo proceso de asimilación por ciudad tan remisa a los cambios de estética urbana vuelva a ser motivo de pelea entre políticos. Porque esta pelea, ojo, es una cuestión de política de salón, no de urgente actualidad ciudadana. A la ciudad bien poco que le importaba ya el caballito en bolas. Es lo que dan las mayorías absolutas: a los del PP les impusieron el caballo con bolas (con perdón) y ahora le quieren devolver la pelota a los de enfrente, pero por pelotas (con otro perdón). Son alardes políticos, de señores dado a sacarse espinas ‘conti’ que pueden.
¿A quién le importaba ya el tema? A alguien sí: al dueño de la casa donde está instalado. Me explico: el palacio consistorial es propiedad de usted, de mí y de todos los que pagamos tasas, impuestos, exacciones y multas. Pero hay quien detenta el poder de este modo, creyendo que la casa que utiliza en usufructo se puede gobernar como una propiedad privada. En mi casa mando yo, parece que es el único argumento de peso esgrimido para quitar el caballito del jinete ciego al que yo creo que a estas alturas de la película ya no lo quiere ni su propio padre, el artista Pérez-Villalta.
Podemos escribir artículos, gritar nuestras opiniones por las calles, manifestarnos a favor o en contra de la permanencia de la estatua. Pero, compréndanlo: aquí manda el que manda y los demás, así que pasen unos tres años, no tenemos derecho más que a contemplar cómo nos quitan el caballo, igual que ocho años atrás nos lo pusieron, sin más, a pesar de todo lo que se escribió y se gritó y se manifestó. Nada: el que manda, manda, y los demás a esperar a ejercer nuestra micra de poder de papeleta. Frustrante.
Después se quejarán de que su profesión está totalmente desprestigiada, de que se les acusa de que forman una clase aparte que vive del pueblo (de sus votos e impuestos) pero que gobierna sin el pueblo (¿sabrán acaso estos señores de traje formal lo que piensa el pueblo real, después de años sin vivir como ciudadanos normales? si lo supieran les daría el patatús).
Me ratifico en mi desconfianza hacia todo cargo público cuando observo estupideces de este calibre político-municipal (ahora te pongo un caballo porque yo mando/ahora te quito el caballo porque el que manda soy yo) . En esto sí que se puede generalizar, porque las honrosas excepciones (ese alcalde ideal que vive para los ciudadanos, que conecta con su sentir, que toma el pulso de la calle a diario, que se baja el sueldo para dar ejemplo de ahorro, que no cambia de casa ni de coche ni de esposa porque el poder no le ha cambiado), esas escasas salvedades a la norma, no son más que confirmaciones a una ley implacable: si quieres conocer a Pedrillo, dale un carguillo. Pasa con el aparcacoches-dictador que gobierna con mano férrea, a golpe de silbato, el parking del descampad: le pasa al regidor ahíto de poder y sobrado de tiempo para malgastarlo.
En Granada, la estética urbana es un tema comunitario. Si pusieron o ahora quitan al caballo, podrían habernos preguntado para ponerlo, para quitarlo o para dejarlo.

Presuntos y en la calle


Vamos a imaginar que son inocentes y que no han robado nada de nada, que las fortunas que amasaron durante años de ocupar el poder en Marbella fueron producto de su esfuerzo y tesón en el trabajo, de su digna gestión al frente de los negocios que con el suelo y las moles de ladrillo se hicieron durante aquella década ominosa de Jesús Gil al frente del GIL en Gili-Marbella-Landia. Vamos a presumir que todo aquel lujo ostentoso que se gastaban sólo venía de sus sueldos de alcalde (Julián Muñoz) y de asesor de urbanismo del Ayuntamiento (Juan Antonio Roca). Vamos a hacernos, en fin, los tontos por un momento y pensemos que todo es, como ellos quieren presentarlo en su defensa, una gran conspiración urdida por mentes aviesas para quebrantar su fama y su patrimonio tan (según sus abogados defensores) honestamente ganados. Presumamos, presumamos pues.
Porque los ‘malayos’ ya están en la calle, como ciudadanos protegidos por la presunción de inocencia, tras haber pagado astronómicas fianzas que nadie sabe de dónde han salido. Porque un millón de euros (en el caso de Roca) no es tan fácil de reunir, y menos cuando ningún banco te lo fía. Preguntémonos de dónde viene ese dinero que ha reunido la familia y los amigos del antedicho que hace posible que este hombre ‘de bien’ esté de nuevo paseándose por esa cueva de Alí Babá y los cuarenta mangones que fue Marbella.
Además, Roca ya lo ha dejado claro: no piensa escaparse. Vamos a hacer como que le creemos. Y a Julián Muñoz también. Vamos a compadecernos de este último infeliz, un hombre (según él mismo quiere retratarse) estafado por su anterior amo (GIL), traicionado por sus fieles, vapuleado por la prensa (“enseña los dientes, que eso les jode”, que le decía su novia tonadillera en sus tiempos de efímera gloria), aborrecido por sus conocidos que ya no quieren que se les relacione con este pobre desgraciado que, si le creyéramos, no sería más que un pobre camarero que se metió en política creyéndose que así haría el bien a sus conciudadanos.
Después de este descomunal ejercicio de imaginación, vamos a intentar aplicar un poco el sentido común. Lo primero que hay que entender es que estos dos pájaros se han tirado dos años en chirona, un encierro que, en nuestro sistema jurídico, debe estar totalmente argumentado por la magnitud de los delitos que se les imputan. Los jueces (ya se ha visto con el caso de la jueza granadina condenada por dejar años a un inocente en la trena) tienen unos límites muy estrechos para aplicar la justicia. Así que, menos lobos, señores presuntos, que estas cosas son muy serias.
Ellos saben muy bien que ya les han caído varias sentencias. En el caso de Julián Muñoz ya se puede decir (sin temor a calumniarle) que es un chorizo, porque un juez lo ha condenado por quedarse con el dinero de los demás, que no sólo con el suyo, que ese sólo él sabe dónde lo tiene escondido.
Y algo hay que explicarles que parecen no alcanzar a entender: en ellos dos se concreta todo un tiempo que los españoles estamos dejando atrás, una época de especulación a lo grande y a lo pequeño, un tiempo de bolsas de basura llenas de billetes, de aguantar a estos nuevos ricos horteras en las televisiones paseando sus pobres vidas como si fueran ejemplo para alguien. Ojalá la justicia se ponga las pilas con ellos y nos permita, sentencia de por medio, quitarles el presuntos y poder llamarles lo que son, a la cara, a voces, o mejor, detrás de unas rejas donde paguen por tanto mal y tanta maldades.

Primavera cultural


Apareció la primavera en las callesy con ella los festivales culturales que tanto dan y dejan en la ciudad. A los aficionados nos van a dejar exhaustos, pero se agradece el cansancio si es por ver buen cine, escuchar a los grandes de las letras o asistir a interesantes conciertos.
Si abril es para vivir, en Granada es también para morir(se). Acabó la Semana Santa (ya de por sí todo un espectáculo religioso-cultural que toma las avenidas) y nos encontramos con el Hay Festival que tantos ríos de tinta ha provocado. Acabó el domingo, y ya estamos preparándonos para asistir a las proyecciones del Festival de Nuevos Realizadores, una joya festivalera ya veterana que, sin demasiados medios, se ha convertido en referente de la creación emergente en los terrenos del séptimo arte. De subir y bajar a la Alhambra vamos a pasear –la tribu que recorre los actos de ‘la cul’ de lugar en lugar de proyección de los cortos que, esta vez con un enfoque más experimental, conseguirán que tengamos cine del bueno y del que no se suele ver por ningún lado.
Habrá que tomar complejos vitamínicos para lo que queda de mes y de primavera. Después llegará la Feria del Libro, que este año viene cargada de periodismo, un guiño mediático que puede que reactive al adormilado público y, esperemos, las soporíferas actividades que se suelen programar para atraer al respetable. Luego vendrá el Festival Internacional de Poesía de Granada, una iniciativa que está cuajando con los años y que éste quedará rematada por la entrega, el último día, del flamante premio Federico García Lorca de Poesía. Los autobuses volverán a decorarse de palabras que despierten el ánimo y las mentes de los pasajeros; los buzones volverán a llenarse de cartas con palabras limpias gracias al trabajo de los poetas. Un abril hermoso.
Y luego (saltándonos el puente del Día de la Cruz, esa cruz que se le ha hincado en los hombros a la ciudad desde que se promocionó como el gran festival de la muchachada en busca del coma etílico) vendrá (este año no, pero el siguiente sí, es bianual) el Festival de Cines del Sur, que entrará en su segunda entrega, después de la sorpresa que el año pasado tuvimos todos con esas películas de lugares y entornos culturales tan lejanos. No vamos a parar hasta finales de junio, con el Festival Internacional de Música y Danza y su FEX de extensión cultural a toda la ciudad, del que sobran las palabras.
Seguramente me dejo unos cuantos certámenes y actos que seguramante se solaparán en el tiempo, diversificando la oferta y haciendo aún más atractivo el salir a ver qué te encuentras por ahí, en la plaza de las Pasiegas, en el Corral del Carbón o en cualquier otra parte de la ciudad. Y todo esto, con carencias de infraestructuras culturales de fuste, a la espera (¿eterna?) de que tengamos un gran Teatro de la Ópera y un segundo gran teatro en la ciudad y salas alternativas con subvenciones suficientes como para poder mantener programaciones estables. Granada será cultural o no será, porque si lo que queremos es que salga adelante a base de industria pesada lo llevamos claro.
El norte está claro porque el presente empieza a ser algo parecido a lo que debió ser la ciudad desde hace mucho tiempo. Los políticos, en su falta de reflejos, han tardado en darse cuenta. Pero parecen andar por buen camino. A ver si perseveran y se convencen de que la Cultura, además de ser un entretenimiento, genera riqueza, sueldos, edificios para la historia y, por encima de todo, despierta a los ciudadanos de su letargo frente al televisor, el gran fabricante de alienación.

Maracena city


Maracena ya es ciudad, lo han decretado las cifras. 20.000 habitantes asciende a una población de categoría. Pero el cambio no es sólo de nombre. También afecta a la identidad, lo cual, por mucho que cambien las denominaciones, es una cuestión más de mentalidad que de cifras y voluntades políticas.
Que este pueblo tenía ya la condición de lo habíamos detectado desde que el Cerrillo de Maracena dejó de ser el páramo aquel donde nadie se atrevía a irse a pasear ni con un mastín tirando de la correa. Desde entonces, la ciudad de Granada no se supo muy bien si terminaba en donde lo dice el mapa o continuaba hasta adentrarse por los primeros barrios del pueblo colindante. En la arquitectura, eso sí, se nota el cambio y la frontera: pasas de las moles de edificios de ladrillo visto a los blancos muros de los primeras casitas del otrora pueblo. También el paisanaje cambia. Pasas de ver los coches metiéndose en las cocheras bajo las casas, de los nombres de calles con resonancias periodísticas, de las facultades (Bellas Artes, Informática) y el desenfadado aliño indumentario de los estudiantes, a los ‘vesinos’ de la ‘Marasena’ de siempre, esos que (cada vez menos) sacan las sillas a la puerta “conti que llegan los calore’”, al olor a comida y a los pitidos de olla a presión que todo lo impregna, o a las señoras con bata –alguna con rulos– que salen a comprar al Covirán de la esquina. La prolongación de la ciudad, ya digo, puede ser numérica, pero no estética, menos aún en los arraigados hábitos del lugar. Y el traspaso de la frontera dialectal te trae un aumento en el seseo y el ceceo.
Pero, eso sí: al llegar a la Maracena de siempre disminuye el índice de ‘mala follá’ por metro cuadrado, y aún te puedes encontrar cierto aire de espontánea charla en las calles. Aunque también las prisas han llegado allí, como las calles vacías de niños, el maldito estrés que todo lo devora, las parabólicas, los coches modelo quiero y no puedo, las pantallas de plasma compradas en el Media Markt, o los emigrantes de Marruecos, Bulgaria, Colombia, Argentina, Perú o Senegal. Una city aún pueblerina que se ha vuelto políglota sin quererlo, sin desearlo, sin siquiera pensarlo, por la fuerza de los números, del precio de los pisos y de las tasas municipales.
Me gusta que Maracena sea ya toda una ciudad. Pasaron los tiempos en que aquello era el gran suburbio de la señoritinga Granada, el pueblo donde iban a dormir los sirvientes de las casas de la capital, esa condición que está perdiendo Granada a base de ciudades dormitorio que le están creciendo por todo el cinturón. Lo malo es que estas urbes a un paso de la metrópoli están sin los servicios que les corresponden, víctimas del amor al ladrillo y al maletín que nubló las mentes de tantos que ahora tienen que echar el cierre después de dar pelotazos un día sí y otro también. Huétor Vega, Atarfe, Armilla o Churriana han sido arrancadas de su paz de pueblo para entrar, con boina y azada al hombro, en la modernidad salvaje de los botellones y la desconfianza hacia el vecino, del que no sabes más que los horarios que tiene para salir en coche hacia el trabajo. Sin metro (aún), ni una red fluida de autobuses, ni centros de ocio y cultura propios, sin cohesión social ante los desequilibrios económicos entre vecino y vecino, son territorios caldo de cultivo de la envidia y la frustración que acecha en cada esquina.
Maracena ya es ciudad con alma de pueblo. Que no la venda al diablo. Porque crecer, de verdad, no es ser otro, es ser más uno mismo. Ojalá.
Miércoles, 2 de abril de 2008. Opinión. Al pie de la Vela.. La Opinión de Granada

Hipocresía en el Himalaya


Reuter

Lo repito: si la política local, pequeña y doméstica, es hipócrita, no te cuento ya la que se hace a nivel internacional. Se vio con los monjes tiroteados en Birmania; se ve con los muros de cemento que van encerrando como ratas en una cajonera a los palestinos de la franja de Gaza (ahora quieren levantarles el muro, –los israelíes, quiénes si no– también en el único aliviadero que tenía a su mísera existencia, en la frontera con Egipto; luego vendrá el hambre y, si me apuras, las cámaras de gas). Mientras ocurren estas tropelías por aquí y por allí, los verdaderos actores de la política internacional (El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las petroleras y la OPEP) juegan al ajedrez con los humanitos que se destrozan entre ellos en Irak, en Congo o en donde sea. Y así, lo de que un centenar de monjes tibetanos mueran a tiros en las laderas del Himalaya, pues como que son ‘cosillas’ menores, que tampoco es para tanto, oyes, que no se hubieran puesto en medio de las ráfagas de ametralladora de los soldados chinos. Total, ¿a quién le importa el Tíbet aparte de a Richard Gere, Bono y cuatro o cinco ricos más?
Las potencias mundiales (Francia empieza ahora) amagan con boicoteos a los Juegos Olímpicos, pero son simples bravatas. La potencia mundial emergente, con un crecimiento anual del nueve por ciento, esta China del siglo XXI que amordaza a sus habitantes mientras compra talonario en mano empresas como IBM o lo que le plazca, va a mostrarse al mundo con orgullo amarillo, y todos los clientes actuales o potenciales de tan rico país le van a hacer la ola. Total, si se cargan todos los años a más de mil chinitos de un tiro en la nuca en los estadios de fútbol, los domingos, ante el pueblo que contempla la masacre como si de un espectáculo más se tratara; si aplastaron a aquellos valientes de Tiananmen con los tanques sin que nadie les rechistara; si, en fin, tienen invadido a un país que es reserva espiritual del mundo (en cristiano sería como si una nación invadiera El Vaticano y mandara al exilio a Benedicto XVI) ¿qué más nos da?
Los Derechos Humanos, como ocurre con la Cultura, son como los bailes regionales en los actos políticos. Si no se hacen, pues tanto da, mientras haya negocio y se puedan hacer contactos.
La conciencia del mundo está que no puede dormir con el tema del Tíbet. Pero se toma somníferos mientras flipa con los estadios gigantes que se están construyendo en Pekín. Mientras sean los mayores importadores de petróleo y paguen a tocateja, pues que hagan lo que les de la gana con sus chinitos, parece que piensan todos los estadistas amnésicos de estómago agradecido.
Y en eso que te da por pensar que existe un Dalai Lama que reparte bondad allí por donde va. Que estos tibetanos a los que China no les deja vivir tranquilos y en sus casas, dedican sus horas al rezo y la contemplación del mundo que hemos heredado de nuestros mayores. Parecía que el mundo se dirigía hacia la cordura, pero te salen los cuatro mil muertos que llevan los americanos en Irak (los iraquíes fallecidos o heridos ya ni se cuentan), o estas bestialidades contra gente indefensa en el Tíbet y te da por pensar si ni habría que hacer un boicot mundial ciudadano a los chinos (y a los americanos) y no ver los Juegos, y no comprar productos made in USA. Aunque sólo sea por demostrarles que los individuos que formamos este planeta decimos ¡basta ya!

Miércoles, 26 de marzo de 2008 La Opinión de Granada. Al pie de la Vela

Hipotecados en lucha


Aún es pronto para lanzar las campanas al vuelo, pero se ve un cambio en la actitud de los dóciles inquilinos que han (hemos) pagado de nuestros magros sueldos esos fastos, esas orgías de dinero en la que han vivido durante la última década unos cuantos fulanos que, ya lo televisan con el caso Gescartera, hasta tienen dinero guardado para pagar sus fianzas, sus trajes de paño y sus chaletazos en las afueras. “Se va a acabar”, podría ser el nuevo eslogan; “se va a acabar”, parecen corear los sufridos hipotecados de aquí y de allá, “se va a acabar, la dictadura inmoral”. Hasta el más pacifista y sumiso de los dóciles administrados reconocerá que hay veces, algunas veces, en que la rebeldía es necesaria. Claro que cuando siempre fuiste buen hijo, fiel esposo, padre responsable y decente pagador de tu IRPF te cuesta pensar en salirte del guión y luchar contra el abuso al que te someten con eso que han dado en llamar ‘burbuja inmobiliaria’, ante la que los poderes públicos (léase en nuestro caso, la Junta) no han hecho otra cosa más que mirar el expolio como si fueran jubilados frente a una obra: se recalificaban terrenos, se levantaban moles infumables que han tapizado de hierro, ladrillo y asfalto desde el almeriense Cabo de Gata hasta la frontera con Portugal (y si me apuras el Algarve) y ellos, los que tenían que vigilar (que para eso cobraban), pues de reunión o de guateque. La impunidad jurídica de esta omisión del deber de supervisión de la ilegalidad se estudiará en los libros de Historia, porque lo que es ahora, pues nada, “que tampoco fue para tanto”, oye, que al fin y al cabo estos son socialistas y dan trabajo (público) y van para largo, gracias a esa alternativa pepera encabezada por Arenas, que así les va.
La rebeldía está empezando por no pagar la hipoteca. Así, sin más. La mayoría será porque no pueden (ya se sabe que al tercer impago, desahucio). Pero ¿y qué más da? Si en un año han subido las hipotecas hasta 1.000 euros, si el sueldo sigue en el subsuelo y sin visos de cambiar, si la otra casita que se pensaba negociete ya no se vende ¿qué hacer? Pues ya está: volverse un poquito delincuente, que parece la única opción razonable a que está abocando este tener a un país entero endeudado hasta las cejas y sin más horizonte que no mirar atrás.
En Estados Unidos ya empezó la crisis con el impago masivo de los plazos; a Inglaterra llegó la marea y la gente se arremolina en las oficinas del Northren Rock, con el miedo en el rostro a que dentro de dos días no puedan pillar ni una libra. La economía globalizada ya sabemos que es un mar. Así que sentémonos a esperar cómo se desinflan los precios, cómo la gente saca a la venta sus casas para pillar por lo menos la mitad de la barbaridad que por ellas pagaron; esperemos, con paciencia, a ver a los nuevos ricos del pelotazo inmobiliario pidiendo en alguna esquina y llevémosles con paciencia las facturas de los colegios de nuestro hijos para que ellos entiendan de dónde surgía su opulencia. El eslogan sería algo así como “no pagues la hipoteca, ya verás, así caerán”. ¿Quiénes? Pues los bancos y todos los demás.
Porque algo hay que hacer. No veo más que torretas que construyen y construyen mientras que salen casas al mercado como si fueran setas. Y es que las inmobiliarias se han metido en la espiral de que si paran se desintegran. Pues que se arruinen, se puede pensar.
Carme Chacón ya ha dicho que nos lo va a solucionar. Así que tranquilos: Carme está en ello. Aunque no lo arreglaron ni el PP ni sus antecesoras, ella tiene la piedra (o el ladrillo) filosofal. Tranquilidad.

Al pie de la Vela. pg. 20 Opinión.
Miércoles, 19 de septiembre de 2007 La Opinión de Granada

Las lecciones de Serrat


De las muchas lecciones que nos ha dado Serrat a lo largo de su vida me quedo con la última y quizás más grande de todas. Será porque su niñez sigue jugando en la playa, como si el tiempo no pasara por él, como si su voz no se hubiera manchado de mundo como se ha enfangado el mar al que con tanto tino cantó, será por todo esto que Serrat tuvo el tiempo, la calma y la pausa para sentenciar en plena rueda de prensa del año pasado aquello que dijo cuando anunciaba lo de que le habían declarado un cáncer (del que ya se curó, gracias a Dios). Les dijo a los periodistas para que tomaran nota: “No es lo que te pasa, sino cómo te tomas lo que te pasa”. Así, sobre el papel, podría ser una frase de tantas, como de manual de autoayuda o de cabecera de rotativo
amarillista-sabiondo, pero él lo decía con el semblante a un tiempo grave y sereno, mirando de frente a lo que le estaba llegando, como quien mira a lo desconocido sin un pestañeo. Con valor. Y ese valor no se hace en un día. Es la valentía de toda una vida la que allí expresó.
Ahora que el geriátrico se ha trasladado a los escenarios y las UVI’s móviles esperan a las estrellas sexagenarias a pie del tajo; en estos tiempos extraños en que ves micrófono en mano a abuelos que cantan su rebeldía contra un sistema que ellos mismos ya son, hay voces como la de Serrat que se alzan sobre la algarada ya ronca de estos millonarios disfrazados de peterpanes y suena tan fresco y henchido de verdad como treinta años atrás, cuando siendo joven (Serrat) le prestaba voz y acordes a Machado. O como cuando se negó a no cantar en catalán en Eurovisión. Ya entonces él se encaramó a la eternidad, y ahí sigue, mientras los demás pasamos, haciendo camino al andar. Leí también de Serrat que a la presentación de uno de sus discos asistieron, como si nada, ministros del PP y ex ministros del PSOE, y gente de la movida, artistas y empresarios de pro. Y allí debieron charlar a gusto de lo que tuvieran en común. Aglutinar opuestos no es cosa común, pero sí que es cosa del arte, ese que es “pura vida, que es puro fuego, que es puro fuego” según el mismo Machado. En ese lugar ignoto edificó su casita este catalán que canta en español (o en catalán) cuando le viene en gana, para lección de muchos catalanistas de esos que se llaman Juan Palomo y firman como Joan Colom.
Debe ser que la vida del artista, que es de suyo errabunda –hoy aquí, mañana en Perú–, deja las fronteras mentales-lingüístico-políticas donde de verdad están, que es en los presupuestos generales del Estado y no en la canción que aspira a ser arte. Llama también la atención de Serrat su ausencia de pose. Bueno, alguna tendrá. Pero ni bombín ni botines, ni alas de ángel caído ni pantalones ceñidos de rayas. Sólo una camisa y un pantalón. Ah, y el micrófono. Y la voz. El aplauso general será por ese no quererse mover de hacer lo que sabe hacer, cantar sin tonterías. Porque cantar de verdad, sólo cantar, ya es mucho, sobre todo si acaricias con tus letras el corazón del auditorio que al oírte recuerda su vida cuando tú les cuentas un trocito de la tuya. Sin más. Ayer cantó en Granada, acompañado, creo. Será que Serrat le tiene cariño a la ciudad, porque le pilla siempre de paso en las giras. Se agradece. Deberían darle una distinción, o alojarle en la Alhambra, o algo así grande, porque este hombre lo ha dado todo (el trabajo, el tiempo, el esfuerzo, la voz).
Porque, por sobre todas las cosas, este hombre ha dado, en cada canción, su vida y amor. Y ese regalo sólo se paga con el aplauso, de pie, en cariñosa ovación.

Al pie de la Vela. La Opinión de Granada. Opinión pg. 22.
Miércoles, 12 de septiembre de 2007.