Un verano acultural


El verano que se nos viene encima es una suerte de muerte súbita a causa de la cual la ciudad deja de tener vida cultural alguna. Bueno, alguna, alguna, si, pero residual. Ni presentaciones de libros, ni conferencias sesudas, ni teatro (algo que, por otro lado, tampoco existe casi a lo largo de todo el año, dada la escasa afición que en esta ciudad se tiene por este gran arte al que sólo se le dedican un par de espacios subvencionados por la oficialidad –el teatro Isabel la Católica y la Sala Alhambra– mientras que brillan por su ausencia las iniciativas privadas en este terreno, a excepción claro de las representaciones que, Corpus tras Corpus, se suceden en la caseta El Meneíto, donde se monta un pequeño pupurrí o sainete con gracejo desde tiempo inmemorial). Lo dicho: de Cultura, ‘ná de ná’.
Así las cosas, queda la opción del cine. El primero de estos entretenimientos culturales da un bajón en calidad y cantidad de filmes que dejan las salas aún más vacías. Por eso lo más recomendable es pegarse el bote hasta el Zaidín y meterse un par de pelis con el cielo estrellado por techo y los jóvenes de turno dándose el lote mientras te pasan alguna de reestreno. Porque en los cines de verano da más gusto disfrutar del fresquito nocturno granadino que de la película misma, con títulos en su mayoría fácilmente localizables en el video club de la esquina o en el ‘Yo no soy tonto’-Marketplace.
La televisión se pone prohibitiva (las cadenas, tomadas al asalto por los becarios, no se molestan ni siquiera en contraprogamar, porque la oferta es tan triste –películas de Alfredo Landa, de Carmen Sevilla y demás– que tampoco te vas a poner a fastidiarles con una de Chuk Norris, de Jackie Chan o de Van Damme.
El ocio cultural se limita tanto (las galerías de arte desempolvan y cuelgan por estas fechas los cuadros que guardan en los fondos de galería, obras menores que los artistas que han expuesto dejan como pago del peaje que el galerista debe cobrar) y, salvo iniciativas plausibles como la de ‘Música en los monumentos’ o el inevitable Festival de Música y Danza con su magnífico FEX de extensión por la ciudad, la cosa, cuando pasa el quince de julio es como para aullar de miedo y soledad.
Así que la cultura, no por elección sino por simple eliminación, se reduce a los libros. Salen a las playas y acompañan a la montaña. Las guías de viajes se agotan y los libros de autoayuda vienen a rellenar el hueco existencial que se descubre más y más profundo al cesar la incesante actividad.
Se lee por aburrimiento, claro, y porque hay tiempo. Sacamos los libros de un rincón de la estantería y recordamos que un día ya lejano de hace tan sólo unos meses lo compramos con la firme intención de incarle el diente. Pero en su momento la cosa no pasó de una simple cata o lectura de las solapas. El verano nos aboca a la lectura. Rindámonos sin más.

Contra el canon


José Luis Sampedro lo deja bien claro y nos sirve a los demás de luz y guía en tan escabroso asunto. Su no al canon de diez céntimos de euro por sacar un libro de la biblioteca es tan rotundo como meditado, y su alcance va más allá del ganar unos eurillos o no por este atropello a la pasión lectora, al esfuerzo de esos agentes del libro que son los bibliotecarios, los grandes olvidados en el reconocimiento de las diversas entidades que integran la tribu de los libros. No sabemos qué saciará el afán recaudador de la SGAE, si tiene límite económico su pretendida persecución de los derechos de los autores, en cuya defensa más bien deberían enfrentarse a las grandes editoriales y sus abusivos contratos con los escritores (Planeta, Destino, Random House Mondadori, Booket) y no cebarse en lo más débil de esta cadena, los bibliotecarios y sus lectores, dos rarezas sociales que más que pagar por continuar siéndolo lo que deberían hacer es cobrar una paga por mantener viva la ilusión de que el escritor escribe para ser leído.
Porque no todos son Ruiz Zafón en este complicado mundillo. El día a día de los libros se hace de pequeñas lecturas, con hombres y mujeres en lugares perdidos de los hepicentros de la cultura que, con tesón, trabajo y mucho empeño, mantienen abiertos espacios para los libros donde, mal que nos pese, cada día acuden menos jóvenes, y no digamos ya mayores. La competencia es feroz desde las videoconsolas y la tele con su vomitar constante de consignas hipnopédicas socializadoras. Pero ellos siguen ahí, en pueblos y barrios, donde no hay oropel alguno, adonde no llegan los grandes nombres de la literatura. No está pagado su empeño, porque el amor sólo con amor se paga, y a ellos difícilmente les llega no ya el cariño, sino tan solo el recuerdo de los totems de la cultura. Tarde a tarde y libro a libro, hacen lectores, descubren talentos entre los niños y jóvenes que aún saben encontrar nuevos mundos entre las páginas, esos mundos que no existen más que en el corazón de los que viven en torno a la magia del libro.
Esta labor tan poco agradecida se quiere gravar ahora con un canon, como si fuera que ellos trafican con mercancías de primera necesidad tipo harina o leche. La palabra ‘mercancía’ chirría al asociarla con ‘cultura’. Lo cultural es una materia inmaterial muy sensible a los matices. Los libros pesan más en el recuerdo y en el alma que en los palés en los que se transportan. No se debe decir que se ‘consumen’ libros. Tal vez se ‘usen’ pero, sobre todo, se ‘leen’. Leerlos es darles función y sentido.
El celo de la SGAE choca con estos tiempos en que se levantan campañas para que se lea más, justo cuando se pide que se avarate su precio para que cualquiera pueda leer, justo en este momento en que todos están poniendo de su parte para que ese objeto cada vez más extraño para la sociedad consumista regrese a las librerías de todas las casas. Todos arrimando el hombro (escritores incluidos) y la SGAE que viene a decir que hay que penalizar no ya a las librerías (que son un negocio en sí, romántico, pero negocio) sino a las bibliotecas, las que hacen la verdadera difusión literaria como un servicio público.
Nunca se lanza uno a escribir por hacerse rico. La pobreza es una medalla de dignidad ante la opulencia grasienta de los ricos. Si me llega alguien a decirme que me dice que me ha leído, me doy por pagado. Pero en la SGAE se piensan que todos queremos ser directivos que, aunque en tiempos fueron artistas, ya no se acuerdan ni de lo que es un simple libro.

Insultar como una de las Bellas Artes


Editan un tocho de más de mil páginas sobre ese florido arte, tan español, de insultar con gracia, mala baba y peor sangre al prójimo, ese enemigo (desde Hobbes). El libro, titulado ampulosamente ‘El gran libro de los insultos’, escrito por Pancracio Celdrán, viene a suceder a otros entusiastas del subgénero –recuérdese a Cela, insultón honesto que investigó y recopiló el tema bajo el título ‘Voces obscenas’– que no han querido olvidar la importante trayectoria de este país donde un buen insulto al árbitro, en mitad de un partido, se premia con un silencio expectante y, luego, si es el caso, con una ovación al autor del improperio.

Según el libro ahora publicado, existirían nada menos que diez mil maneras diferentes de ‘cagarse en los muertos’ del vecino, la ex esposa, el enemigo en el trabajo o el que nos adelanta en un cambio de rasante. El tal Pancracio (un señor con cara de juez y alma compiladora) “el insulto castellano es directo y rápido, audaz, como un tiro”. Para comprobarlo, hágase la prueba mientras se leen estas lineas, y recuérdese la última vez que fuimos objeto de un insulto de los buenos, de esos que nos pillan con la guardia baja, o de esos que, aún estando precavidos, por la imaginación que denotan, y a pesar de habernos jodido el escucharlo, debemos reconocerles que han sido eso, como un tiro en mitad del corazón, rompiéndonos la autoestima, destrozando la autoimagen, triturando el aprecio que se tenía de uno mismo.
De las muchas cosas que se pueden decir sobre tan sabroso tema, destacaré una costumbre que observo que está cambiando con los nuevos tiempos. Ésta es el uso indiscriminado de la palabra ‘polla’ al insultar. Vocablos como ‘gilipollas’, el tan granaíno ‘tontopollas’ o el socarrón ‘pollaboba’ (que es un insulto absolutamente de Canarias que fuera de allí causa risa y que en las islas es como mentarle al padre) son cada vez más empleados, incluso por mujeres. Supongo que creen ganar terreno al entrar de lleno en el apartado insultos “a lo machote”. Pero para mí que pierden terreno, pues al creer que suben, bajan un peldaño, porque hay cientos de hermosísimos insultos absolutamente mucho más hermosos, depurados y exquisitos que ese estadio simplón del insulto testicular en que siempre estuvimos nosotros. Así, empieza a ser habitual escuchar a alguna decir aquello de “esto se hace por mis cojones”(¿?), extremo harto difícil dada la carencia objetiva del órgano, pero en cuyo uso figurado parece que hay cierta sensación de crecerse. Para mí, ya digo, que se decrece. Porque la energía ovárica tiene mucho más desarrollo.

El buen insulto nace de la inteligencia. Desde Quevedo y Góngora se están insultando los grandes talentos del país. Pero la cosa va decayendo. De vez en cuando surge algún talento innato (Ussía, Berto el de Buenafuente) pero, en conjunto, el personal todo lo resume en un decirse ‘cabrón’ o ‘puta’, poco más. Vale pues la pena entrenar el ingenio del buen insulto consultando este libro. Amplía horizontes saber que puedes decirle de mil maneras al odiado enemigo todo lo que sientes. Lo de insultar con simpleza es cosa más callejera que de inteligentes, porque en los lugares exquisitos los navajazos son con estilete, las palabras soeces se liofilizan, se espiritualizan como queda patente en esa lucha a mandobles de tenedor en la que se baten los cocineros cursis. Eso sí son insultos, en sorbete, y con igual mala leche.

Baudelaire aconseja


Tenía tan solo 25 años y ya se atrevió a escribir todo un libro (librito, pues salen muy pocas páginas) de ‘Consejos para los jóvenes escritores’ (editorial celeste, colección minúscula, 2000). Ha llegado bien tarde a mis manos, pero esto es algo habitual en mi caso, pues soy aficionado a dejar pasar el tiempo sobre los libros y practicar aquello que los surrealistas y el propio Walter Benjamin recomendaban: salir a ‘dejarse encontrar’ por las cosas, hacer como si ellas estuvieran esperándote en algún lugar donde te espera el momento de la revelación de alguna verdad que, curiosamente, era la que necesitabas encontrarte.
No cita Baudelaire en sus consejos ninguno de estos ‘object trouveu’, ni tampoco el azar objetivo o la mística de los encuentros de los surrealistas. Él se limita a jugar al cinismo de proponer hacer a los escritores que comienzan todo aquello que él no hace, es decir, buscar el éxito, ser un buen burgués (honrado, trabajador, con horario estable, nómina, esposa y familia) también en la literatura. Da la fórmula del éxito de ventas y de público para los que se quieran convertir en escritores del momento, mimado por los lectores y por las editoriales. Estas últimas, cuando tienen cierto volumen de títulos y libros editados son a la literatura lo que Telecinco a las televisiones: venden más al peso que al contenido, para lamento de los pobres arbolitos, materia prima de una industria poco recicladora.
Baudelaire introdujo la modernidad al romper el canon clásico que identificaba lo bello con lo bueno y con lo verdadero. Consiguió hacer comprensible a un público desconcertado por esa nueva pintura que tenían como mal dibujada (la que hacía un tal Delacroix) explicándoles que el trazo suelto era una forma de conferir movimiento a la imagen, como se aprecia en ‘La libertad guiando al pueblo por las calles’. Pródigo hasta el punto de tener que soportar que le pusieran un administrador de su herencia paterna, vivió como luego lo harían los grandes del rock:?rápido e intenso. Murió con cuarenta y dos años. Y dejó para la posteridad ese libro hoy imprescindible titulado ‘Las flores del mal’, plasmando esa verdad hoy asumida por cualquiera de que la flores también nacen entre la porquería (algo que ya avanzó Buda cientos de años atrás con aquella bella metáfora de la hermosa flor de loto que flota en el estanque y que, sin embargo, hunde sus raíces en el fango, que es el verdadero alimento de tanta belleza).

Todo esto y mucho más de la trascendencia de este poeta, crítico de arte y romántico hasta en la muerte (permaneció un año mudo y ciego, aquejado de mil dolores, antes de morir) lo explica muy bien el escritor Alfonso Salazar en el prólogo que abre el libro. Introducción muy necesaria para no caer en la trampa que nos tiende Baudelaire. Porque él invita a base de consejos (¡a los 25 años!) a una docilidad literaria que todo el que aspire a su gloria centenaria no debe jamás poner en práctica. Unos consejos que, si bien se mira, hoy siguen la mayoría de los que viven del cuento. Como en todo ideal (estético y vital) hay que elegir entre ser un garbancero (que era de lo que acusaban a Galdós y ahora a Antonio Gala) o aspirar a lo sublime. Aunque algunos se atreven incluso a aspirar a sublimar las croquetas. Pero esto es otro cantar.

La Historia, en avalancha


Me paro en un escaparate de la Gran Vía y no salgo de mi asombro. Fotos de batallas y revueltas anegan el muestrario, sin espacio casi para novelas con- temporáneas o algo que no sea recordar, recrear o analizar la guerra aquella de 1812 en la que España tomó plena conciencia popular de que éramos algo más que una delegación regentada por una rama de los Borbones franceses. Se diría que todos los autores de fama y renombre (Calvo Poyato, Pérez Reverte y demás) hubieran coincidido ‘casualmente’ en publicar sobre los mismos temas, pero no: es que estamos de aniversarios y, ya se sabe, las editoriales exprimen hasta el hastío lector estas conmemoraciones que tan buenos dividendos les reportan.
Oportunistas unas, trabajadas otras, ligeras las más, estas novelas pretenden en muchos casos revisar la historia que nos contaron sobre la mayor epopeya na cional contemporánea, esa época en que Napoleón empezó a conocer la derrota como preparación a su inevitable declive y destierro definitivo. Lo que resulta más sorprendente de todas ellas (aparte de otras muchas conclusiones que ya tendrán su espacio y lugar para ser dichas) es que, tal vez por primera y única vez, las clases sociales y los diversos estamentos del suelo patrio se con- fundieron para ser un solo bloque contra el francés, algo inédito e irrepetible en la Historia de un pueblo como el español tan dado al individualismo, la polémica y la divergencia.


Tan diferentes que otra revolución, la del 68, también abundantemente documentada por estas fechas, nos pasó de refilón, mientras el mundo entero bullía entre ilusiones y revueltas Aparecen así los jóvenes barbudos del mayo glorioso de los sesenta, aquel mito ya convertido en icono en el que se rezaba al Ché y se le ponían velitas blancas a Trotski, a Mao, a Bakunin o a Fidel Castro y un buen par de velas negras a De Gaulle o Nixon. Qué tiempos, claro, pero también qué pesadez de tochos en los que los más variopintos personajes que vivieron o no aquellos días se dedican a dilucidar una pregunta que es la comezón de toda una generación hoy instalada en el poder: ¿sirvió para algo todo aquel barullo? Por lo me nos, y a falta de respuestas más sesudas, se lo pasaron de fruta madre experimentando una revolución sexual que hoy ha derivado en bazofia sexual porno-mediática.
Dos revoluciones en las que el pueblo-pueblo, tomó las calles y las armas sin intermediarios y se encaró a tiro limpio con el poder para después, como siempre sucede, ser traicionados por los propios, en este caso los obre ros, más pragmáticos a la hora de hacer inventario de los logros; y a los españoles de 1812, aquel rey-niño, ‘El de seado’ Fernando VII, disfrazado de rey para su pueblo de vuelta de Bayona para después reinar sin el pueblo, que tanto despreció desde el fondo de su ser de Borbón poco ilustrado.
Lo más triste de las revoluciones ilusionadas es mirar las con el filtro de los años, desde la perspectiva que da la Historia. Mírese si no cómo aquella imagen mítica del Ché hoy puebla las tiendas de camisetas de marca, como un simple souvenir producido por aquel sistema mercantilista contra el que luchó y perdió la vida. Esos momentos en que la Historia sufre un impulso, se muestran así con toda la inocente luz que aportaron sus protagonistas, todo idealismo y entrega desinteresada a ese bien común que es el sueño colectivo de ser más libres y dueños de nuestras vidas, pero también pone a las claras que el poder-poder cambia y se adapta, para permanecer intacto por los siglos de los siglos, sin alterar más que las formas, conservando en el fondo los hilos invisibles de la marioneta en que se acaban convirtiendo las grandes revoluciones de la Historia.

Granada, urbe poética


Han llenado la ciudad de poesía en unos tiempos como los que corren en que este arte, tan poco útil corto plazo, se ha ido quedando como el residuo marginal entre la prisa de los días. Y ellos la están haciendo realidad durante los días en que se realiza el Festival Internacional de Poesía de Granada, que ya alcanza nada menos que cuatro ediciones con ésta.
Iniciativas así se merecen no sólo el aplauso de todos (que no estaría de más), sino también el apoyo incondicional de instituciones, asociaciones y ciudadanía en general. Porque recibir en casa, entre facturas y reclamos publicitarios de pizza o ventas a plazo todo un señor poema que nos alegre el día es, más que una iniciativa cultural al uso, una propuesta directa al corazón, para alegrarnos el día.
Claro que las cosas de los sentimientos íntimos no suelen salir a ocupar las calles. Pero Granada, con festivales así de emotivos o con acontecimientos como el Beso Colectivo en Bib-Rambla, va camino de convertirse en la capital de la emoción, ahora que para otras cosas hemos perdido casi todos los trenes, de alta o baja velocidad. Y es que las cosas del corazón van despacio, porque necesitan cierta atmósfera. Y para crearla, los artífices (con nombre y apellidos) de este imponente festival poético-urbano –Daniel Rodríguez Moya y Fernando Valverde, – van a liberar (hermoso verbo) libros por los más insospechados rincones, para que se lean poemas y se pasen a quienes creamos que los necesitan; y van a repartir a personas-libro por las calles para que nos espeten un poema así, de improviso, en plena cara, como cuando nos insultan pero al revés, para que dejemos de pensar en hipotecas y desamores por un instante, para que relajemos el semblante y lleguemos a la oficina hasta con ganas de saludar al jefe. Para, en fin, respirar unos minutos y pararnos a saborear la vida sin más.
Ves pasar el bus y observas en sus cristales las caras de seis niños, cada uno con una letra componiendo la mágica palabra: Poesía. Delicioso invento. Tomas el bus y lees un poema; Te bajas del autobús para comprar en el centro y, otra vez, un poema te saluda la mente mientras te calzas los zapatos que tanto deseabas. Te vas, calzado y feliz, pongamos que a visitar a un sobrino que está pachucho en el hospital, y te encuentras a un señor poeta diciéndole versos para que se cure. La poesía, de este modo y sin etiquetas, se convierte en experiencia cotidiana, palpable en el discurrir de toda una semana de festejar las palabras.
En mayo del 68 soñaron con ver un día la ciudad tapizada de poemas. Este festival va camino de conseguirlo a poco que les dejen a los que lo promueven. Volverá así Granada a su origen, al de esa Alhambra en la que, con la exquisitez que caracterizó a los nazaríes, se cuidaron de alfombrar los muros, los techos, los arcos y los capiteles con las palabras más dulces, para que uno recrerara, junto a la belleza de la arquitectura, la hermosura de la palabra exacta, calculada y aún así redentora.
Son días de poetas paseando la ciudad, declamando sus versos por doquier, protagonistas por unos días del pulso urbano al tomar las calles armados de palabras. Sin herir a nadie, haciendo un bien de utilidad pública. Y, al final de semejante festín, la la ciudad oficial vestida de lunas honra al poeta entre poetas de este año, Brines, que une su nombre al del profeta local, García Lorca.
Las buenas ideas tienen eso, que no tienen dique ni barrera que las pare. Va para cuatro años esta celebración de la poesía en la ciudad. Larga vida al festival.

Cruda realidad de los libros


Recuerdo que una editora catalana, allá por el año 1995, dio una conferencia en Granada en la que nos bajó al suelo de la realidad más prosaica de la literatura a un buen número de asistentes a la Corrala de Santiago (entre ellos estaban, y se acordarán, el hoy editor y siempre poeta Miguel Ángel Arcas y el escritor José Vicente Pascual). La mujer era (y es) de armas tomar, y no se andó con chiquitas. “Esto es un negocio”, soltó como quien habla en mitad una lonja de pescado. Caras serias entre el público. Los poetas más que los escritores, porque la poesía no vende. La señora habló claro: “Si me llega un buen libro, que está pasado de fecha y que además es de un escritor desconocido, o el tema no vende mucho, le escribo al autor para tenerle en cuenta, pero no le publico”. Sincera fue, por lo menos, en mitad de ese mundo de mentiras que es de las letras. Fue aleccionador aquello, porque muchos de los que abrigábamos por aquel entonces sueños literarios, nos hicimos mayores de golpe con aquella sargento literaria que nos abrió los ojos a la verdad crematística de las novelas y demás divertimentos de la imaginación.

Perdí la inocencia literaria tras aquel encuentro. Hasta entonces no entendí que detrás de lo que se escribe hay toda una industria que necesita seguir funcionando. Aún me quedaban fuerzas y años por delante y me rebelé contra la evidencia para rescatar mi visión pura de la literatura. Encontré un grupo literario (La Caterva, en Casa de Porras) en el que nos negamos casi rotundamente a pasar por el aro de vivir el hecho literario como quien va a la fábrica a apretar tornillos. Lo nuestro era la escritura artesana. No éramos rentables editorialmente, claro (nadie nos hacía ni el más mínimo caso), pero escritores como Agustín Cerezales –educado literariamente por su madre, Carmen Laforet– nos animaban a vivir de un modo distinto de ese literato que vende ficciones por kilos. Aquellos años de ilusión me dejaron claro que una cosa es escribir bien y otra que te publiquen. Y ya, si encima vendes a lo Ruiz Zafón, pues a lo mejor es que el mucho vender no es proproporcional a la calidad de tu libro.
Pero si no hay venta, no hay ferias. Suena frío, y hasta paradójico respecto a lo antedicho, pero es la pura realidad, como nos dejó claro aquella editora de piernas de gacela y dientes de tiburón. Editoras así, a lo Cruela de Vil, te permiten entender mejor fenómenos como estas ferias que proliferan por mayo en toda España. Las ferias, de libros o de ganado, se hacen para vender: se organizan con el mismo fin crematístico que la ‘hiperferia’ de Arte Contemporáneo (ARCO, al paso que va, un día será un mercadillo de todo a 6.000) o el salón del automóvil o de estufas. Si no hay movimiento de cifras, la cosa no pita. Y si no se alegran los libreros, todo el tinglado se viene abajo: los distribuidores sollozan, la editorial cierra y los escritores dejan de soñar con un día vivir de lo que hacen.
Si la diferencia entre la creación y el márquetin literario-mediático se tiene clara, la cosa va bien. Lo malo es cuando los escritores empiezan sus novelas pensando en el nuevo coche. Después no hay quien les lea. Y entonces ya no nos queda ni el consuelo de que, aunque sea en fotocopias, podamos leer algo que nos redima de este mundo con las garras tan feroces.