Pranadanza-Actuación en el Teatro del Hotel Alhambra Palace- 9 de junio 21 horas


Pranadanza-Actuación en el Teatro del Hotel Alhambra Palace- 9 de junio 21 horas

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Vida Sana


En breve estará en funcionamiento todo tipo de articulos relacionados con una vida sana, actividades y demás aportaciones de la asociación Cultural PuraVida, que lleva a cabo en Granada y de las cuales podeis ser participes si os gusta el poder disfrutar de una vida mas sana.

La Tarasca de Tarascón


Ayer desfilaron en la Tarasca nada menos que los caballeros de Tarascón, elegantes y festivos con sus uniformes de gala, con su dragón y todo, más achaparrado y feo que el nuestro, pero como más relajado y cachondo en su embestir a diestro y siniestro dirigido por los curiosos caballeros franceses, nada que ver con nuestra caballería local, los maestrantes de Granada, a los que si un día pusieran acompañando a la Tarasca, crearían una extraña imagen, como desplazados de día y en el espíritu de la fiesta (salen el jueves custodiando el Corpus Christi, representación de la alegría interior mientras que la Tarasca del miércoles, a las 12, exalta la fiesta hacia afuera, el jolgorio ciudadano y mundano). La fiesta más alegre con lo más serio de las tradiciones, mezcla postmoderna nada al gusto local.
El acierto de traer a los caballeros (que, en su forma de desfilar eran más una peña o charanga francesa) radica en abrir la fiesta a otros mundos más amplios que éste en el que nos encierra la Granada concéntrica y centrípeta que – seguro que lo han oído decir–, ahoga o asfixia, según quien lo cuente. Fíjense si no en la feria cañí de Almanjáyar, un recinto de lona y chapa que nunca llegó a reclamo mundial, ni tan siquiera nacional, todo lo más provincial, si me apuran.

Veamos. Los caseteros hacen su fiesta para ellos y sin embargo año tras año se quejan, en actitud muy granaína. La fiesta es para sus socios, amigos y conocidos, que no para sus hijos, que cada día suben menos al ferial, porque les aburre o porque esa forma de divertirse les baja el ánimo y la líbido que, a estas alturas, si que se dispara en la discoteca o en el concierto nocturno. Eso de estar con los papás en la caseta corta el rollo, y el traje de gitana o de corto es un verdadero incordio ante la urgencia amatoria sobre el albero. La fiesta en el ferial no encuentra relevo generacional, salvo iniciativas aisladas, razón por la cual, en lugar de replantear la forma misma de irse de juerga, los caseteros (gente tradicional poco amiga de innovaciones) no se plantean reinventarse una feria a la que, si le quitas los compromisos sociales, se quedaría en un beber-comer-bailar-beber que tampoco es que sea para tirar cohetes.

Si santa Marta (la que recuerda nuestra Tarasca en su dulce cabalgar al brutal dragón que amedrentó Tarascón) hizo entrar en razón a la fiera, será porque el milagro sucedió en otras tierras, que aquí los dragones no se dejan domeñar, vocación irredenta del granaíno: tenga o no razón, tú no me vas a venir a dar lecciones, seas santa Marta o la mismísima santa Junta bendita, ese ente andaluz que en Granada trae reminiscencias de cuando las cosas había que irse a pedirlas, por favor y con humildad de labriego, a Madrid, capital que ahora es Sevilla. Vale que nos dan 30.000 puestos de trabajo (público) en la provincia, pero aquí no nos van a mandar, ni pollas. Que manden en Sevilla.

A las puertas de un Milenio por celebrar (que tenemos que agradecer al padre de la idea, el César Girón del exilio interior y exterior) cabría revisar nuestras tradiciones festeras. Porque la Cruz es una cruz que o aburre o arrasa la ciudad de la Alhambra; el Corpus decae; el Carnaval no arraiga; y los pasos de Semana Santa reiteran año tras esa idea extraña tan de aquí de que cuanto más te parezcas al año anterior, mejor que mejor.

Para muestra, un botón. La más granaína de todas la fiestas, la de la Toma, acabará hasta contratando a los ultras que vienen a jalearla. Más de quinientos años repitiendo lo mismo, y nada. Que a mí no me cambien la fiesta. Porque, aunque cambien los tiempos, el cambio no es para Granada. O si no, miren qué fea iba ayer la Tarasca.

Cura de granadinismo


//www.carmalagaairport.com/images/malaga-culture/malaga-picasso-museum-1.jpg” porque contiene errores. Si convenimos con Pío Baroja en que enfermedades localistas como el carlismo se curan leyendo, o que el nacionalismo se cura viajando, cabe preguntarse ¿cómo se curará entonces el granadinismo victimista que asola estas tierras? Unos días de viaje por otros lares me han dado alguna clave.
Aunque sea comparando, diré que escuché en la vecina Málaga esta frase de boca de un gestor cultural muy realista: “Málaga conseguirá la capitalidad cultural para 2016 –aunque lo tengamos difícil frente a Córdoba–”. Me quedé con la frase un rato en la mente. Imágenes y recuerdos dispersos pasaron por mi mente para confirmar esta sentencia. Recordé una Málaga de la que tomé conciencia allá por los ochenta. Era aún una ciudad marinera y turística, una ciudad de antiguos pescadores a rebufo de la grandeza capitalina de la Andalucía Oriental: nosotros teníamos la Universidad a la que ellos mandaban a sus hijos para formarse; teníamos la Audiencia Territorial donde venían a resolverse los pleitos malagueños en segunda instancia; teníamos, además, la Sierra adonde los malagueños se venían para ser esquiadores. Aquella ciudad costera era un enclave costero al que Granada miraba por encima del hombro desde la altura de su Alhambra eterna, de su arquitectura señorial y antigua, desde su baluarte de foco de vida cultural frente a una ciudad que, a lo más, tuvo impresores de revistas (Litoral) a los que hasta visitó por amistad nuestro tótem cultural, es decir, Federico García Lorca (que fue de veraneo, ojo, como cualquier granadino de los de entonces).
Málaga era ciudad de turistas, ingleses primero y más tarde alemanes, finlandeses o italianos. Cosmopolita, sí, por un puerto en el que se quedaron a vivir los comerciantes que recalaban allí con sus mercaderías (los Gross, Crooke y, si me apuran, hasta los Picasso) llegando hoy a 250 apellidos extranjeros el ‘gotha’ de familias con arraigo histórico en la ciudad del paraíso de Aleixandre.
Pues bien: en aquel paraíso costero y dormido se pusieron las pilas ya por los 90. El filón era darle producto cultural a una Costa del Sol que ya estaba sepultada en cemento y turismo barato tipo Torremolinos. Su Universidad que arrancó –curiosamente– con un rector granadino (Antonio Gallego Morell) tiene ya un campus que es casi una ciudad en si mismo; la FNAC, industria cultural donde las haya, después de abrir tienda en Marbella, ya tiene casi lista otra en la capital costasoleña (en tiempos se le llamó la ciudad con “mil tabernas y ninguna librería”); el CACMA ofrece exposiciones de arte contemporáneo de fuste, conectados como están con el circuito nacional e internacional de grandes centros de arte. El Museo Picasso –gallina de los huevos de oro (el cochambroso barrio de la Judería es, casi entero, el flamante barrio ocupado por el nombre del genio)–; Tita anuncia la apertura de su museo Thyssen en unos años; el puerto está en vías de convertirse en un Maremagnum lúdico-cultural-comercial que bien podría hacer sombra al de Barcelona; en fin, que si por las noches miras hacia Gibralfaro con la Alcazaba malagueña iluminada, la ilusión de estar viendo una ‘alhambrita’ frente al puerto te asalta con todo su placer estético y marinero.
Aquella Málaga a la sombra de un granado nos está adelantando por la derecha, es un hecho cultural evidente. Si se convierte en capital cultural, es porque se lo han currado ellos solitos. Por su voluntad política de competir entre administraciones por crear dotaciones culturales de categoría. Y Granada, incurable de siglos, varada como su Alhambra, siempre idéntica y en el mismo sitio.

Rectificar (botellones) es de sabios


No sé si nuestro alcalde es dado a leer frases sabias. Supongo que como cualquier ciudadano presta oídos también a las voces que apelan al sentido común. Por eso esta rectificación a tiempo en la cuestión tan pediaguda de las Cruces hay que alabársela, porque no abunda entre el politiqueo al uso la capacidad de rectificar el rumbo y además hacerlo a tiempo.
De resultas de este golpe de timón, tendremos un puente de mayo con ‘Ley Seca’ en Granada. Quedan atrás aquellos tiempos en los que la ciudad quería promocionarse a los cuatro vientos como la capital de la libertad etílica del sur de Europa; queda ya en la memoria aquel basurero en el que se movía, en plena Plaza Nueva, la marabunta humana que tomó la ciudad copa en mano para rebozarse entre porquería y micciones por todas las esquinas; dejamos olvidadas aquellas batallas en las que el alcalde aún mantenía que aquello eran cuatro o cinco chavales con ganas de divertirse en libertad disparando el nivel de ingresos en los hospitales con comas etílicos de libro.
Se abre una nueva era: la de la diversión a la europea, es decir, que te puedes desparramar pero dentro de un orden. En Alemania (Munich por ejemplo) los bávaros se agarran unas cogorzas que dan susto pero, eso sí, sentados alrededor de una mesa en inmensas tabernas preparadas al efecto, con higiénicos servicios e insonorización perfecta.
Avanza Granada y su conciencia ciudadana. Y el alcalde al frente. Los que tenemos memoria de las Cruces originales (hablo de los años ochenta o noventa) sabemos que fue un tiempo en el que celebrar a lo grande, de cruz en cruz, el despertar de la naturaleza y de los sentidos que nos conectan al mundo. El letargo invernal nos dejaba adormecidos y, de repente, la ciudad se llenaba de color y algarabía. Lo de la cruz cristiana adornada de flores siempre fue una ironía, porque esa fiesta ni tiene carácter ni sentido cristiano tradicional. Es una celebración de las pasiones mundanas a las que invita la llegada de los calores, del recorte en la indumentaria y el comienzo de la alegría de los cuerpos exhibidos, ya más morenitos, a la luz de los ojos de todos.
La cosa había degenerado más todavía que los mismísimos programas de la prensa rosa-asquerosa que sufrimos. Tanto fue así que desde hace años huyo de la ciudad (como creo que harán muchos) cuando se acercan estas fechas. Pasear por las calles se había convertido en una suerte de excursión por una jungla en la que la amenaza de las tribus de zulúes había sido sustituida por los rebaños de borrachos (y borrachas, cuidado con el sexismo) que, a base de meterse calimocho, cubalibre en botella de dos litros y demás sustancias varias, te hacían temer por tu integridad moral y física. Y también te hacían perderte el paseíto por las cruces con los niños y los sobrinos.
Ya que las cosas se están arreglando, sólo quedaba que el alcalde se disculpase con Córdoba, porque desearle a cualquier ciudad un botellón como el que aquí hemos sufrido es como echarle el mal fario o hacer vudú interurbano. Córdoba –me alegro por ellos– no calló en la tentación de vender sus fiestas de Cruces y Patios como un reclamo para los borrachos de España entera. Ellos mantuvieron la cabeza en su sitio, los granadinos no. Porque si hubiéramos echado cuentas, seguro que se gastó la ciudad más en limpieza de lo que pudo ingresar por estancias en hoteles o gasto en los bares.
La vuelta a cierto orden, radical este año, dará paso seguro a tiempos mejores. Que lo celebren con un fino, con templaza sabia.

Maracena city


Maracena ya es ciudad, lo han decretado las cifras. 20.000 habitantes asciende a una población de categoría. Pero el cambio no es sólo de nombre. También afecta a la identidad, lo cual, por mucho que cambien las denominaciones, es una cuestión más de mentalidad que de cifras y voluntades políticas.
Que este pueblo tenía ya la condición de lo habíamos detectado desde que el Cerrillo de Maracena dejó de ser el páramo aquel donde nadie se atrevía a irse a pasear ni con un mastín tirando de la correa. Desde entonces, la ciudad de Granada no se supo muy bien si terminaba en donde lo dice el mapa o continuaba hasta adentrarse por los primeros barrios del pueblo colindante. En la arquitectura, eso sí, se nota el cambio y la frontera: pasas de las moles de edificios de ladrillo visto a los blancos muros de los primeras casitas del otrora pueblo. También el paisanaje cambia. Pasas de ver los coches metiéndose en las cocheras bajo las casas, de los nombres de calles con resonancias periodísticas, de las facultades (Bellas Artes, Informática) y el desenfadado aliño indumentario de los estudiantes, a los ‘vesinos’ de la ‘Marasena’ de siempre, esos que (cada vez menos) sacan las sillas a la puerta “conti que llegan los calore’”, al olor a comida y a los pitidos de olla a presión que todo lo impregna, o a las señoras con bata –alguna con rulos– que salen a comprar al Covirán de la esquina. La prolongación de la ciudad, ya digo, puede ser numérica, pero no estética, menos aún en los arraigados hábitos del lugar. Y el traspaso de la frontera dialectal te trae un aumento en el seseo y el ceceo.
Pero, eso sí: al llegar a la Maracena de siempre disminuye el índice de ‘mala follá’ por metro cuadrado, y aún te puedes encontrar cierto aire de espontánea charla en las calles. Aunque también las prisas han llegado allí, como las calles vacías de niños, el maldito estrés que todo lo devora, las parabólicas, los coches modelo quiero y no puedo, las pantallas de plasma compradas en el Media Markt, o los emigrantes de Marruecos, Bulgaria, Colombia, Argentina, Perú o Senegal. Una city aún pueblerina que se ha vuelto políglota sin quererlo, sin desearlo, sin siquiera pensarlo, por la fuerza de los números, del precio de los pisos y de las tasas municipales.
Me gusta que Maracena sea ya toda una ciudad. Pasaron los tiempos en que aquello era el gran suburbio de la señoritinga Granada, el pueblo donde iban a dormir los sirvientes de las casas de la capital, esa condición que está perdiendo Granada a base de ciudades dormitorio que le están creciendo por todo el cinturón. Lo malo es que estas urbes a un paso de la metrópoli están sin los servicios que les corresponden, víctimas del amor al ladrillo y al maletín que nubló las mentes de tantos que ahora tienen que echar el cierre después de dar pelotazos un día sí y otro también. Huétor Vega, Atarfe, Armilla o Churriana han sido arrancadas de su paz de pueblo para entrar, con boina y azada al hombro, en la modernidad salvaje de los botellones y la desconfianza hacia el vecino, del que no sabes más que los horarios que tiene para salir en coche hacia el trabajo. Sin metro (aún), ni una red fluida de autobuses, ni centros de ocio y cultura propios, sin cohesión social ante los desequilibrios económicos entre vecino y vecino, son territorios caldo de cultivo de la envidia y la frustración que acecha en cada esquina.
Maracena ya es ciudad con alma de pueblo. Que no la venda al diablo. Porque crecer, de verdad, no es ser otro, es ser más uno mismo. Ojalá.
Miércoles, 2 de abril de 2008. Opinión. Al pie de la Vela.. La Opinión de Granada